Un país de inquisidores
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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Un país de inquisidores

Cada grupo está cada vez más encerrado en sí mismo, obsesionado con su ombligo, emborrachado con sus diferencias. El resultado es la intolerancia con todo lo diferente

Foto: Imagen de Peter H en Pixabay.
Imagen de Peter H en Pixabay.

Escena número 1: la Mesa del Parlament admite a trámite la petición de cinco grupos parlamentarios —ERC, PSC, JxCAT, En Comú Podem y la CUP— para que la Comisión del Estatuto de los Diputados elabore un informe para dilucidar si el discurso del líder de Vox en la Cámara catalana, Ignacio Garriga, en que vinculó inmigración con delincuencia, es merecedor de una posible amonestación o sanción disciplinaria.

Escena número 2: en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), un grupo de jóvenes destroza la carpa informativa de una asociación de estudiantes minoritaria de nombre S’ha Acabat (se ha acabado) al grito de “fascistas fuera del campus”. La agresión se justifica por la conexión de este grupúsculo estudiantil con Vox. El órgano de gobernanza de la UAB emite un comunicado lamentando, que no condenando, los hechos al tiempo que acusa a los que sufrieron la agresión de querer instrumentalizar y sacar provecho de la universidad en beneficio de un partido político.

Foto: Imagen del campanario de la Universidad de Barcelona. (EFE)

Escena número 3: una librería de Barcelona anuncia orgullosa en las redes sociales que ha dejado de vender los libros de Arturo Pérez-Reverte por haber manifestado el escritor que el James Bond de la última superproducción acabada de estrenar le parece un poco “moñas”.

Los que vienen preguntándose desde hace tiempo si vivimos en una sociedad de ofendiditos con la piel del grosor del papel de fumar debieran tener suficiente con estos tres ejemplos, acaecidos prácticamente en paralelo, para convencerse de que ya pasó el tiempo de los interrogantes.

Es así. Cada grupo está cada vez más encerrado en sí mismo, obsesionado con su ombligo, emborrachado con sus diferencias. El resultado es la intolerancia con todo lo diferente, el no soportar la voz contraria. Un infantilismo cada vez más acentuado que se plasma en las infinitas rabietas diarias que se contabilizan a cuenta simplemente de tener que escuchar a alguien expresando ideas u opiniones alejadas de las propias.

Foto: Escultura de Jaume Plensa. (EFE) Opinión

Cada vez es más habitual la invocación en vano de la libertad de expresión. Se nos ha llenado el ágora de censores por acción u omisión. Los primeros andan siempre con las tijeras en la mano para cortar cuantas más lenguas mejor. Los segundos son cobardes que se amilanan ante el qué dirán y prefieren volar siempre por debajo del radar, sin causar molestias al gregarismo dominante de uno u otro color.

Las tres escenas suceden en Cataluña. Pero que no se haga nadie ilusiones. Ningún lugar escapa a esta tiránica tendencia de enmudecer al contrario. Empieza a ser considerable el número de publicaciones que intentan describir lo que nos viene sucediendo. Por citar dos de las últimas apariciones, ' La casa del ahorcado: cómo el tabú asfixia la democracia occidental' (Debate, 2021), de Juan Soto Ivars, o 'Generación ofendida' (Península, 2021), de Caroline Fourest, en este caso desde una perspectiva netamente izquierdista.

Foto: Protesta en Palma de Mallorca por la libertad de expresión. (EFE) Opinión

Así como las peticiones de subidas de impuestos siempre van referidas a los otros —son los demás los que debieran pagar más—, con la libertad de expresión sucede lo contrario. Se invoca siempre pensando en uno mismo, pero con recelo o con condiciones para los demás. Si los terroristas islámicos acribillan a una pobre pandilla de caricaturistas franceses, todos corremos a pregonar a los cuatro vientos #jesuischarlie. ¡Cómo no! Es gratis y no compromete a nada. Pero en el momento en que se escucha algo al lado que resulta ofensivo —y ofender es cada día más fácil—, son tropel los que corren a comprar esparadrapo para sellarle la boca al que habla.

Los tres ejemplos que encabezan el artículo son especialmente graves. El primero, porque niega la propia esencia del parlamentarismo. La inmunidad parlamentaria está pensada para proteger a los diputados, entre otras cosas, de sus palabras. De igual modo que cuesta entender que el Tribunal Constitucional limitase en su día los asuntos que pueden debatirse en la Cámara catalana —mociones sin consecuencias jurídicas y valor únicamente político—, resulta también incomprensible que ahora el plenario ande vestido de policía decidiendo qué puede decirse y cómo. Tampoco desde el punto de vista político tiene sentido. El ganador de todas estas trifulcas siempre es al que se pretende acallar. Hay que debatir y ganar los debates al contrario. No impedirle jugar el partido.

Foto: Vista parcial de la fachada del edificio histórico de la Universidad de Barcelona. (EFE)

El caso de la universidad es, lamentablemente, recurrente. Lo que debiera ser el templo del saber y la curiosidad —por referirnos a ella a la romántica manera— va derivando poco a poco en territorio solo apto para los militantes de las posiciones hegemónicas. Aun así, más preocupante que la acción iliberal de los estudiantes que destrozaron la carpa de sus compañeros es la reacción del órgano de gobierno del centro, incapaz de posicionarse claramente en favor del agredido y no del agresor y, además, culpabilizando al primero de lo acontecido.

Tanta murga con la ley mordaza y tanta cháchara para garantizar la libertad de expresión y los censores más efectivos andan por la calle

El tercer ejemplo es, si quieren verlo así, una anécdota. A fin de cuentas, la librería es un negocio privado y el propietario en cuestión puede decidir con libertad aquello que vende y lo que no. Solo que echar a un escritor de la estantería por referirse al último James Bond como un moñas dice más bien poco del compromiso del librero con la libertad de expresión, que es, en el fondo, lo que sustenta su negocio. Eso por no añadir la falta de respeto para con el lector que compra libros, al que se trata de menor de edad decidiendo por él a quién y a quién no es oportuno leer en función de lo que piensa el autor en cuestión.

Tanta murga con la ley mordaza y tanta cháchara para garantizar la libertad de expresión que el poder público siempre anda tentado de recortar y resulta que los censores más efectivos andan por la calle con el disfraz de ciudadano de a pie. País de Savonarolas. Mundo, mejor dicho.

Escena número 1: la Mesa del Parlament admite a trámite la petición de cinco grupos parlamentarios —ERC, PSC, JxCAT, En Comú Podem y la CUP— para que la Comisión del Estatuto de los Diputados elabore un informe para dilucidar si el discurso del líder de Vox en la Cámara catalana, Ignacio Garriga, en que vinculó inmigración con delincuencia, es merecedor de una posible amonestación o sanción disciplinaria.

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