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No podemos humillar a Putin
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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No podemos humillar a Putin

Uno observa los mapas de guerra y la impresión que lo asalta es que el tablero está, en términos bélicos, más cerca de lo que quería Rusia que de lo que le conviene a Ucrania

Foto: Vladímir Putin. (Reuters/Sputnik/Aleksandr Ryumin)
Vladímir Putin. (Reuters/Sputnik/Aleksandr Ryumin)
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Estamos en guerra y todo —o casi— es propaganda. Así que lo mejor es reconocer que hacerse una idea exacta de las cosas que se suceden en el tablero bélico y geoestratégico resulta, si no imposible, sí cuestión reservada solo al alcance de los superdotados. Andamos la gente común escuchando un eslogan tras otro y deglutiendo sin reparo lo que se nos cuenta, que además es lo que queremos oír. Y lo que es azúcar para nuestros oídos es que se nos repita una y otra vez que los buenos vamos a ganar porque la victoria es inevitable y perder un imposible. Ya se ve que la frase es en sí misma un sinsentido; por muy loable que sea el optimismo que pretende transmitir. Pero como no son las guerras buen momento para hacerse el tiquismiquis con el lenguaje y los argumentarios, dejémoslo en que sí, que vamos a ganar y punto. Olé, olé, olé.

Pero, sin ánimo de querer ejercer de cenizo, lo cierto es que uno maneja sus dudas en privado. No porque no sean convincentes los argumentos que dibujan paralelismos entre el Putin del presente y el Hitler del pasado cada vez que alguien, Macron por ejemplo, apunta a la idea de una paz negociada que a la fuerza supondría concesiones dolorosas para Ucrania. Tampoco porque no andemos convencidos de que los que han sido humillados y cuentan con la razón democrática son los ucranianos. Y menos aún porque no compartamos el deseo de ver a Putin perder la guerra y poder así certificar que, como debería pasar siempre, hemos ganado los buenos. Nada de eso.

Foto: El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. (Presidencia ucraniana)

Simplemente, sucede que uno observa los mapas de guerra y la impresión que lo asalta es que el tablero está, en términos bélicos, más cerca de lo que quería Rusia que de lo que le conviene a Ucrania. Uno lee sobre el efecto de las sanciones —vamos por el sexto paquete— sobre la economía Rusia e intuye claramente que de momento los efectos no son los que se pretendían. Porque ni hemos llevado el país de Putin a una situación de colapso, ni hemos conseguido que las cosas se le pongan imposibles en el flanco interno por el malestar de sus ciudadanos o por la activación de una oposición que debilitase al emperador ruso puertas adentro. Uno estudia detalladamente el mapamundi y se da de bruces con la realidad de que tres cuartas del planeta —entre ellos los chinos y los indioshablan y negocian con los rusos como si aquí no esté pasando nada. Uno hojea la prensa internacional y se entera de que opiniones públicas tan relevantes como la italiana, la francesa o la alemana están con Ucrania, pero un poquito menos, y que quizá sería bueno hacerle entender a Zelenski que en la vida a veces no se puede conservar todo. Uno analiza los últimos acontecimientos económicos en la UE y no puede dejar de preguntarse hasta cuándo el resto de las opiniones públicas —entre ellas, la nuestra— se mantendrán —descontado el bloque del este— firmes en el apoyo a los ucranianos, sea cual sea el precio a pagar por ello.

Y es viendo todas estas cosas en su conjunto que uno acaba también inquiriéndose sobre si, efectivamente, esta guerra la vamos a ganar porque la victoria es, tal y como reza la propaganda, amén de justa, inevitable. Pues oiga, no sé yo. Porque visto el escenario en su globalidad, Putin no está para brindar con champaña, cierto, pero la guerra la van perdiendo los ucranianos y, de añadido, los europeos, que tenemos mucho de momento que lamentar y nada que celebrar.

Foto: Emmanuel Macron y Olaf Scholz, en Berlín. (EFE/Clemens Bilan)

Sholz, Draghi y Macron, los tres líderes europeos más realistas en esta cuestión y por eso mismo destinatarios en las últimas semanas de dardos de precisión lanzados por Zelenski, han dado 'de facto' a Ucrania el estatus de país candidato al ingreso en la UE aprovechando su viaje en tren a Kiev. La Comisión Europea está conforme y los jefes de Estado y de Gobierno de la UE lo debatirán en los próximos días. Es una buena noticia. Y un nuevo elemento de negociación con los rusos cuando sea que llegue el momento de sentarse a la mesa para negociar el armisticio. Que se sigan superando las diferencias de criterio entre los socios comunitarios para pactar posiciones comunes sigue siendo de vital importancia.

Pero la visita de los tres grandes de Europa a Ucrania traslada también la idea de una preocupación extrema en los países que más pesan en la UE por que más pronto que tarde se produzcan avances en el terreno de la diplomacia y la negociación. El ya famoso "no podemos humillar a Putin" de Macron es un ejercicio de realismo que se hará todavía más perentorio a medida que pasen los meses y la situación económica en Europa siga complicándose. El verano, tiempo de calor y menos exigencias energéticas, pasa rápido. Además, a diferencia de los americanos, nosotros no somos autosuficientes ni en el terreno energético ni en el alimentario. Para Europa una guerra larga es un desastre extremo, no así para los estadounidenses, que son los que, al final, decantarán la balanza en el momento que consideren oportuno para provocar el viraje hacia una paz negociada. Macron tiene razón. No podemos humillar a Putin. Pero no será porque no queramos o no debamos. Simplemente, no está entre nuestras capacidades lograrlo.

Estamos en guerra y todo —o casi— es propaganda. Así que lo mejor es reconocer que hacerse una idea exacta de las cosas que se suceden en el tablero bélico y geoestratégico resulta, si no imposible, sí cuestión reservada solo al alcance de los superdotados. Andamos la gente común escuchando un eslogan tras otro y deglutiendo sin reparo lo que se nos cuenta, que además es lo que queremos oír. Y lo que es azúcar para nuestros oídos es que se nos repita una y otra vez que los buenos vamos a ganar porque la victoria es inevitable y perder un imposible. Ya se ve que la frase es en sí misma un sinsentido; por muy loable que sea el optimismo que pretende transmitir. Pero como no son las guerras buen momento para hacerse el tiquismiquis con el lenguaje y los argumentarios, dejémoslo en que sí, que vamos a ganar y punto. Olé, olé, olé.

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