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La profesora de catalán merece un escarmiento: ¡a por ella, valientes!
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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La profesora de catalán merece un escarmiento: ¡a por ella, valientes!

Así se defiende la poca autoridad que resta a los profesores. Poniéndolos a los pies de los caballos siempre que beneficie nuestra guerra particular

Foto: Vista de la entrada al colegio La Salle de Palma de Mallorca. (EFE/Cati Cladera)
Vista de la entrada al colegio La Salle de Palma de Mallorca. (EFE/Cati Cladera)
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El conservadorismo añora la disciplina en el colegio y la prevalencia de la autoridad del profesor por encima del capricho del estudiante. Son muchos desde la izquierda más clásica los que también consideran necesario que el enseñante pueda imponer su criterio sin necesidad de negociarlo con sus alumnos, como si una clase fuera una asamblea de iguales. Pero lo cierto es que, cuanto más a la diestra en lo ideológico, más propensión a echar de menos el margen de maniobra que antes tenían los docentes para actuar militarmente para mantener el orden en el aula cuando lo aconsejasen las circunstancias.

Ahora sabemos que hay excepciones a la norma. Si de por medio anda la bandera de España, el profesor ha de plegarse a las exigencias de los alumnos por una cuestión de patriotismo. Es lo que sucedió en un instituto de Palma de Mallorca el pasado viernes. 30 mocosos querían que la enseña nacional estuviera presente en el aula mientras se daban las clases en honor de la Selección española que se bate más que dignamente el cobre en Qatar.

Foto: Protesta contra Felipe VI en Barcelona en septiembre de 2021. (Joan Mateu Parra)

A esas que llegó el comandante, una profesora de catalán, y mandó parar. La muchachada se insubordinó y se negó a retirar la bandera, tal y como exigía la docente. Ante tal insurrección, con burla generalizada a su profesora, la clase se dio por finalizada y se mandó a los zagales a casa por maleducados y alborotadores. El centro había autorizado previamente, como medida de gracia al alumnado futbolero, que la enseña nacional estuviera visible en las aulas únicamente los días que tuviese partido la Selección. Y el viernes el combinado de Luis Enrique no jugaba. Hasta ahí los hechos.

Fue suficiente para que de inmediato diera inicio una cacería de la profesora por tierra, mar y aire a cuenta de su traición a los símbolos nacionales. Como da clases de catalán, todo encajaba con más facilidad para los amantes del conflicto que si lo hubiera sido de matemáticas. Los sabuesos habían dado con ella: ¡una traidora!, ¡enemiga de España y adoctrinadora de nacionalistas!

Foto: La única que lo contiene aparece en esta imagen. (iStock)

Medios y periodistas —más bien libelos y carniceros del teclado— difundieron los datos personales de la señora en cuestión, animando su persecución. Y a partir de ahí, por supuesto, lo previsible. Amenazas de muerte, escrache digital y todo lo malo que los cobardes pueden hacer a alguien manteniendo su identidad en la sombra. Los pistoleros del teclado, que confunden el periodismo con una trinchera ideológica en la que todo vale menos los hechos, apuntan, y el populacho, envalentonado, dispara.

De nada sirvió que el centro emitiera un comunicado explicando la realidad de lo acaecido. Que la verdad no te arruine un buen titular y una mejor cacería. Los alumnos —“héroes de la Salle” para Vox— son para la narrativa que se ha querido construir —no solo desde la ultraderecha— los nuevos defensores del alcázar. Su insurrección escolar es razonable. Suponemos que también lo hubiese sido linchar a la docente. ¿No es lo que merecen los traidores?

Foto: Xavier Massó, profesor de Filosofía y miembro de la fundación Episteme, e Irene Murcia, profesora de Matemáticas y miembro de OCRE.

Hay que matar a esa profesora. Y, como el asesinato físico está castigado, queda como única alternativa plausible propiciar su muerte civil. Que la echen del colegio, que tenga que cerrar todas sus redes sociales, que la señalen por la calle, que se sepa dónde vive y quienes son su hija y su marido, para que puedan pintarles las paredes con insultos y que tengan que pensárselo dos veces antes de dar un paseo por su ciudad.

Así se defiende la poca autoridad que resta a los profesores. Poniéndolos a los pies de los caballos siempre que beneficie nuestra guerra particular. No es una cuestión tan solo ideológica. También los padres —algunos, no vamos a decir todos— se han convertido en unos zoquetes de cuidado. No faltan siempre y en cualquier aula de cualquier lugar varios alumnos cuyos padres sienten como una afrenta imperdonable cualquier decisión o comentario del colegio o de un profesor que no encaje con su cortedad de miras.

Foto: Imagen: EC.

En imbecilidad, los padres de todas las ideologías andan empatados. Siempre hay un progenitor enfadado o a punto de enfadarse: por una bandera, por un comentario supuestamente misógino u homófobo, por un matiz sobre el covid o el cambio climático. Da igual. La cuestión es considerar que ese profe que afirma lo “incorrecto” debiera estar recogiendo fruta y no contaminando las mentes de los jóvenes. El miedo de los padres a que sus hijos se contagien gravemente de algo irremediable por estar en contacto con profesores que no piensan como ellos es cada vez más común. Se trata de padres manifiestamente imbéciles. Pobres hijos, los suyos.

Si el claustro tomó la decisión de que la rojigualda solo estuviese presente en las aulas los días de partido, esa profesora hizo lo correcto

En todo caso, no es este es el asunto que se despacha con el caso de la profesora mallorquina. No parece que expulsar a 30 alumnos sea un gran ejemplo de resolución de conflictos. Pero, más allá de eso, lo relevante es que, si el claustro tomó la decisión de que la rojigualda solo estuviese presente en las aulas los días de partido, esa profesora hizo lo correcto ordenando a sus pupilos que la retirasen. Y lo que piense la señora en cuestión sobre patrias o sobre cualquier otro asunto, al igual que lo picajosa que sea, es irrelevante y secundario. Los profes se reunieron y acordaron cómo gestionarían los símbolos durante el Mundial. A partir de ese momento, esa decisión pasaba a ser la norma que debía respetarse en las aulas si un profesor así lo exigía.

No hay respeto posible a la enseñanza sin respeto a los enseñantes y a su autonomía. Dejen los padres de tratar de sospechosos a los maestros y los libelos autocalificados como medios de comunicación de inventar batallas para avivar conflictos. No es más que un caso de indisciplina, por mucho que a algunos les decepcione. Y como tal debe tratarse.

El conservadorismo añora la disciplina en el colegio y la prevalencia de la autoridad del profesor por encima del capricho del estudiante. Son muchos desde la izquierda más clásica los que también consideran necesario que el enseñante pueda imponer su criterio sin necesidad de negociarlo con sus alumnos, como si una clase fuera una asamblea de iguales. Pero lo cierto es que, cuanto más a la diestra en lo ideológico, más propensión a echar de menos el margen de maniobra que antes tenían los docentes para actuar militarmente para mantener el orden en el aula cuando lo aconsejasen las circunstancias.

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