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En Cataluña no se ha acabado todo, pero sí muchas cosas
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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En Cataluña no se ha acabado todo, pero sí muchas cosas

La manifestación contra la cumbre hispano-francesa salva por los pelos la foto, pero enseña todas las flaquezas y tics friquis del independentismo que se moviliza

Foto: Manifestación contra la cumbre hispano-francesa. (EFE/Enric Fontcuberta)
Manifestación contra la cumbre hispano-francesa. (EFE/Enric Fontcuberta)
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Aquí no se ha acabado nada. Este era el eslogan de la manifestación independentista convocada para protestar contra el argumento que la Moncloa ha venido utilizando las últimas tres semanas para justificar la elección de Barcelona como sede de la cumbre hispano-francesa. Como el mensaje explícito de Pedro Sánchez era que los ejecutivos francés y español se encontrarían en la Ciudad Condal para demostrar que el proceso independentista se había acabado, la contraparte quería demostrarle lo contrario.

Hay dos tipos de público que están de acuerdo en que en Cataluña no se ha acabado nada, lo que equivale a decir que todo sigue igual, como rezaba la cabecera de la protesta de ayer. El primero son los propios independentistas que ayer salieron a la calle: pocos y mal avenidos. El segundo está en las antípodas del primero y actúa principalmente desde el resto de España. Es el interesado en hacer creer que el Gobierno del Estado se ha rendido, ha entregado armas y bagajes a cambio de nada y que el día menos pensado se volverá a proclamar la independencia. Los primeros están en contra del Gobierno de ERC en la Generalitat por traidor. Los segundos, en contra del Gobierno de Pedro Sánchez, por lo mismo. Unos y otros se equivocan. En Cataluña no se ha acabado todo, pero sí se han acabado muchas cosas. Y afortunadamente, añadiríamos.

Lo que sí se ha acabado

-La capacidad de convocatoria en la calle. La cumbre se había calentado lo suficiente por parte de los voceros independentistas para que el número de asistentes permitiera, al menos, salvar los muebles: 6.500 personas, 30.000, según los organizadores, dan para unas fotos en el mercado del autoconsumo independentista, pero para poca cosa más. Quienes difieren de esta interpretación arguyen que era un día laborable y que hacía frío. Muy bien, aceptamos pulpo como animal de compañía. Digamos, pues, que es una manifestación concurrida, pero que no alcanza, ni por asomo, la asistencia que requiere una protesta que pretenda tener repercusión política.

-La unidad independentista. Siempre fue forzada, pero la hubo hasta 2017 y fue capaz de disimular a trancas y barrancas su implosión hasta 2021. La de ayer, supuestamente, era una convocatoria unitaria. Tan unitaria como que Oriol Junqueras tuvo que escuchar desde las filas independentistas gritos de “Oriol, traidor, et volem a la presó” (Oriol, traidor, te queremos en prisión). No hay más preguntas, señoría.

-El independentismo unilateralista fantasioso. Solo unos cuantos seres de luz consideran que en octubre de 2017 se votó un referéndum de verdad y que de ahí nació un mandato político. Algunos más afirman lo mismo sin creerlo para sobrevivir en la orla institucional (el torrismo o el borrasismo en JxCAT). El independentismo ciudadano mayoritario sabe que los suyos le levantaron la camisa, que lo engañaron. Y aunque no pasa factura en las elecciones a los partidos que lo llevaron al huerto, ya no es sensible a la insurrección ni a la estafa narrativa de una independencia por la vía rápida y sin costes. De ahí que los que se manifiestan sean pocos, aunque sean los más gritones.

Foto: El presidente de ERC, Oriol Junqueras (c), a su llegada a la manifestación. (EFE/Enric Fontcuberta)

-El carácter intergeneracional de la movilización independentista. Han desaparecido los jóvenes de la ecuación. Y también los adultos por debajo de la cuarentena. Es un fenómeno para estudiar que las movilizaciones estén protagonizadas en exclusiva por gente madura y mayor (o cualesquiera que sean los eufemismos que se utilizan ahora para referirse a estos colectivos).

-Lo friqui como marginal. Durante los años álgidos del proceso, el friquismo pasó a ser minoritario en términos absolutos y porcentuales en las movilizaciones. Pero ya hace tiempo que va ganando peso. El payaso —de profesión— Jordi Pesarrodona, que ocupa la vicepresidencia de la otrora temible ANC, ejemplifica esta afirmación. Las manifestaciones soberanistas generan ya anticuerpos de vergüenza entre la mayor parte del independentismo.

-La existencia de algo que se asemeje a un proyecto a largo plazo. Hasta 2017, el independentismo vivió convencido de que podía derribar una pared dándole golpes con la cabeza. No era un buen plan, pero era un plan. Ahora no existe nada más allá de la voluntad de persistir en el tiempo. Nadie —ni ERC, ni JxCAT, ni la CUP— es capaz de plantear algo que merezca ser calificado de estrategia. El proceso fue un hámster dando vueltas a una rueda. Ahora, el hámster ni siquiera pedalea.

Foto: El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el presidente francés, Emmanuel Macron. (Reuters/Bruna Casas)

-Las ensoñaciones unilateralistas. Nadie se plantea en estos momentos —solo la parte más residual del independentismo— que sea posible ni conveniente repetir la estrategia 2012-2017. Unos lo dicen más claramente y otros menos. Pero con la excepción de algún foco residual, el deseo de revivir escenarios pasados es inexistente. En la agenda política de verdad, preocupa más el futuro del catalán, poco uso entre los jóvenes, que la independencia.

-Respeto y normalidad institucional (más o menos). Pere Aragonès acudió ayer a la cumbre para dar la bienvenida a Pedro Sánchez y Emmanuel Macron. Se marchó, cierto, antes de que sonaran los himnos nacionales de los dos países y su partido estaba entre los convocantes de la manifestación. Pero acudió. Esto sería inimaginable en una Cataluña en la que, como dicen los más fieros, nada hubiese acabado.

-Un nuevo tablero político en el que se ha agrietado la política de bloques. ERC está buscando el apoyo de los socialistas para aprobar los presupuestos. El bloque independentista está roto. Y aunque mayoritario en número de diputados, resulta inútil e imposible su articulación práctica, puesto que es incapaz de encontrar un mínimo común denominador que le permita actuar de manera conjunta.

Foto: Aragonès saluda a Macron y Sánchez en la cumbre. (EFE/Quique García)

-Un ambiente social diferente. Es lo más importante. Cataluña respira. El ambiente, sin ser de normalidad absoluta, es mucho más respirable. La tensión ha desaparecido y, aunque sigue abierta la discusión ciudadana, lo hace con muchísima menos intensidad y en términos mucho más relajados. Solo los que viven muy mal este nuevo marco de desinflamación —pocos y en ambos lados— afirman desde su Matrix particular que las cosas siguen igual o peor que en el momento cumbre del proceso. Saque el tema cuando esté entre un grupo de amigos (aunque todos piensen lo mismo para ponerlo fácil) y es muy posible que lo echen a patadas por pesado.

Lo que no se ha acabado

-Un porcentaje nada desdeñable de ciudadanos (2.000.000 de personas) que siguen siendo democráticamente independentistas y que continúan otorgando mayorías políticas a los partidos soberanistas. Y un número todavía mayor, si sumamos la órbita de influencia de los comunes, que comparte la idea de que hay un problema político por resolver y que sigue demandando movimientos ambiciosos para avanzar en su desactivación.

-Tablero político con riesgos de desestabilización. La variable Carles Puigdemont sigue sin resolverse y, aunque su ascendencia ha ido a la baja, continúa siendo un elemento importante de desestabilización, particularmente a la hora de hacer aterrizar definitivamente a JxCAT en la pista en la que ya lo hizo ERC.

Foto: Pedro Sánchez y Emmanuel Macron, en Alicante. (Reuters/Violeta Santos Moura)

-La competencia entre partidos independentistas. Siempre se acusa de traidor al que preside la Generalitat. Ahora le toca el turno a ERC, por apostar por bajar la pelota al suelo de la negociación. Esto implica un riesgo de desestabilización permanente, ya que la bolsa de votos por la que compiten tiene zonas comunes muy densas. Hay que parecer más puro y más ambicioso que el rival al que se pretende vencer. Por eso siempre existirá a largo plazo el riesgo de una nueva escalada.

-La apropiación por parte del independentismo de la idea de que Cataluña solo es el soberanismo. Y, en consecuencia, la incapacidad de mantener una conversación entre los propios catalanes de todas las sensibilidades para fijar de nuevo una postura común que incluya a los no independentistas. Eso fue el Estatut que el Tribunal Constitucional se cargó —después de aprobarse en el Parlament, en el Congreso y ser refrendado después por la ciudadanía en un referéndum—. Sentencia que dio formalmente inicio a la escalada del conflicto, al dar cobertura argumental por la vía de los hechos a los que consideran que nada puede moverse dentro de la Constitución, o más bien con su interpretación presente.

Resumiendo y volviendo al principio: no se ha acabado todo, pero sí se han acabado muchas cosas. Las peores. El barbecho en el que se encuentra el independentismo puede eternizarse. O puede volver a sembrarse algún día en el largo plazo y tener una excelente cosecha de nuevo. Chi lo sa? Porque lo que sigue siendo cierto es que hay un conflicto —existe cuando es percibido como tal por suficiente número de personas— y también que nada se ha resuelto todavía sobre las cuestiones de fondo que lo motivan. Si lo quieren más visual: la manifestación de ayer es la brasa que queda después de un incendio. Que se apague definitivamente y solo quede recoger la ceniza, o que, por el contrario, reviva hasta provocar un nuevo fuego, depende de muchas cosas. Entre las más importantes, el trabajo de los bomberos y el de sus enemigos, los pirómanos. La mala noticia es que los bomberos de este cuento, de una parte y de la otra, trabajan muy poco a poco. Y, en cambio, los pirómanos, también de un lado y del otro, no te has dado ni cuenta y ya te han incendiado medio bosque otra vez. Lo mejor: darles agua a los apagafuegos y no vender cerillas ni mecheros a los incendiarios.

Aquí no se ha acabado nada. Este era el eslogan de la manifestación independentista convocada para protestar contra el argumento que la Moncloa ha venido utilizando las últimas tres semanas para justificar la elección de Barcelona como sede de la cumbre hispano-francesa. Como el mensaje explícito de Pedro Sánchez era que los ejecutivos francés y español se encontrarían en la Ciudad Condal para demostrar que el proceso independentista se había acabado, la contraparte quería demostrarle lo contrario.

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