En vez de matar al mensajero, PSOE y Gobierno debieran comprometerse con el esclarecimiento de los hechos si lo que pretenden es defender su credibilidad
A la izquierda, Leire Díez Castro saliendo de Ferraz el miércoles 11 de septiembre a las 12.42 horas. A la derecha, Díez regresa a la sede del PSOE, a las 14.02 horas. (EC)
En lugar de insinuar una hipotética querella contra El Confidencial, al PSOE y al Gobierno le hubiese resultado mucho más conveniente en aras a la preservación de su credibilidad anunciar ayer mismo la suspensión inmediata de militancia de María Leire Díez Castro y la apertura de una investigación interna previa a la expulsión definitiva del partido de la susodicha señora. Lejos de eso, la estrategia socialista de respuesta a lo desvelado por este periódico se limitó a disparar de nuevo contra el mensajero y a negar cualquier relación directa o indirecta con lo publicado. Otra vez a escena el comodín del agravio y el cansino estribillo de una gran conspiración para tumbar al ejecutivo a través de una "ofensiva diaria" organizada desde las sombras.
Dice la señora en cuestión en su defensa, una vez pillada con el carrito del helado, que actuaba como periodista y que su objetivo era acreditar una gran exclusiva decorrupción en la Guardia Civil. Pero ahí están los audios de la reunión para demostrar que su comportamiento, lejos de intentar esclarecer nada, lo único que pretendía era clonar las formas de un sicario en busca de munición a cualquier precio para destruir la credibilidad profesional y la honorabilidad del teniente coronel de la UCO de la Guardia Civil, Antonio Balas.
Los términos en los que se produce la conversación no dejan lugar a dudas de lo que en realidad se pretende: matar al perro para acabar con la rabia. El perro es Antonio Balas y la rabia, indiciariamente, las investigaciones sobre el caso Koldo, Ábalos o las referidas al entorno familiar del presidente del Gobierno. Si nos dijeran, tras oír los audios, que esa reunión mafiosa tuvo lugar en un recóndito pueblecito de Calabria y que los presentes son miembros de la ‘Ndrangheta no tendríamos más remedio que creérnoslo.
Por supuesto que el PSOE y el Gobierno tienen derecho a negar su participación en la conspiración destapada por este periódico y atribuirla a una iniciativa individual de alguien que no representa sus intereses. También está en su derecho, claro que sí, de restar importancia a los indicios aportados por los periodistas que firman esta información -ahí están las fotos de la señora María Leire Díez Castro entrando y saliendo de Ferraz como Pedro por su casa- y que apuntan claramente en dirección contraria a la que pretende el ejecutivo.
Pero esta línea de defensa, que obliga a un ejercicio real de transparencia, no sería suficiente para fijar en el imaginario colectivo la idea de una gran conspiración contra el PSOE que resulta -y esta es una lección que a estas alturas tienen aprendida todos los gobernantes- mucho más beneficiosa para sus objetivos partidistas. Un beneficio de parte que se consigue a costa de dañar extremadamente la salud democrática de España y su equilibrio e independencia de poderes, mientras se pregona obscenamente el objetivo contrario y se lanzan vivas gubernamentales diarios a la transparencia y a la regeneración.
Trump ha enseñado bien a sus discípulos de todo el mundo. Digan lo que digan, publiquen lo que publiquen, si no te conviene, defiéndete acusando a los medios que consideras hostiles de servir a oscuros intereses y de querer pervertir los pilares de la democracia. Haz de la conversación pública un estercolero en el que al votante no le quede otra que desistir de su voluntad de conocer la verdad por agotamiento o desmoralización. Insiste vehementemente ante cualquier escándalo que apunte a tu puerta, que lo único cierto es que viene con todo a por ti, que estás en guerra y que es obligatorio escoger bando. Conmigo o contra mí. Y como en la guerra, todo lo que suceda en tu trinchera está justificado y es perdonable porque estás legitimado para defenderte de cualquier modo. Este es el marco en el que se mueve la política de comunicación gubernamental y el manual del que se ha echado mano de nuevo para dar respuesta a esta última exclusiva. Nada hemos escuchado, aunque sólo sea para quedar bien, sobre el necesario esclarecimiento de los hechos. A decir verdad, no esperábamos otra cosa.
Lamentablemente, España empieza a tener una larga tradición en hacer oídos sordos a los escándalos revelados por los medios de comunicación. Nunca pasa nada. Y cuando pasa, tampoco pasa nada. Por ejemplo, hemos escuchado audios en los que ministros del Gobierno de España -en este caso bajo las siglas del PP- conspiraban abiertamente hace años con policías ya condenados por corrupción para destruir carreras profesionales de políticos independentistas. De ello no se ha derivado consecuencia alguna, más allá de una comisión de investigación parlamentaria más interesada -como todas- en la guerra de titulares que en el esclarecimiento de la verdad. ¿Churras con merinas? Será que no. Sirve el recuerdo para ser conscientes de que contamos ya con un histórico acumulado de indiferencia ante el abuso de poder. En el fondo, un día más en la oficina. Y van ya muchos.
En lugar de insinuar una hipotética querella contra El Confidencial, al PSOE y al Gobierno le hubiese resultado mucho más conveniente en aras a la preservación de su credibilidad anunciar ayer mismo la suspensión inmediata de militancia de María Leire Díez Castro y la apertura de una investigación interna previa a la expulsión definitiva del partido de la susodicha señora. Lejos de eso, la estrategia socialista de respuesta a lo desvelado por este periódico se limitó a disparar de nuevo contra el mensajero y a negar cualquier relación directa o indirecta con lo publicado. Otra vez a escena el comodín del agravio y el cansino estribillo de una gran conspiración para tumbar al ejecutivo a través de una "ofensiva diaria" organizada desde las sombras.