Problemas en el paraíso europeísta. Los polacos avalan el bloqueo de la contrarreforma liberal iniciada hace tan sólo un año y medio y dan un golpe antieuropeísta encima de la mesa. No se metan en nuestros asuntos es el mensaje que envían
El primer ministro polaco, Donald Tusk. (Reuters/Lukasz Glowala)
Los análisis de las elecciones legislativas de octubre de 2023 en Polonia apuntaron mayoritariamente a una idea: el regreso de ese país a la ortodoxia liberal. ¡Polonia se ha salvado! Se acabaron las veleidades ultranacionalistas, el antieuropeísmo, la fascinación trumpista, el ultranacionalismo que ve en el club comunitario a un enemigo de los intereses polacos y las políticas domésticas que contravienen las normas y los valores de la UE. Respiraban tranquilas las capitales europeas. Polonia retornaba a las bases y aspiraciones del proyecto europeo construido a través del trinomio popular-socialdemócrata-liberal. La euforia menospreció elementos básicos de esos comicios que no convidaban a tanto optimismo. Como por ejemplo, que el ultranacionalista Ley y Justicia (PiS) había sido el partido más votado y que Donald Tusk sólo podría acceder al cargo de primer ministro forjando una heterogénea coalición contra el ganador, que seguía siendo el partido ultranacionalista.
En Europa se recibió con entusiasmo a Donald Tusk. La UE inició el procedimiento sancionador contra el estado polaco por las políticas del anterior ejecutivo respecto a la independencia del poder judicial y otra legislación considerada una agresión al Estado de derecho. Tusk, por su parte, puso de su parte para complacer a la UE con una contrarreforma que no ha sido posible a causa del poder de veto del presidente polaco saliente, Andrzej Duda. Un veto que Duda ha utilizado para frenar las iniciativas legislativas de calado y que sólo puede levantarse con el apoyo al gobierno de 3/5 partes del parlamento. Una cifra con la que no cuenta Tusk.
De ahí que, tanto Tusk como la UE, lo fiaran prácticamente todo a la victoria el pasado domingo del alcalde europeísta de Varsovia Rafal Trzaskowski. Pero su derrota en favor de Karol Nawrocki, el candidato alineado y avalado por el PiS, derrumba ese castillo de naipes. Pues certifica que el elefante no se había marchado de la habitación y que el sexto país de la UE en población y por PIB seguirá siendo un gran problema para los intereses y objetivos que defienden quienes manejan las riendas de las instituciones comunitarias.
Tusk ha fracasado. De ahí que ayer anunciara, en un movimiento táctico, que se someterá una moción de confianza para reforzar su manifiesta debilidad tras el escrutinio del pasado domingo. Sus socios ya le piden una renegociación de las cuotas de poder, al entender que la pérdida de las presidenciales es un serio aviso por parte de la población.
El ultranacionalista Karol Nawrocki gana las elecciones presidenciales polacas
Y ciertamente lo es. Puesto que las elecciones presidenciales del domingo se habían planteado tanto por unos como por otros como un aval o una censura al desarrollo de las políticas de Donald Tusk al frente del gobierno polaco: ¡Nosotros o el apocalipsis, la regresión democrática y el antieuropeísmo!
Pues bien, los polacos - una mayoría muy ajustada de ellos, pero así son las reglas- han dicho que prefieren a un ultranacionalista que pueda seguir vetando las políticas liberales. De ahí que como esto ha sucedido tan sólo un año y medio después de las elecciones que convirtieron a Tusk en primer ministro, deba considerarse una moción de censura en toda regla al Gobierno, que no ha sabido convencer a los polacos en este tiempo de las bondades de su programa.
El ultranacionalismo europeo -el húngaro Viktor Orbán, la francesa Marine Le Pen, entre otros- han saludado efusivamente la victoria del PiS en las presidenciales polacas. Por el contrario, los líderes de las instituciones comunitarias han mostrado con lenguaje diplomático su preocupación y disgusto. En el gran debate del presente sobre la necesidad de más cesiones de soberanía a la UE ante retos como la agenda de seguridad y defensa o la reformulación de las reglas de la globalización, los partidarios de replegarse en favor del Estado-nación se aseguran posiciones de bloqueo en Polonia y demuestran que están en condiciones de volver a gobernar ese país.
La actual UE sale derrotada en Polonia. El activismo dialéctico de los líderes comunitarios contra el PiS, su permanente aval explícito a Donald Tusk y a su programa -¡este sí es de los nuestros! - han hecho de la UE un actor político de lo más activo en procesos electorales en los que se entromete sin disimulo alguno. Tal fue el caso de los últimos comicios en Alemania o Rumania, con anterioridad a los del pasado domingo en Polonia. Y tanto activismo y proselitismo en favor de unas opciones políticas determinadas -justificado o no- es un riesgo.
Actuando así la propia UE inocula en porcentajes de población muy importantes de los países en los que eso sucede la idea de que la UE no respeta la soberanía estatal si las decisiones que se toman no se ajustan a un determinado modo de entender Europa, retroalimentado de este modo el antieuropeísmo. Puede que no haya otra solución, pero el riesgo está ahí y hay que ser conscientes de ello. Es lo que se ha visto de nuevo en Polonia, donde el mensaje que ha enviado mayoritariamente el electorado es este: no se metan con nuestros asuntos.
Quizás debiera dejar de verse cada elección como un triunfo o derrota definitivo de nada. Y mantenernos centrados en la pantalla del sónar de profundidad, que sigue enviando señales -con independencia de que los resultados concretos de cada elección- muy preocupantes del estado de ánimo de las sociedades europeas, incluyendo aquellas que, como Portugal, parecían inmunes al virus de la derecha alternativa y radical.
En el fondo, hace un año y medio ni el PiS ni sus votantes desaparecieron, como ahora tampoco lo hacen quienes confían en el proyecto europeísta de Donald Tusk y sus socios. Cada vez que revelamos una foto electoral, con independencia de los resultados y de que éstos gusten más o menos, lo que vemos son sociedades -tal es el caso de Polonia y de muchos otros estados- divididas políticamente alrededor de proyectos políticos incompatibles entre ellos.
El resultado es un tablero social de lo más complicado que, mal que les pese a los europeístas convencidos, obliga a ser más cauto de lo que se ha sido hasta ahora fijando rayas divisorias entre votantes que merecen el abrazo y el mimo comunitario y otros que, explícita o implícitamente, merecen ser tratados con menosprecio. La ceguera no es el camino. Polonia para recordárnoslo. Y a diferencia de otros países más pequeños que también han apostado por la radicalidad, a los polacos toca tenerlos en cuenta. El país pesa en el concierto europeo.
Los análisis de las elecciones legislativas de octubre de 2023 en Polonia apuntaron mayoritariamente a una idea: el regreso de ese país a la ortodoxia liberal. ¡Polonia se ha salvado! Se acabaron las veleidades ultranacionalistas, el antieuropeísmo, la fascinación trumpista, el ultranacionalismo que ve en el club comunitario a un enemigo de los intereses polacos y las políticas domésticas que contravienen las normas y los valores de la UE. Respiraban tranquilas las capitales europeas. Polonia retornaba a las bases y aspiraciones del proyecto europeo construido a través del trinomio popular-socialdemócrata-liberal. La euforia menospreció elementos básicos de esos comicios que no convidaban a tanto optimismo. Como por ejemplo, que el ultranacionalista Ley y Justicia (PiS) había sido el partido más votado y que Donald Tusk sólo podría acceder al cargo de primer ministro forjando una heterogénea coalición contra el ganador, que seguía siendo el partido ultranacionalista.