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Rosalía y Roald Dahl: Israel y Palestina con cuarenta años de diferencia
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Josep Martí Blanch

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Rosalía y Roald Dahl: Israel y Palestina con cuarenta años de diferencia

Entidades propalestinas exigen a la diva de la música urbana que se una a la campaña de BDS: Boicot, Desinversiones y Sanciones contra Israel. ¿El silencio o la opinión matizada lo convierte a uno en cómplice y colaboracionista?

Foto: Rosalía posa durante la Met Gala. (Reuters/Archivo/Mario Anzuoni)
Rosalía posa durante la Met Gala. (Reuters/Archivo/Mario Anzuoni)
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El activismo propalestino ha escogido a la artista Rosalía para una campaña de señalamiento en la que se utiliza a la cantante como ejemplo de indolencia injustificable ante lo que está sucediendo en aquella tierra.

Prendió la mecha el diseñador de ropa Miguel Adrover, que rechazó vestir a la diva de la música urbana alegando que "Miguel no trabaja con ninguna artista que no apoye públicamente a Palestina".

La presión sobre Rosalía, real o sentida, se hizo notar en las redes sociales. Con el objetivo de recuperar la calma, la artista posteó un texto en el que argumentaba que no emplea las redes a modo de diario para expresar opiniones, pero que eso no significa que no condene la violencia o que no sea terrible ver día tras día cómo se asesina a personas inocentes.

En el mismo escrito, Rosalía defendía que el señalamiento público debía dirigirse hacia arriba (quienes deciden y tienen poder de acción) y no en horizontal entre iguales. Esta última parte bien podría haberse cambiado por un "dejadme en paz". Pero ¿qué sería de un comunicado sin eufemismos?

Foto: boicot-dbs-acom-israel-espana-palestinos-sentencias

Como era de esperar, las excusas de Rosalía no sirvieron de nada. Demasiada tibiez para lo que se le exigía, una respuesta demasiado "política" y con zonas de ambigüedad, según los críticos. Así que la cosa no quedó ahí. La última vuelta de tuerca la han dado diversas entidades activistas propalestinas exigiéndole que se una al movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) contra Israel. O todo o nada, Rosalía. Nada de salir airosa con manidas frases contra la guerra y lo horribles que son las muertes.

La presión sobre las celebrities por cuestiones políticas no es algo que hayamos inventado ahora en tiempos de redes sociales. Recién ha dejado de representarse en el Teatro Romea de Barcelona la obra Gigante, del dramaturgo británico Mark Rosenblatt y estrenada el año pasado en Londres.

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La trama gira alrededor de las acusaciones de antisemitismo que recibió en su día Roald Dahl (uno de los mejores cuentistas de la literatura inglesa y conocido por el gran público de hoy por ser el autor del libro Charlie y la fábrica de chocolate) por el prólogo que escribió para un libro sobre la guerra del Líbano del escritor de Newsweek Tony Clifton.

Roald Dahl utilizó su libertad de opinión y expresión para cargar sin miedo duramente contra Israel. Las presiones que recibió fueron para que rectificase. Sus editores temieron un derrumbe de ventas de un escritor que era una mina de oro. Por eso trataron de convencerlo para que saliese al paso con unas declaraciones en las que, sin desdecirse, sí matizase las afirmaciones vertidas en el controvertido prólogo para evitar deserciones masivas entre sus lectores. Dahl se mantuvo en sus trece y no movió un dedo al respecto. Sí lo harían sus herederos años más tarde, pues acabaron pidiendo disculpas en 2020 por algunas expresiones y comentarios netamente antisemitas.

Los casos Rosalía y Dahl son muy diferentes. A la primera se la acusa por su silencio -ahora por su ambigüedad-, mientras que al segundo se le señaló por el contenido de una opinión expresada libremente por iniciativa propia y sin calibrar los perjuicios y la presión que recibiría después.

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Pero en las dos historias planean también elementos coincidentes, más allá de que ambos casos versen sobre el conflicto entre Israel y Palestina con cuarenta años de diferencia entre uno y otro. Tanto en un caso como en otro se advierten los riesgos que asume alguien celebrado y admirado por millones de personas en el momento en el que expresa -o calla, como es el caso de Rosalía- sus opiniones políticas y de actualidad.

Centrándonos en Rosalía, tanto el diseñador Miguel Adrover como el movimiento BDS parten de la firme creencia de un absoluto moral que los ampara. No solo es imposible estar a favor de lo que está haciendo Israel, sino que es igualmente incomprensible no dar un paso al frente para manifestarse públicamente en su contra.

La respuesta tibia, moderada, matizada, menos aún el silencio, dejan de tener valor alguno. Más bien son la prueba irrefutable de que uno es en realidad un cómplice del mal. De acuerdo con este planteamiento cualquiera que no se moje ha de ser tachado de colaboracionista. Es desde esta amenaza que se extorsiona a un icono mundial como Rosalía a mover el culo para no entrar en la lista a cambio de que utilice su capacidad de influencia sobre las masas.

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Es un planteamiento totalitario, con independencia de la razón que puedan tener estas entidades sobre la gravedad de lo que sucede en la Franja de Gaza. Cada persona, también las de mucha notoriedad, escoge las batallas que decide librar. Puede hacerlo frívolamente, por interés crematístico, porque encaje en la manera que está construyendo su marca personal, etc. Pero también con fundamentos más sólidos, tras estudiar e informarse del asunto sobre el que decide intervenir, porque su red de amistades y relaciones la empuja en una dirección determinada (callar, por ejemplo) o bien porque sus convicciones son tan firmes que no puede dejar de participar en esa conversación.

Es, en todo caso, una elección personal y como tal debería respetarla. Más todavía en alguien como Rosalía, cuya responsabilidad no es acabar con los problemas del mundo, sino proporcionar diversión y evasión a través de la música, que es lo que le ha proporcionado fama mundial y la legión de seguidores que atesora. Ni es una cantautora comprometida, ni una intelectual de primer orden de la que quizás sí esperaríamos obligatoriamente su opinión sobre cuestiones como la que nos ocupa.

El caso Rosalía demuestra que el espíritu de la época es en general caciquil e inquisitorial. Así debe entenderse que pasemos de censurar las palabras que no son de nuestro agrado, algo de lo que no está exento el Gobierno de Israel cuando confunde maliciosa, ventajosa y vergonzosamente cualquier crítica a sus decisiones y acciones con el antisemitismo, a hacer lo propio con los silencios.

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Por cierto, de vuelta a Roald Dahl y al margen de Israel y Palestina, su obra fue reescrita en 2023 por su editorial para eliminar las palabras consideradas poco apropiadas para los lectores de hoy. A este mundo tampoco le gustan las herencias.

El activismo propalestino ha escogido a la artista Rosalía para una campaña de señalamiento en la que se utiliza a la cantante como ejemplo de indolencia injustificable ante lo que está sucediendo en aquella tierra.

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