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EEUU pierde casi un millón y medio de inmigrantes en un semestre de trumpismo
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Josep Martí Blanch

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EEUU pierde casi un millón y medio de inmigrantes en un semestre de trumpismo

Entradas de ilegales en mínimos y repatriaciones voluntarias. Si la tendencia se consolida, se demostrará que no es cierto que la inmigración no pueda controlarse o incluso revertirse. La cuestión, de serias implicaciones morales, es el cómo

Foto: Una colombiana embarca en el primer vuelo de autodeportados de Trump. (EFE/Archivo/@Sec_Noem)
Una colombiana embarca en el primer vuelo de autodeportados de Trump. (EFE/Archivo/@Sec_Noem)
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En EEUU la población inmigrante se ha reducido ostensiblemente, algo que no ocurría desde los años sesenta del siglo pasado. En enero de 2025 se registró el pico más alto jamás registrado, con 53,3 millones de inmigrantes. Seis meses después de la jura presidencial de Donald Trump, la cifra se ha reducido en casi un millón y medio de personas, situándose en 51,9 millones de almas. Si la lupa de aumento se coloca sobre los trabajadores, EEUU ha perdido 750.000 empleados venidos del extranjero en un semestre, pasando del 20% al 19% del total. Los datos son del Pew Research Center, un centro de investigación sin filiación partidista que ha realizado un análisis comparativo del censo estadounidense.

Promesa cumplida, ha dicho Donald Trump. Sobre el papel, la frialdad de las cifras y porcentajes le dan inequívocamente la razón. Ha disminuido la inmigración ilegal -los accesos por la frontera sur con México están en mínimos- y también la que tenía amparo jurídico, puesto que el discurso hostil hacia el extranjero ha hecho que se resientan las llegadas que responden a todo tipo de casuísticas.

Añádase también que las deportaciones han hecho su efecto. Y que muchos de los inmigrantes que gozaban de un estatus de alegalidad o que se manejaban a través de permisos temporales han hecho las maletas voluntariamente por temor al encarcelamiento o la repatriación.

Como quiera que la inmigración se relaciona en la mayoría de los casos con la posibilidad de gozar de mayores oportunidades económicas en el país de acogida, el hecho de que EEUU crezca incluso por encima de las previsiones -3% en el segundo trimestre- hace que haya que atribuir este descenso de población inmigrante a las políticas -¡y discurso! - de Donald Trump. Si bien es también cierto que las restricciones del derecho de asilo y la vigilancia de la frontera sur dieron ya un giro radical en el último periodo de la presidencia de Joe Biden.

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Seis meses es poco tiempo para determinar si esta es una tendencia que se mantendrá durante todo el mandato del actual presidente estadounidense. Pero ha servido para añadir argumentos al debate vivísimo sobre la inmigración en ese país, uno de los pilares sobre los que se gestó su victoria en las últimas presidenciales.

El trumpismo celebra las cifras, los demócratas capean como pueden sus ambigüedades y contradicciones y los "expertos" se dividen entre aquellos que consideran el decrecimiento inmigratorio como una buena noticia, y los que alertan por diferentes motivos (derechos humanos, colapso económico por falta de mano de obra en algunas zonas y sectores, menos talento investigador, demografía en declive sin la llegada de personas de otros países, etc) de las consecuencias negativas que el frenazo puede conllevar.

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Interesa del fenómeno, si la tendencia se consolida, el desmentido que supone para la tesis hegemónica e indiscutible hasta ahora de que la inmigración, ordenada o no, es algo no sólo inevitable sino también imposible de frenar o revertir. Los números en EEUU, al menos los del primer semestre, desmentirían la afirmación de que es "imposible poner puertas al campo".

Trump las puso el primer día de su mandato y parece que de momento le funcionan y cumplen su función. Si tomamos como ciertas las cifras y porcentajes facilitados por el Pew Research Center, estaríamos ante la demostración de que sí hay políticas efectivas para reducir el número de llegadas e incentivar las repatriaciones. Otra cuestión, indesligable de la anterior, es hasta qué punto los valores de una sociedad abierta, respetuosa con los derechos humanos, han de redibujarse para hacer posible el tipo de políticas y discursos que convierten esto en algo factible.

Dicho de otro modo, ¿estaríamos ante los mismos números si el miedo que ha impuesto la administración Trump al inmigrante a través del exceso y la arbitrariedad no resultase creíble? Probablemente no. Pero más allá de esta constatación, la pregunta no es nada inocente. Pues en el caso de prevalecer la tendencia a la baja en el número de inmigrantes puede afianzarse entre muchos ciudadanos -también en esta parte del Atlántico- la plena convicción de que el trumpismo es el camino, en la medida que es capaz de garantizar resultados en algo que la política tradicional consideraba, al margen de que sea positivo o no, imposible.

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Ya no sería un marco teórico de campaña el que propugnaría que la "mano dura" es efectiva, sino que sería la praxis la que confirmaría que esto es exactamente así. Para quien ya ha abrazado el discurso contra la inmigración, o para quien está tentado de hacerlo, el experimento trumpista confirmaría que, a pesar de lo oído en las dos últimas décadas, sí hay un camino efectivo para frenar o regular la llegada de personas de fuera. Trump ya no alimentaría el discurso sólo con palabras, sino también con hechos. Y de añadido: ¿Si en EEUU es posible, por qué no en Europa o en España? Una legitimación por la vía de los resultados del modo de hacer trumpista.

Claro que también puede suceder lo contrario. En la medida que estemos ante una flor de verano o que las tensiones por las consecuencias internas del decrecimiento en inmigración -por ahora digerible- obliguen al trumpismo a rectificar. Están por ver, en este sentido y en la línea de lo que anticipan expertos económicos, las presiones que algunos sectores empresariales puedan ejercer sobre la administración trumpista si ven peligrar sus capacidades productivas por no contar con la mano de obra necesaria en caso de estrangulamiento del mercado laboral. De concretarse, y de sucumbir Trump a ellas en el medio plazo, el laboratorio estadounidense revelaría la foto contraria: la imposibilidad, incluso para un programa político de máximos en la restricción de la inmigración, de rebelarse contra la demografía y contra las necesidades de un mercado acostumbrado a importar tanta mano de obra como necesite para mantener controlada la presión alcista sobre los salarios y la producción de bienes y servicios.

La movilización de recursos económicos por parte de la administración trumpista (la aprobación de la Gran y Bella Ley que Trump ha convertido en su principal logro político es la garantía de que seguirá fluyendo el dinero público para controlar y reprimir la inmigración) no anticipa un escenario de relajación, al menos por lo que al capítulo de entradas ilegales se refiere, un ingrediente capital de su ideario y que cohesiona a buena parte de su electorado.

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La evolución de las cifras en el futuro, más allá de este primer semestre, será muy relevante. Confirmará o no que la inmigración puede ser un fenómeno reversible o, al menos, controlable hasta cierto punto si se convierte en una prioridad, se destinan recursos económicos y humanos a su control y se abandonan o matizan - ¡y este es el punto más relevante! - ciertas prevenciones de tipo moral en el trato al inmigrante que hasta hace poco se consideraban inmutables. Europa mira y toma nota. El debate es moral. Y por ello de lo más trascendente.

En EEUU la población inmigrante se ha reducido ostensiblemente, algo que no ocurría desde los años sesenta del siglo pasado. En enero de 2025 se registró el pico más alto jamás registrado, con 53,3 millones de inmigrantes. Seis meses después de la jura presidencial de Donald Trump, la cifra se ha reducido en casi un millón y medio de personas, situándose en 51,9 millones de almas. Si la lupa de aumento se coloca sobre los trabajadores, EEUU ha perdido 750.000 empleados venidos del extranjero en un semestre, pasando del 20% al 19% del total. Los datos son del Pew Research Center, un centro de investigación sin filiación partidista que ha realizado un análisis comparativo del censo estadounidense.

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