Lo importante no fueron las medidas anunciadas contra Israel, entre testimoniales, limitadas o inaplicables, sino acusar al país hebreo de genocidio y provocar una reescalada diplomática. Objetivo cumplido
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia en la Moncloa. (EFE/Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa)
La agenda internacional de un dirigente siempre tiene valor de uso doméstico. Y nada como un enemigo exterior creíble para esquivar los problemas de casa. Ayer Pedro Sánchez utilizó este tentador comodín para provocar un viraje en el guion que estaba previsto en el teatro político español para esta semana.
Se trataba de buscar un agujero por el que colar una conversación que pivotase sobre argumentos más favorables para los intereses del Gobierno que las que ya estaban agendadas. Y lo logró poniendo patas arriba la actualidad informativa a primera hora de la mañana con un discurso que buscaba una reescalada diplomática urgente con Israel. Objetivo cumplido.
Ni la señora Leire Díez, que ayer comparecía en el Senado, ni el más que probable revolcón a la reforma del horario laboral el próximo miércoles en el Congreso, el mismo día que Begoña Gómez declarará de nuevo ante el juez Juan Carlos Peinado, podían convertirse en el único menú de la actualidad semanal. Y nada como un conflicto diplomático de enjundia como el que ayer reinició Pedro Sánchez con Israel para lograrlo. La cortina de humo estuvo muy bien tirada.
Las medidas que anunció Pedro Sánchez no eran merecedoras de la puesta en escena que escogió el presidente. Sí la merecía, en cambio, el efecto que pretendían que, insistimos, no era otro que la sabida respuesta de Israel y el giro de la conversación en España.
Sánchez anuncia nueve medidas por el "genocidio" de Israel
El discurso de Sánchez resultó coherente con su trayectoria política desde que se inició la guerra entre Israel y Hamás. Se trataba de subir unos peldaños más en intensidad y agresividad. Aunque a decir verdad, la vehemencia utilizada en la comparecencia de ayer, para ser plenamente coherente, obligaba a retirar de saque a la embajadora española en Israel, como le vienen exigiendo sus socios de Sumar. En lugar de eso, se listaron un conjunto de medidas, nueve como hubiesen podido ser trece, que en el fondo tienen un recorrido y un impacto que van de lo muy limitado a lo simplemente testimonial o inaplicable.
Pero lo importante no eran las medidas, sino el prólogo acusatorio que las precedía: el señalamiento de Israel como un estado genocida, aunque la palabra se pusiera hábilmente en boca de terceros. Llegados a este punto, la respuesta de Israel estaba más que garantizada y el objetivo de la comparecencia cumplido. Fíjense si no: a los matinales de radio les dio tiempo de informar de lo que decía el presidente del gobierno y a los pocos minutos dar cumplida cuenta de la respuesta israelí, que fue instantánea. No podía ser de otro modo. Sabido es que la gente de Netanyahu no deja un hueso por roer.
La acusación israelí a Sánchez de representar a un Gobierno corrupto y antisemita y la prohibición de entrar en su país a Yolanda Díaz y Sira Rego (recordar que hace unos días ya se prohibió la entrada al alcalde de Barcelona, Jaume Collboni) hacían inevitable la respuesta española, llamando a consultas a su embajadora en Tel Aviv. A la velocidad de una 'mascletá' valenciana, al mediodía la pelota estaba ya donde la quería y había previsto el Gobierno español.
La posición de Pedro Sánchez ante la guerra Israel-Hamás es la mayoritaria entre los españoles. En este sentido, la escalada en la posición del Ejecutivo resulta cómoda, pues sabe que no arriesga nada, más bien al contrario. Además, cada vez es más difícil encontrar voces que defiendan abiertamente, ya ni siquiera con matices, el modo de actuar del Ejecutivo de Benjamin Netanyahu. Porque con independencia del debate sobre si lo que se está cometiendo en esa parte del mundo es un genocidio, crímenes de guerra o una respuesta desmesurada, cuesta horrores aceptar que el derecho a la defensa de Israel incluya lo que estamos viendo desde hace meses.
Pero que esto sea así, no excluye que se echen de menos en el discurso de Pedro Sánchez, muy particularmente en el de ayer, menciones y exigencias expresas a Hamás. Tanto para la liberación de los rehenes israelíes que siguen en su poder, como en aquellas cuestiones en las que la organización terrorista podría aliviar el dolor de la población a la que dice defender. Por ejemplo, dejando de utilizar a la población como escudos humanos o anunciando la renuncia a eliminar del mapa al Estado de Israel, objetivo fundacional de Hamás y cuyo significado es el que entraña la archiconocida frase 'Desde el río hasta el mar' que abrazó en su día como santo y seña la organización terrorista.
Pero como el objetivo era ayer principalmente doméstico, es entendible que para el presidente ese esfuerzo de mínima complejidad que siempre complica la efectividad de un mensaje resultase innecesario y, por tanto, suprimible.
La agenda internacional de un dirigente siempre tiene valor de uso doméstico. Y nada como un enemigo exterior creíble para esquivar los problemas de casa. Ayer Pedro Sánchez utilizó este tentador comodín para provocar un viraje en el guion que estaba previsto en el teatro político español para esta semana.