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Larga vida al periodismo patriótico y partidista
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Josep Martí Blanch

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Larga vida al periodismo patriótico y partidista

Que el poder trate de controlar medios y periodistas no es una novedad. Sí lo es sacar pecho y fanfarronear procazmente de ello. Todo vale cuando se ha perdido el más mínimo sentido institucional

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/EPA/Olivier Matthys)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/EPA/Olivier Matthys)
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El periodismo mal llamado patriótico y el partidista, lo que vendríamos a llamar el antiperiodismo, tienen un brillante pasado y un esplendoroso futuro. No hay novedad alguna en que los Gobiernos pretendan controlar medios de comunicación y periodistas. Tampoco en que muchos profesionales de la información se avengan a participar activamente en el negocio de la influencia. Los incentivos existen. Así han sido, son y serán las cosas.

No estamos inventando la rueda. La novedad del presente, caso de haberla, está más en la desvergüenza con la que se reivindican estas malas prácticas que en los hechos en sí mismos.

Vivimos tiempos en los que se saca pecho por lo que antes, mayoritariamente, se tendía al menos a disimular o negar, aunque fuera cierto. Ahora, en cambio, se observa una actitud en muchos casos de pavoneo y desafío. La impudicia se ha hecho la dueña del tablero de juego. Trump es el mejor exponente de este modo de actuar respecto a los medios y periodistas, pero la pandemia es ya de alcance global. Y en España somos alumnos aventajados.

Informaba en su edición de ayer El Confidencial que la fontanera del PSOE, Leire Díez, manejaba un documento en el que figuraba la estrategia detallada para asaltar este periódico, los grupos Planeta y Joly y bloquear Vocento. En realidad las estrategias eran múltiples. Leire Díez se manejaba en las cloacas con documentos apócrifos en los que cabían toda clase de fantasías. ¡Cuán atrevida es la ignorancia! Pero los hay, escritos o no, que se han elaborado en ambientes más salubres y glamurosos. ¿Qué ha sido si no la batalla en Prisa? ¿O el plan para mudar la piel de TVE? La libertad de expresión ideal para el gobernante común es la mayoría de las veces la que cabría en un NO-DO resucitado.

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Lo dicho, estas cosas ni son nuevas ni afectan únicamente al Gobierno del Estado. También las autonomías y las corporaciones locales sufren del mismo mal. Las diferencias entre partidos, ya duele decirlo, tampoco son sustanciales. La voluntad de control mediático es inherente al poder.

Aunque sí es cierto que cuanto más narciso es el gobernante, más puede acentuarse esta faceta. Sirva el sanchismo y su intento de colonización de los medios, sea a través de estructuras b de partido, sea a través de decisiones tomadas en los despachos oficiales, como ejemplo. Aunque añadamos, sin que eso lo disculpe, que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

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Lo verdaderamente sustancial es no aceptar y no normalizar estos intentos golpistas de baja intensidad. Sean cuando sean y los protagonice quien los protagonice. Más todavía cuando para llevar estos planes a la práctica hay que movilizar dinero público con fines partidarios o dinero privado al que se le garantiza que el favor con favores se paga. Ya nos entendemos.

Más allá de los medios, los periodistas. El activismo va ganando adeptos en detrimento del periodismo. Donde es más fácil confirmar esta afirmación es en los formatos televisivos de entretenimiento político. Pero la polarización va camino de no dejar títere con cabeza. Escoger bando esclaviza pero puede rentar. De ahí la importancia de medios que, como El Confidencial, apuestan abiertamente por ampliar el número de carriles de la autopista por la que circulan la información, la opinión y el análisis. Cada vez resulta más heroico, por las características y condicionantes que envuelven la industria del periodismo, permanecer ahí.

Que el activismo vaya ensanchando sus ámbitos de influencia en detrimento del periodismo, no es óbice para que la mayoría de los profesionales sigan haciendo su trabajo digna y honestamente. Pero cada vez exige mayores dosis de carácter. Porque al gobernante ya no le vale en muchos casos dirigir los ataques a un medio -pseudomedios, ¿recuerdan? - sino que trata ya abiertamente de doblar la cerviz de los plumillas humillándolos. De nuevo Trump y sus aprendices patrios.

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Esta misma semana, desde el Gobierno se ha acusado al corresponsal de ABC en la Casa Blanca, David Alandete, de antipatriota. Su traición ha sido preguntarle a Trump por la negativa del Gobierno español de destinar el 5% del PIB a defensa, tal y como se acordó por unanimidad en la última cumbre de la OTAN. El ministro Óscar Puente, siempre listo para señalar y disparar, se apuntó al bombardeo en el que también participó, con más moderación y educación, la ministra de Defensa, Margarita Robles.

Siempre ha habido llamadas al orden o intentos de hacer reflexionar al periodista sobre la conveniencia o no de algunas de sus preguntas, pero el intento de humillación pública a través de acusaciones de antipatriotismo por plantear una cuestión de actualidad y de interés general, sí es una novedad. Una demostración de que vamos a peor. Ha estado bien la Asociación de la Prensa saliendo en defensa del corresponsal de ABC. Sólo que esta es una gota en un mar que va ensanchando sus límites. Resquebrajado el mínimo sentido de la institucionalidad, todo vale. En EEUU o en España.

El periodismo mal llamado patriótico y el partidista, lo que vendríamos a llamar el antiperiodismo, tienen un brillante pasado y un esplendoroso futuro. No hay novedad alguna en que los Gobiernos pretendan controlar medios de comunicación y periodistas. Tampoco en que muchos profesionales de la información se avengan a participar activamente en el negocio de la influencia. Los incentivos existen. Así han sido, son y serán las cosas.

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