Enrocarse para defender los propios intereses es humanamente defendible. Lo es menos que desde algunos altavoces se avale la pulsión autoritaria de gobernar sin el Parlamento
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Carlos Ortega)
En una tertulia radiofónica en la que participo, entra en directo un representante institucional del socialismo valenciano para ser entrevistado. Tras valorar la situación política en su comunidad, se le pide opinión sobre la gobernabilidad de España y la inevitabilidad o no de unas elecciones tras el anuncio de Junts de bloquear el Congreso y hacer inviable cualquier iniciativa del Ejecutivo.
Su respuesta es la misma que estos días evangeliza Pedro Sánchez, solo que con otras palabras y menos ampulosidad. Resumiendo: la economía funciona y los servicios públicos y la administración cumplen con sus obligaciones, luego no es tan importante lo que suceda en el Congreso.
El señor en cuestión no pasó vergüenza alguna echando mano de ese argumentario que, por otra parte, es el que se viene repitiendo o apoyando estos días desde múltiples altavoces, no sólo los del PSOE. Nuestro amigo valenciano no cae en la cuenta, o prefiere no hacerlo, que este razonamiento es totalmente antidemocrático.
En China también hay crecimiento económico y los servicios públicos abren sus puertas cada día. Así que no puede ser esta la prueba que acredite la legitimidad democrática de un Gobierno, puesto que todavía todos coincidimos en que China es una dictadura. O un régimen autoritario, adjetivación más del gusto de los que, por un motivo u otro -a veces muy lucrativo-, no gustan de poner el dedo en el ojo del Partido Comunista Chino.
Si referimos esta anécdota de un dirigente socialista de cuarta fila, es para ilustrar hasta qué punto ha cuajado el discurso sanchista de que el Congreso no es más que un adorno del que puede prescindirse llegado el caso. Una rémora, una mosca cojonera que no se ha extinguido, pero que pertenece a otro tiempo, aquel en el que la democracia se debía a unas reglas que ahora pueden despreciarse.
Lo cierto es que Sánchez, como ya se ha escrito, sólo tiene tres posibilidades: reconstruir la relación con Junts, presentar una moción de confianza o convocar elecciones. El discurso hegemónico de la Moncloa, el chulesco y pétreo no pasa nada, nos resuena autoritario.
De tal forma que todos los avisos del sanchismo sobre una regresión democrática si él deja de ser presidente, parecen a estas alturas un descarnado acto de cinismo. De mantenerse sine die esta situación, más que al futuro, hay que temerle al presente.
Sánchez tiene días, semanas para intentar revertir la situación. Pero no más. Y desde luego debería evitar desde ya mismo su ofensivo 'ahí me las den todas' que empobrece los fundamentos básicos de la democracia y de las instituciones.
Sólo que en realidad el presidente es inocente, o al menos no es culpable del todo. Es mucho esperar de alguien que actúe en la dirección contraria a la de sus intereses. Enrocarse es parte esencial de la naturaleza humana. Y si bien es cierto que hay gente con más predisposición que otra a mantener un mínimo de coherencia con sus postulados iniciales, también sabemos que este no es el caso de Pedro Sánchez.
Lo que queremos decir es que el problema no es la actitud del presidente español, sino la complicidad de actores de lo más diverso de la sociedad española que a través del silencio o asintiendo explícitamente dan cobertura al argumentario fraudulento de que una legislatura puede continuar como si nada, no ya sin aprobar unos solos presupuestos, sino ya sin capacidad alguna de iniciativa ambiciosa el gobierno por no contar en el Congreso con los apoyos suficientes para validarla.
En este sentido, el abandono del mínimo compromiso con la gobernanza del país por parte de entidades, asociaciones y otros clubes de mil y un pelajes diversos es desoladora. Silencio, como si no fuera con ellos. La democracia es, desde este punto de vista y para tanta gente, algo meramente utilitario y funcional, no sustancial. De ahí que importe entre poco y nada el bloqueo del Congreso. Mientras puedan moverse partidas presupuestarias sin pasar por el parlamento y sigan publicándose en el BOE licitaciones y subvenciones, no hay de qué preocuparse.
La rendición democrática de una sociedad no se produce únicamente tras la llegada al poder de alguien con una clara vocación programática de limitarla o empobrecerla. Puede ser anterior. Y es lo que está sucediendo.
Cuando observadores, analistas y estrategas profesionales reducen la democracia a un terreno de juego en el que solo cuenta el tacticismo para alcanzar el poder y luego hacer cualquier cosa por conservarlo; cuando el gobernante menosprecia abiertamente el papel que tienen asignadas las Cortes; o cuando se naturaliza, incluso desde algunos medios de comunicación, que un gobierno solo necesita una legitimidad de origen -las elecciones y el pacto de investidura- y que no es necesario ir revalidándola en el Congreso, se está produciendo ya esa rendición democrática.
Si a eso se le suma el silencio y asentimiento de quienes están siempre a lo suyo desde otras instancias de la de la sociedad -por miedo, por interés, por desidia o por conveniencia- tendremos el cuadro entero de una sociedad de baja exigencia democrática que no debe preocuparse mucho por el futuro de sus libertades porque ya bastante tiene con un presente más que mejorable.
Sánchez tiene tiempo para tomar la decisión que más estime. Y solo puede elegir entre las tres referidas. Pero si las circunstancias actuales de bloqueo en el Congreso se mantienen y él persiste en una actitud equivalente al "me resbala de arriba abajo", estaremos ante un fraude democrático sin paliativos que sólo puede perpetrarse con la colaboración de todos aquellos que callando o aplaudiendo avalen este modo de actuar.
Ojalá el presidente recapacite antes de que sea demasiado tarde. Sánchez tiene mañana en el Congreso una primera oportunidad para empezar a virar y reconocer, al menos, que está ante una situación que le preocupa y que es insostenible en el tiempo. Aunque por lo visto hasta ahora, no hay motivos para el optimismo. Ojalá nos equivoquemos.
En una tertulia radiofónica en la que participo, entra en directo un representante institucional del socialismo valenciano para ser entrevistado. Tras valorar la situación política en su comunidad, se le pide opinión sobre la gobernabilidad de España y la inevitabilidad o no de unas elecciones tras el anuncio de Junts de bloquear el Congreso y hacer inviable cualquier iniciativa del Ejecutivo.