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La estafa de las cumbres climáticas
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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La estafa de las cumbres climáticas

La turra mediática ha sido este año menor. Quizás el formato de líderes políticos este agotado: líderes políticos haciendo ver que creen lo que dicen y que cumplirán lo que prometen

Foto: Porotesta de Fridays for Future en la puerta de Brandenburgo en Berlín durante la celebración de la COP30 en Belém, Brasil. (Reuters/Annegret Hilse)
Porotesta de Fridays for Future en la puerta de Brandenburgo en Berlín durante la celebración de la COP30 en Belém, Brasil. (Reuters/Annegret Hilse)
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Finaliza hoy el 30.º aquelarre del clima que se ha celebrado en Belém (Brasil) durante las dos últimas semanas. Habrá notado el lector que en esta ocasión la turra mediática ha sido considerablemente menor. Se ha cumplido el ritual, pero con menos entusiasmo. ¡Por culpa de Franco! No tan rápido. Es cierto que en España hace ya días que el cincuenta aniversario de la muerte del dictador nos ha condenado al monocultivo informativo de la memoria dirigida, pero como ha pasado lo mismo en los demás países, habrá que buscar otras causas para explicarnos la flojera pasional que se detecta alrededor del asunto climático.

Cuando hoy se apaguen las luces en Belém, el rito se habrá seguido de un modo escrupuloso. Gentes protestando porque el mundo se va al garete, líderes haciendo grandes proclamas, otros asegurando que los objetivos que se plantean son imposibles de cumplir y, finalmente, un líder con ánimo de superhéroe -este año le toca al anfitrión Lula da Silva- tomando las riendas de las negociaciones para conseguir finalmente un acuerdo del que se acabará diciendo que no es suficiente, pero que es importante.

Para adornar el aburrido proceso negociador de una cumbre de dos semanas, ONG, universidades e investigadores de lo más variado habrán presentado en el mientras tanto decenas de estudios alertando sobre el final del mundo, el número de islas que van a desaparecer, el incremento de los refugiados climáticos, la intensificación de los fenómenos meteorológicos extremos y cuantas desgracias podamos imaginarnos. Las cumbres climáticas son ya como los programas de fiesta mayor del pueblo de cada uno: sabes sin abrirlo qué es lo que va a suceder cada día durante los festejos. No te aburres, pero nada sorprende.

Dejando a un lado a las gentes de buena voluntad y mejor espíritu que acuden a estos encuentros, las cumbres climáticas son en el plano político el lugar al que asisten los líderes -cada vez menos- para hacer ver que creen lo que dicen y que cumplirán lo que prometen. Esto, ya lo ha advertido el lector, no difiere mucho de lo que es la política de diario en todas partes del mundo. Es verdad. Sólo que con la cuestión climática el cinismo y la hipocresía adquieren dimensiones bárbaras porque su valor de uso ha pasado a ser incalculable. Como comodín, sirve para cualquier cosa.

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Es un cajón de sastre en el que cabe todo. Se le pueden atribuir incendios, muertos por inundaciones y todo cuanto suceda en el ámbito de lo que antes venía en llamarse catástrofe natural. Como si los fuegos no tuvieran relación con el abandono de los montes y las muertes de Valencia no estuvieran directamente relacionadas con la mala planificación urbanística, la dejadez en la ejecución de obras imprescindibles en áreas inundables o la dejación de responsabilidades a la hora de alertar con tiempo a la población para que tome medidas de protección.

Cerrado el paréntesis, señalemos que la cumbre de este año venía ya cojeando la pobre. El negacionismo trumpista de influencia planetaria, sumado al cansancio -cuando no hartazgo- de porcentajes cada vez más altos de la población occidental, tiene sus efectos. El pensamiento de rebaño, también el empresarial, es marca común del género humano y ahora está de moda desertar. Bill Gates, sin ir más lejos, variaba su posición sobre el cambio climático pocos días antes del inicio de la cumbre. No será para tanto, nos dice ahora el fundador de Microsoft después de haber militado durante años en el ejército de los apocalípticos. Pero la cosa va más allá de las posiciones individuales. En el mundo corporativo están en declive las inversiones apuntaladas sobre criterios de responsabilidad climática, por ejemplo.

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El resultado, una cumbre con menos líderes mundiales, menos ambición y menos ruido mediático. Una tendencia, que irá consolidándose en todos los planos. Vamos camino de transitar en lo narrativo del apocalipsis climático al militar. Porque una obsesión siempre va a ser necesaria.

La pérdida de fuelle de las conferencias climáticas no viene determinada por factores exógenos. Es más bien una enfermedad autoinmune la que está consumiendo estos certámenes. El abuso de la promesa incumplible, la hipérbole en la amenaza y, sobre todo, el abuso de la mentira vinculada a la exageración a la que hacíamos referencia son la causa del descrédito.

Este año, por ejemplo, la COP ha seguido con la matraca del abandono de los combustibles fósiles. ¡Como si eso fuera posible! Basta con echar un vistazo a las estadísticas de consumo mundial para comprobar la tomadura de pelo que año tras año suponen los compromisos adoptados en este ámbito en particular.

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No hay más cera que la que arde: el mundo que conocemos es imposible sin combustibles fósiles. Y nadie, tampoco los que llevan quince días en Belém, está dispuesto a cambiarlo. Que los europeos nos creamos que el mundo puede ser todo él un jardín porque nosotros llevamos años externalizando nuestras emisiones no convierte una ficción en realidad.

Y por cierto, la afirmación de que China ha tomado el relevo de EEUU en el compromiso climático merece también un comentario aparte. Naturalmente, sirve para poner el dedo en el ojo de los estadounidenses -chino bueno, yanqui malo- pero alguien debería preguntarse qué cifra oficial que venga de un país como el asiático puede tomarse mínimamente en serio. ¡Acuérdense de las cifras de muertos chinos por el coronavirus!

El año que viene el circo se desplazará a Turquía, tras el desistimiento de Australia por motivos que no se han esclarecido. ¿Y allí qué pasará? Ya lo sabemos ahora: Lo mismo que hoy en Belém, solo que dos meses después.

Finaliza hoy el 30.º aquelarre del clima que se ha celebrado en Belém (Brasil) durante las dos últimas semanas. Habrá notado el lector que en esta ocasión la turra mediática ha sido considerablemente menor. Se ha cumplido el ritual, pero con menos entusiasmo. ¡Por culpa de Franco! No tan rápido. Es cierto que en España hace ya días que el cincuenta aniversario de la muerte del dictador nos ha condenado al monocultivo informativo de la memoria dirigida, pero como ha pasado lo mismo en los demás países, habrá que buscar otras causas para explicarnos la flojera pasional que se detecta alrededor del asunto climático.

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