La Cataluña que fue y la que viene: de Jordi Pujol a Aliança Catalana
El día que la Audiencia Nacional sienta en el banquillo a la familia Pujol, la demoscopia oficial anuncia el derrumbe de Junts en favor de la ultraderecha independentista
Fotografía a la pantalla de la Sala de Prensa de la Audiencia Nacional, en la que el expresidente de la Generalitat de Catalunya Jordi Pujol se conecta por videoconferencia. (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
La actualidad es caprichosa. Tanto que a veces coinciden en ella hechos teóricamente aislados el uno del otro. Sólo teóricamente, porque en realidad guardan una relación causal de origen entre ellos.
Ayer fue uno de estos días. En la Audiencia Nacional daba inicio el juicio al clan Pujol y en Barcelona se presentaba el último estudio demoscópico del Centre d’Estudis d’Opinió (el CEO de la Generalitat) que anticipa un terremoto político en el próximo ciclo electoral en Catalunya en favor de Aliança Catalanay con Junts como principal damnificado.
Se preguntará el lector qué tiene que ver una cosa con la otra. La respuesta corta es que Junts no existiría sin el caso Pujol. Y que su evolución demoscópica a la baja (tercera fuerza en unas hipotéticas elecciones catalanas, pero ya empatada con Aliança Catalana con 19/20 diputados) ejemplifica la absoluta desaparición del legado político del pujolismo como un ideario que puede articularse actualmente a través de un partido político. Los esfuerzos por intentarlo equivalen a sembrar en una tierra en la que previamente se ha echado cal a conciencia.
Un extracto de historia para entender lo que decimos. Convergència, con Artur Mas al mando, afrontó la confesión de Jordi Pujol en 2014 en la que éste reconocía estar en posesión de un dinero en Andorra sin regularizar, de un modo radicalmente diferente al que la mayoría de los partidos despachan sus casos de corrupción probada o supuesta.
Venía Convergència marcada por el caso Palau-financiación ilegal- y Jordi Pujol, con su sorpresiva declaración de culpabilidad, añadió plomo a las dañadas alas del partido que él había fundado, pero que ya no dirigía.
Lejos de cerrar filas, abrir el paraguas y esperar a que amainase, como han hecho socialistas y populares cada vez que la corrupción ha llamado a su puerta, la Convergència de Artur Mas decidió cortar amarras con su fundador, despojarlo por la vía rápida de todos los honores, desmarcarse de él radicalmente y, con el ánimo de recuperar la credibilidad perdida, renunciar a su legado político y jugárselo todo a la carta de la apuesta soberanista.
Se renunció incluso al nombre, Convergència (le ahorramos al lector las diferentes formulaciones con las que concurrió a las elecciones ese espacio hasta llegar a la denominación actual de Junts), para hacer creíble que ya no existía ninguna relación con el pujolismo. Se viró a la izquierda también con el ánimo de hacerse perdonar su pasado y contentar de paso a la CUP; que en ese momento era quien había de garantizar el mantenimiento de Mas en la presidencia de la Generalitat. El ejercicio de transformismo sirvió de poco. Artur Mas acabó en la papelera de la historia (palabras textuales de los líderes de la CUP) y fue él mismo quien encumbró a Carles Puigdemont al frente de la Generalitat. Y de esos polvos, estos lodos.
Poco imaginaba Jordi Pujol, cuando difundió la nota asumiendo ser el titular de dinero no regularizado en Andorra, que estaba firmando el acta de defunción del partido que él mismo había fundado y con el que gobernó Catalunya durante 23 años seguidos. Y menos todavía que sólo una década después de esa confesión, el proyecto mutado a Junts, estaría a un paso de caer a la cuarta posición en intención de voto en Catalunya. Pero así funciona el efecto mariposa.
Lo más curioso es que el juicio a Jordi Pujol y su familia llega en un momento de continua y creciente rehabilitación de su figura. El propio Salvador Illa reivindica, tanto en el fondo como en las formas, las bondades del pujolismo. Igual que ERC ha intentado, sin conseguirlo, convertirse en el partido nacionalista heredero, en su caso desde la izquierda, del espíritu integrador de la antigua Convergència.
Pero es Junts, pasada la fiebre del proceso y el posproceso, quien más porfía por recuperar aquello que en el fondo considera suyo. Lo hace sin caer en la cuenta de que ha sido Carles Puigdemont -que vetó nombres en las listas de varias campañas electorales con el pretexto de que eran demasiado convergentes- quien más se fajó para que del edificio pujolista no quedase ni el recuerdo.
No obstante, más allá de los intentos de cada formación por intentar reconectar con lo que un día significó el pujolismo, todos ellos adolecen de un error básico de diagnóstico: estamos en 2025 y esa Catalunya, la que desde el punto de vista simbólico se sienta a través de Jordi Pujol en el banquillo de la Audiencia Nacional desde ayer, dejó de existir hace años.
La angustia con la que se vive en Junts, pero también en el resto de las formaciones políticas catalanas, el ascenso de Silvia Orriols y Aliança Catalana, que como hemos dicho ayer certificó el CEO, es también fruto de otra convicción errónea que tiene algo de supremacista.
Esto es, considerar que el nacionalismo catalánse comportaría eternamente de un modo diferente al que viene siendo habitual en todas las sociedades europeas.
El proceso y el posproceso independentista aplazaron el nacimiento de un partido político llamado a completar el elenco de actores del teatro político catalán. Faltaba la ultraderecha de matriz nacionalista. Y cuando ha aparecido, lo ha hecho con la fuerza que le proporciona una parte de la agenda programática tradicional de la derecha radical (inmigración e inseguridad) y también la presunta radicalidad independentista que ya no resulta creíble ni en Junts, ni en ERC y tampoco en la CUP, por ser quienes protagonizaron el gatillazo procesista.
Que Aliança Catalana esté protagonizando un esprint tan destacable tiene, pues, todo el sentido. Pues resulta más creíble que sus competidores en las dos variables que configuran la política catalana, la ideológica y la identitaria.
Como también es explicable la parálisis del resto de formaciones políticas ante esta amenaza que hasta hace bien poco consideraban imposible. Por cierto, existen encuestas privadas con resultados más favorables todavía a Aliança Catalana. En alguna, la formación de Silvia Orriols se sitúa como segunda formación política, por encima no sólo de Junts sino también de ERC. Se equivoca laizquierda catalana si cree que, llegado el momento de la verdad, la ultraderecha de estelada sólo morderá al electorado de Junts.
La Catalunya que fue en la Audiencia Nacional. La Catalunya que viene en los números y proyecciones del CEO. De Pujol a Orriols.
La actualidad es caprichosa. Tanto que a veces coinciden en ella hechos teóricamente aislados el uno del otro. Sólo teóricamente, porque en realidad guardan una relación causal de origen entre ellos.