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Desocupaciones masivas de inmigrantes: entre el buenismo y el tremendismo
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Josep Martí Blanch

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Desocupaciones masivas de inmigrantes: entre el buenismo y el tremendismo

El lanzamiento de cuatrocientas personas en Badalona en vísperas de Navidad evidencia la dificultad de preservar el bien común de una ciudad con la solidaridad infinita

Foto: El alcalde de Badalona, Xavier García Albiol. (Europa Press/Lorena Sopêna)
El alcalde de Badalona, Xavier García Albiol. (Europa Press/Lorena Sopêna)
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Badalona refleja estos días la gran paradoja de las sociedades europeas. Por un lado, el invierno demográfico que padecemos y la consiguiente necesidad de atender nuestras necesidades con personas venidas de fuera de nuestro país. Una exigencia a la que hay que sumar la apuesta gubernamental —sistémica, debiéramos decir— por un crecimiento económico basado en la permanente llegada de inmigrantes.

Del otro, la cronificación y agravamiento de las bolsas de pobreza y precariedad ya existentes, al tiempo que aparecen otras nuevas ligadas directamente al flujo incesante de personas sin recursos cuya subsistencia depende en exclusiva de la atención que pueda brindárseles por parte de unos servicios sociales ya colapsados o de la caridad, impulsada mayormente por la Iglesia y sus satélites.

El desalojo de cuatrocientas personas que malvivían en un instituto abandonado de Badalona en vísperas de la Navidad representa —¡un ejemplo más!— el colapso de los discursos de toda índole cuando la realidad aflora en toda su complejidad. Se derrumba el buenismo, pero también enseña sus costuras la cosmovisión simplista que define la mano dura contra el inmigrante como la única solución de todos los problemas.

En el epicentro de la polémica, el alcalde popular Xavier García Albiol. Con la cobertura de su mayoría absoluta, y un creciente nivel de aceptación en Badalona, Albiol ejerce de primer edil como lo haría un sheriff de película. Los desalojos son su campo de actuación prioritario. Okupas e inmigrantes con antecedentes focalizan su discurso y actividad. Hábil en el manejo de las redes, ha conseguido lo que cualquier alcalde pretende: que la mayoría de sus ciudadanos aprueben con entusiasmo las prioridades de gestión de su mandato.

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La polémica por el masivo desalojo ha rebasado las lindes del término municipal. Cuatrocientas personas echadas a la calle sin contemplaciones en plena temporada invernal. La coincidencia de la Navidad ha permitido la construcción de paralelismos entre estos desarrapados y el Niño Dios nacido en un pesebre. Todo ello acompañado de las acusaciones a Albiol de practicar un trato inhumano con los débiles.

Pero al mismo tiempo también se han hecho sentir aquellos que están al lado del alcalde. No solo esos. También los que exigen incluso mucha más severidad frente al inmigrante y el okupa han alzado la voz. Estos últimos se dejaron ver cuando impidieron que una pequeña parte de los desalojados fueran reubicados temporalmente en una iglesia. Por el camino, algunos de los afectados han ocupado otro equipamiento público, un albergue clausurado. Con lo que una parte del problema ha vuelto a la casilla de salida.

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Con el lanzamiento de estas cuatrocientas personas se ha activado la circulación intensa de los habituales argumentarios simplistas y de parte. Albiol caricaturizado como racista, supremacista, clasista y autoritario. Y, del otro lado, quienes se oponían al desalojo, tachados de buenistas, cómplices de delincuentes e incentivadores de la degradación de Badalona y sus barrios. ¿Y si todos tuvieran razón y al mismo tiempo estuvieran también equivocados?

Puede que Albiol haya hecho lo que debía como alcalde. Su preocupación es la preservación de la comunidad badalonesa e impedir, si está en su mano, que en la ciudad que gobierna se acelere y amplíe el alcance de su degradación. Nada impedía, no obstante, que ese desalojo se llevara a cabo con más previsión para no dejar a la intemperie y merced del frío invernal a los afectados.

Impedir el apiñamiento de personas en lugares insalubres y peligrosos forma parte de sus responsabilidades. También lo es denunciar la multirreincidencia, la okupación profesional y organizada, amén de los riesgos para la salubridad y el bien común que supone el hacinamiento. Aunque, de nuevo, cabría señalar aquí que el mantenimiento de ese edificio en condiciones, su recuperación y vigilancia también son responsabilidad del Ayuntamiento.

También es obligación de un alcalde visibilizar y denunciar aquellos problemas que acaban en su mesa por dejación de funciones de la administración superior, ya sea ésta la Generalitat, en lo que atañe a los servicios sociales, o el Estado en lo referente a la política de inmigración. Nadie puede censurarle a un alcalde que haga de alcalde. Ni en Badalona ni en cualquier otro municipio. Otra cosa es que pueda hacerlo mejor, si no en el fondo, sí en la forma.

En lo que ha errado gravemente Albiol en esta ocasión es en el abuso del señalamiento. El primer edil badalonés, como tantos otros políticos de su tiempo, ha decidido que su oficio ha de ir acompañado del espectáculo continuo con directos en las redes. Su abuso permanente de la improvisación digital guionizada ha abonado la estigmatización de todo el colectivo inmigrante en situación de precariedad. La sensación es que en esta ocasión puede que haya ido demasiado lejos.

Le puede a Albiol el protagonismo del que sabe que saca provecho político actuando de esta guisa, pero alimenta —¡no con sus decisiones!— pero sí con alguno de sus discursos, el comportamiento racista e inhumano. Pues así hay que calificar a quienes han impedido que las puertas de la iglesia puedan abrirse para dar abrigo a quien carece de él.

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Debería mantener Albiol una conversación con el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello. Hace unas semanas, en una charla con el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, organizada por la Fundación Pablo VI en Madrid, el arzobispo de Valladolid expresó la contradicción que han de solventar muchos católicos en relación con el fenómeno inmigratorio y los problemas a él asociados.

Albiol se ha declarado católico, así que la reflexión resulta de lo más pertinente para él. Aunque, a decir verdad, es útil también para cualquier persona que tenga anclajes en el humanismo de inspiración cristiana, tenga o no fe.

Dijo el prelado que la tensión que ha de resolverse entre los católicos (también entre los practicantes de otras confesiones o simplemente entre las buenas personas) nace de dos obligaciones que pueden entrar en contradicción en determinadas situaciones.

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Por un lado, la de preservar el bien común y la cohesión del proyecto comunitario. Por el otro, la exigencia de dar la mano y ayudar al prójimo, sea quien sea y en el número que sea. Ambas cuestiones pueden parecer a partir de cierto punto irresolubles de llevar a la práctica al mismo tiempo. De ahí que sea necesaria una evaluación rigurosa de cada gesto, cada declaración y cada decisión para no traicionarse a sí mismo, ya sea como creyente o simplemente como individuo apegado al ideal humanista.

El error de Albiol estos días no está, o no del todo, en sus decisiones ejecutivas, encaminadas a preservar la comunidad que representa. Sino en recrearse en exceso en el señalamiento y la estigmatización al por mayor del colectivo inmigrante. Exactamente igual, aunque en sentido opuesto, que muchos de los que critican sus decisiones. Incapaces éstos últimos de asumir que el mantenimiento de unos estándares de convivencia, salubridad y seguridad en una ciudad pasa también por la toma de decisiones que pueden causar dolor individual a un cierto número de personas, pero que son necesarias si lo que se persigue es el beneficio colectivo.

Entre el buenismo y el tremendismo quizás exista un sendero más exigente, pero a la vez también más gratificante y beneficioso para una sociedad. Aquel en el que las decisiones necesarias, pero dolorosas, se toman sin teatralizarlas, calculando y tratando de minimizar el daño que van a procurar y sin que parezca que se disfruta con ellas. Un camino, éste, en el que también se asume con naturalidad que un alcalde ha de hacer lo posible por evitar que su ciudad colapse. Y que a eso se le llama simplemente cumplir con la responsabilidad encomendada.

Entre el buenismo y el tremendismo quizás exista un sendero más exigente, pero a la vez también más gratificante y beneficioso

En este sentido, el desalojo de Badalona debería ser aleccionador, pues permite sacar lecciones tanto para buenistas como para tremendistas. Claro que para aprender, el primer paso es querer hacerlo.

Badalona refleja estos días la gran paradoja de las sociedades europeas. Por un lado, el invierno demográfico que padecemos y la consiguiente necesidad de atender nuestras necesidades con personas venidas de fuera de nuestro país. Una exigencia a la que hay que sumar la apuesta gubernamental —sistémica, debiéramos decir— por un crecimiento económico basado en la permanente llegada de inmigrantes.

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