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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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Un prólogo que nunca se acaba

El año que empieza será como el que dejamos atrás. Compás de espera de unas elecciones que Sánchez convocará cuando más le convenga o cuando no tenga ya más remedio

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a las tres vicepresidentas Sara Aagesen, María Jesus Montero y Yolanda Díaz, en la Moncloa. (Europa Press/Eduardo Parra)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a las tres vicepresidentas Sara Aagesen, María Jesus Montero y Yolanda Díaz, en la Moncloa. (Europa Press/Eduardo Parra)
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Hoy como ayer y mañana como hoy. El estado mental de transformación que en mayor o menor grado todos experimentamos con el cambio de año dura lo que tardamos en digerir las doce uvas. En el plano colectivo ni siquiera eso. La política hace tiempo que dejó de vacacionar, sometida como está a la regla marquetiana de que hay que hacer lo posible por captar la atención del respetable sin darle respiro.

Hay que correr a rellenar los vacíos. El PSOE, por ejemplo, ha aprovechado el tramo final del año para, ante la escasez de informaciones, sacar brillo a una auto auditoría que certifica que el partido está más limpio que una patena. Si acaso, alguna mariscada de José Luis Ábalos y otras pequeñeces que no desmerecen una contabilidad inmaculada de la que da fe el mismo partido.

En realidad, estas auditorías de parte se asemejan a la pulcritud de los procesos de licitación y adjudicación de los contratos públicos. Formalmente siempre son impecables y ajustados a la norma. No puede ser de otro modo, puesto que la corrupción, cuando se produce, no va sacando pecho y enseñándose alegremente. Hay que bucear en lo que se ve, más allá del formalismo, para detectar las irregularidades o los delitos. Por ejemplo, un auditor no podrá dar cuenta jamás de la existencia de una caja B, por ser esta de naturaleza invisible. No señalamos a nadie. Solamente apuntamos que el recurso a la auditoría externa, semi externa o falsamente externa, no es más que un truco efectista cuyo valor probatorio es siempre limitado.

También el PP se ha lanzado a rellenar el hueco de fin de año, con el balance de Alberto Núñez Feijóo. El colapso moral del sanchismo, la cuenta atrás para su inevitable caída y el cordón sanitario a Bildu en lugar del que la izquierda mantiene a Vox, han sido los highlights con los que los populares han puesto el punto final al 2025. Más o menos los mismos con los que se despidieron en 2024.

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Rellenos socialistas y populares para adornar el crepúsculo del año. Pero ambos son a la vez un recordatorio de lo que han sido los últimos doce meses y anticipan lo que nos espera en 2026.

El PSOE mirando a la justicia. Pendiente de lo que pueda acontecer en los tribunales en las causas ya abiertas o en las que puedan venir. Jugando a la defensiva, ganando tiempo en el enroque y esperando que un cisne negro, aunque haya que pintarlo, cambie su suerte. Y necesitando que nadie cante línea con una hipotética acusación de financiación irregular del partido que rompería su actual narrativa de casos de corrupción aislados, identificables y, por tanto, aislables, en favor de otra de carácter general y colectiva contra la cual ya no habría defensa posible y que supondría el derrumbe de la legislatura. De ahí tanta insistencia con los resultados de la auto auditoría y lo intachables que han demostrado ser las cuentas del PSOE.

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El relleno de fin de año del PP remite también a la estrategia obligada del partido de Feijóo: paciencia. No hay margen de maniobra en el congreso para nada más. No puede acelerarse la caída del sanchismo, así que el PP no puede hacer otra cosa que intentar acreditar que su colapso es ya un hecho y que su supervivencia se basa únicamente en la obsesión presidencial de seguir disfrutando de las prebendas del poder.

Este será el chicle que seguiremos masticando en 2026. Las perlitas de sabor que aún pueda proporcionarnos vendrán del intento de Sánchez por congraciarse con los nacionalistas -nuevo sistema de financiación, posible regreso de Carles Puigdemont, de la estrategia de Vox de seguir atizando a derecha e izquierda para seguir escalando en las encuestas, el nadar y guardar la ropa de los soberanistas o la guerra civil a la izquierda del PSOE.

Pero incluso lo más sustancial y vistoso que puedan protagonizar los partidos políticos tendrá carácter meramente subsidiario, incluso cuando no lo sea (como es el caso de la nueva financiación autonómica si finalmente llega a buen puerto). La legislatura está demasiado cerca de su final -aunque milagrosamente pudiese llegar a 2027, como pregona Pedro Sánchez que es su voluntad- para que cambie el curso narrativo que ya tiene fijado. A uno de enero la pregunta sobre cómo será políticamente en clave doméstica 2026 ya tiene respuesta: igual que 2025. Esto es, la continuación de un prólogo larguísimo de unas elecciones generales al que sólo Sánchez, sólo o ayudado por la justicia, pondrá fin cuando más le convenga o cuando no tenga ya otro remedio.

Hoy como ayer y mañana como hoy. El estado mental de transformación que en mayor o menor grado todos experimentamos con el cambio de año dura lo que tardamos en digerir las doce uvas. En el plano colectivo ni siquiera eso. La política hace tiempo que dejó de vacacionar, sometida como está a la regla marquetiana de que hay que hacer lo posible por captar la atención del respetable sin darle respiro.

Bildu Alberto Núñez Feijóo PSOE
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