Hay que tener un oído finísimo para escuchar lo que piensa Europa estos días a cuenta de lo de Venezuela. La UE ha susurrado algo, pero con un hilo de voz tan delgado y con tan poco contenido que en la práctica es como si se hubiese mantenido en silencio. Si ya es difícil que los ciudadanos europeos prestemos atención al vacío, imaginemos el peso que el posicionamiento inane de la UE pueda tener en el resto del mundo.
Un club de democracias liberales como el nuestro podía celebrar la caída del tiránico matrimonio venezolano y lamentar al mismo tiempo la conculcación de los principios básicos del derecho internacional. Pero la autonomía europea en el mundo real es tan justita que no alcanza ni para entablar con el trumpismo ni una mínima batallita terminológica que al menos permitiese salvar la cara y alinear el discurso con el mundo que teóricamente todavía defendemos. Ni siquiera eso. Aun a sabiendas de que sería algo testimonial y sin consecuencia práctica alguna, no estamos en condiciones de pactar siquiera una desavenencia formal.
Esto es así, qué duda cabe. Pero más allá de certificarlo una y otra vez a cada ocasión que sucede algo de alcance en el tablero internacional, lo que no tiene mucho sentido es que nos pretendamos ofendidos y defraudados por la reacción de nuestras instituciones. A fin de cuentas, ¿cómo vamos a exigirle a la UE que diga lo que no puede decir o haga lo que no puede hacer?
Cuando todavía faltan dos semanas para que Donald Trump cumpla su primer aniversario como 47.º presidente de EEUU, en las hemerotecas se acumulan las pruebas del vasallaje indisimulado que Europa está obligada a practicar en este nuevo mundo que venía cociéndose desde hace tiempo. Un mundo ante el cual decidió cerrar los ojos, convencida de que bastaba con seguir enarbolando valores y la razón democrática para que las cosas no ocurriesen.
Aranceles, Israel, Ucrania, abrazar la tibieza a la hora de regular las tecnológicas estadounidenses, son algunos ejemplos de cómo, desde el punto de vista práctico, Trump nos ha ido recordando desde el primer día cuál es el papel que nos reserva en este nuevo orden mundial en el que ya ni siquiera se pierde el tiempo disimulando con grandes proclamas los verdaderos intereses de las superpotencias. America First y Make America Great Again no eran proclamas vacías. Tenían su significado: había que empujar hacia abajo a los demás, para que quedara claro quién es el primero y hacerse grande a costa de otros. Y en ese pelotón heterogéneo de los demás, aun con la etiqueta de aliados y socios, estamos los europeos.
El recordatorio de nuestro lugar en el imaginario trumpista ha incluido también el plano inmaterial. J.D. Vance nos dijo hace meses en la Conferencia de Seguridad de Múnich lo que el republicanismo estadounidense piensa de nosotros: los europeos somos una sociedad decadente que no puede ser tenida en cuenta a la hora de reconfigurar el mundo. Una visión que el propio Trump ha reafirmado en múltiples ocasiones, hasta llegar al extremo de considerar seriamente la idea de que a lo mejor ni siquiera existimos como europeos en unas décadas. Basta con ojear la estrategia de seguridad nacional estadounidense recién impresa para saber que nada de lo que ocurre puede sorprendernos.
Con Venezuela no iba a ser diferente. ¿Acaso es necesaria nuestra complicidad? ¿Hay que recabar una autoridad moral europea que en el mundo no se tiene por tal? Cuando uno es comparsa, lo es en todas las fiestas. Así que la reacción europea a lo acontecido en Venezuela no es más que la que cabía esperar: ninguna.
Nuestra cobertura de seguridad depende de los EEUU. Y así seguirá siendo por mucho tiempo, por muchos titulares alentadores que la UE se autodedique. Nuestra principal preocupación, la amenaza rusa en las fronteras del este, está en manos de Trump, al que hay que seguir peloteando para que no fuerce más de la cuenta la máquina del acuerdo de paz humillante para Ucrania.
Pero hay más que eso. La OTAN, donde reina el amigo americano, maneja un discurso que da por ganadora inevitable a Rusia en esa guerra. Dando por buenas las tesis que sustentan la idea de que cuanto más tarde se alcance un acuerdo de paz, peores serán las condiciones del armisticio para los ucranianos. En cambio, la UE, ¡no todo es romanticismo!, sabe que mientras se mantenga el esfuerzo bélico en Ucrania, se aleja en el calendario la tentación y la capacidad del zar ruso de apuntar seriamente hacia otros objetivos. Pero para seguir ganando ese tiempo que necesitamos, es necesario el consentimiento de los EEUU. Nada es posible sin su concurso.
De ahí la cojera europea y la necesidad de mantener una actitud servicial respecto a EEUU, haga lo que haga, que a muchos ciudadanos europeos indefectiblemente ha de incomodar. Quien vive de alquiler no es dueño de su casa. Y en lo tocante a la fuerza, ya sea tenerla, ya sea estar en disposición de usarla, los europeos todavía vivimos de prestado.
Haciendo las cosas bien, rápido y con decisión -¡mucho decir!- pasarán años hasta que podamos ganarnos una voz con derecho a ser escuchada. En el mientras tanto, seguiremos jugando con el balón de otro. Y, como en los patios de colegio de antaño, quien pone la pelota para jugar dispone también las reglas y cuándo cambiarlas por otras. Si hace un año lo de Groenlandiaparecía una boutade, hoy ya es perfectamente imaginable una negociación sobre un nuevo estatus de soberanía en ese lugar. Eso sin contar que los intereses europeos no son los mismos para todos, que Trump cuenta con aliados en suelo europeo y que la tendencia demoscópica es que sigan engordando. El vasallaje, puede que incluso acentuado, va para largo.
Hay que tener un oído finísimo para escuchar lo que piensa Europa estos días a cuenta de lo de Venezuela. La UE ha susurrado algo, pero con un hilo de voz tan delgado y con tan poco contenido que en la práctica es como si se hubiese mantenido en silencio. Si ya es difícil que los ciudadanos europeos prestemos atención al vacío, imaginemos el peso que el posicionamiento inane de la UE pueda tener en el resto del mundo.