La debilidad parlamentaria del Gobierno, el coma inducido del Congreso y el aire de fin de ciclo imposibilitan una verdadera política de Estado pactada en seguridad y defensa
)El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), recibe al presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, en el Palacio de la Moncloa. (Europa Press/Archivo/Eduardo Parra)
Un fiasco. No hay riesgo de equivocarse. Un fracaso en toda regla es todo lo que puede esperarse de la reunión entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo el próximo lunes en el Palacio de la Moncloa. Desde el punto de vista del interés general, nada bueno saldrá del encuentro. Cosa distinta es que cada líder intente sacar provecho en clave personal y partidaria. Pero lo que no va a ser la reunión es aquello que cabría esperar si de verdad nos tomásemos las cosas en serio: un encuentro en el que ambos discutan en profundidad y con rigor aspectos básicos sobre la política de seguridad y defensa española en el corto, medio y largo plazo. Ojalá esta predicción resultase equivocada.
Ni quien convoca, ni quien acude como invitado están por la labor. El motivo formal de la convocatoria, el futuro envío de tropas a Ucrania para participar en una hipotética coalición de voluntarios en ese país en cuanto finalice la guerra, responde principalmente al valor de uso doméstico que en estos momentos el Ejecutivo español otorga a la agenda internacional. Por parte del PP, tampoco hay interés alguno en dejarse atrapar en la madriguera de una normalidad en sus relaciones con el Gobierno que es a estas alturas imposible. Quizás en privado se digan cosas interesantes. Pero de entrada, lo que anticipamos cuando se dé cuenta del resultado de la reunión es un ¿dónde vas? Manzanas traigo. Tú a Ucrania y yo a Venezuela.
Uno quisiera imaginarse a los dos líderes cara a cara, con documentos de trabajo compartidos tras muchas horas de trabajo por parte de sus equipos. Reconociéndose, de entrada, la necesidad que uno tiene del otro y el otro del uno en un momento histórico de la máxima trascendencia. Ambos rendidos a la evidencia de que la política de seguridad y defensa debiera escalar a la cima de la pirámide de las prioridades del país.
Pero sucede que el Gobierno está asfixiado y dedicando todos sus esfuerzos a sobrevivir en el día a día, que el Congreso está en coma y que el jefe de la oposición tacha días en el calendario en su cuenta atrás particular para su asalto a la Moncloa. Que en estas circunstancias haya algo, por más trascendente que resulte en este momento, que pueda ser tratado con el lenguaje, las formas y la profundidad que merece una cuestión de Estado, no es más que una ensoñación.
Un Gobierno que no está en condiciones de aprobar presupuestos, que no puede debatir siquiera en el Congreso el incremento del gasto en seguridad y defensa, no está en condiciones de exigirle mucho al principal partido de la oposición. Y por supuesto no puede pretender que se convierta en una alfombra utilizando la coartada de grandes preceptos -multilateralismo, democracia, paz, etc-.
Más allá del tacticismo, los acuerdos, si de verdad han de ser sustanciales, exigen trabajo previo, estudio y mucha discusión. Todo para llegar a una postura común que en materia de seguridad y defensa debe proyectarse en el largo plazo. Para eso es imprescindible una confianza y una generosidad del todo inexistentes.
La coincidencia en que España debe seguir apostando por la prevalencia del derecho internacional y resistirse, entre otras cosas porque es lo que nos conviene, a aceptar resignadamente la muerte del multilateralismo no es suficiente. Como tampoco lo es proclamar a los cuatro vientos que es la hora de Europa. Puede resultar necesario insistir en estas ideas. Pero una vez constatado que en eso se está de acuerdo, hay que pasar de las musas al teatro.
¿Cuál es la línea que debe defender España en el ámbito de la seguridad y defensa europea? ¿Qué tipo de misión es la que hipotéticamente se plantea en Ucrania si acaba llegando el momento? ¿Es suficiente el número de efectivoscon los que cuentan las Fuerzas Armadas para satisfacer esos nuevos escenarios más exigentes? ¿Es necesario abrir el debate sobre la reserva? ¿Cómo se garantiza el contar con un flujo de vocaciones que permita afirmar que las Fuerzas Armadas son de nuevo atractivas? ¿Cómo hacemos para evangelizar a una población encantada con la UME, pero más familiarizada con las fuerzas armadas como una ONG con armamento que como un elemento de disuasión que en última instancia puede y debe recurrir a la fuerza? ¿Cuál es el compromiso de inversión y gasto a largo plazo, más allá del presupuesto anual y de las servidumbres de la coyuntura política o económica? ¿En qué capacidades, a qué ritmo y cómo debe gastarse? ¿El armazón jurídico que acompaña ese gasto es el idóneo para las exigencias del presente? ¿Cuán largo es el camino hacia esa autonomía europea que se pretende y cómo se recorre el mientras tanto? Etc.
De lo más general a lo más concreto, estas y otras cuestiones son las que, con independencia de si se participa en una misión o en otra, uno esperaría que el presidente del Gobierno y el líder de la oposición fueran capaces de abordar. No en una reunión, sino en muchas.
Pero la coyuntura política doméstica no acompaña. No existen las condiciones para un abordaje holístico de estas características y es imposible que se den en el transcurso de esta legislatura. Las bases para una verdadera agenda de Estado compartida entre Gobierno y oposición para afrontar la nueva realidad geopolítica deberán esperar. Sólo que quien no espera es el mundo.
Un fiasco. No hay riesgo de equivocarse. Un fracaso en toda regla es todo lo que puede esperarse de la reunión entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo el próximo lunes en el Palacio de la Moncloa. Desde el punto de vista del interés general, nada bueno saldrá del encuentro. Cosa distinta es que cada líder intente sacar provecho en clave personal y partidaria. Pero lo que no va a ser la reunión es aquello que cabría esperar si de verdad nos tomásemos las cosas en serio: un encuentro en el que ambos discutan en profundidad y con rigor aspectos básicos sobre la política de seguridad y defensa española en el corto, medio y largo plazo. Ojalá esta predicción resultase equivocada.