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Reírse del ciudadano: Cataluña, sin trenes y sin autopista
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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Reírse del ciudadano: Cataluña, sin trenes y sin autopista

Cuatrocientas mil personas abandonadas a su suerte. Pero esta es solo la guinda extraordinaria a un pastel de dejadez y abandono que se hace visible todos los días, con lluvia o sin ella

Foto: Un usuario en la estación de Sants de Barcelona. (EFE/Toni Albir)
Un usuario en la estación de Sants de Barcelona. (EFE/Toni Albir)
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Lo que ha sucedido esta semana en Cataluña no es más que la vistosa guinda de un pastel de dejadez y abandono. La película expone con toda su crudeza el menosprecio de quien gobierna por los ciudadanos a los que dice servir. No hay política más regresiva en lo social que dinamitar la seguridad, la fiabilidad y la comodidad de la movilidad obligada de la gente. Y eso es exactamente lo que se ha hecho en Cataluña durante décadas. No sólo con el servicio ferroviario de Cercanías y Regionales, sino también con la principal vía de comunicación terrestre, la AP-7. Vergüenza, señores, vergüenza.

Sin tren y sin autopista. De vuelta a la primera mitad del siglo XX. Y lo que se le pide al ciudadano es paciencia, empatía, comprensión y confianza. Por una vez, aunque sea solo una, dan ganas de perder los estribos y teclear en mayúsculas un explícito A LA MIERDA. No vamos a hacerlo. Se nos acusaría sumariamente de abonar lo antipolítico y de dar cuerda a proyectos extremistas.

Avergüenza escuchar excusas de lo más peregrinas para justificar lo injustificable. Como si un temporal de levante, una borrasca de lo más común en el oeste peninsular en estas fechas, pudiera explicar la suspensión de todo el servicio de Cercanías. No, señores.

Lo que sucede es que la red ferroviaria está en cueros. El servicio se cae a pedazos. Estaciones, trenes, vías, nada escapa a la degradación extrema. Mientras tanto, eso sí, se suceden uno tras otro los anuncios de planes, obras y programas para su mejora. Que el ciudadano tenga la convicción de que se están riendo en su cara no es sólo comprensible, es que parece más bien que eso es exactamente lo que sucede.

Foto: ugt-ferrocarriles-denuncia-que-el-mantenimiento-de-las-vias-catalanas-esta

Cuatrocientas mil personas obligadas estos días a buscarse la vida para llegar al trabajo, al médico, a clase o a cualquier otro lugar en el que sea requerida su presencia. Pero lo dicho, estos días no son más que un agigantamiento de lo que en realidad es cotidiano. No hay un solo día en el que pueda confiarse en Cercanías. Un recorrido por la hemeroteca, de lo más reciente a lo menos, da fe de ello. No hace mucho vimos reiteradas escenas de pasajeros abandonando convoyes en medio de su recorrido para regresar a pie a las estaciones de partida. Esas imágenes, propias de un éxodo tercermundista, reflejan incluso mejor que lo acontecido estos últimos días las condiciones en las que se presta el servicio de Cercanías en Cataluña.

Tiene el Gobierno de España la suerte de que en Cataluña está gobernando su partido hermano. No hay interés alguno en recordarles a Renfe, Adif, Ministerio de Transportes y Presidencia del Gobierno que el PSOE no llegó ayer a la Moncloa. Que maneja las teclas del poder desde 2018 y que estamos ya en 2026. Tiempo suficiente para que el cacareado progresismo hubiera llegado a la red de Cercanías. Lejos de eso, al menos en lo que atañe a resultados visibles, se ha seguido cavando el pozo de la humillación diaria de los usuarios. Los trenes no han escapado a la intención clientelar. No tenemos para pan, pero sí tenemos para bollos. ¡Aquí tienen un descuento o un bono para una red que no funciona!

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No hay inocentes. La degradación del servicio, la racanería y el incumplimiento en las inversiones abrazan gobiernos populares y socialistas en España, y convergentes, tripartitos, junteros, republicanos y también socialistas en Cataluña. Históricamente, esto es así y obliga a que cada palo aguante su propia vela.

Pero ocho años de gobierno socialista en España son suficientes para exigir resultados y también responsabilidades en tiempo presente, que es el que nos interesa. La Generalitat actual queda al margen de la asunción de culpas. Lleva demasiado poco al frente de la institución.

Más allá de la tragedia vivida en Adamuz y del también trágico accidente de Gelida, la suspensión del servicio de cercanías en toda Catalunya exige por sí sola responsabilidades políticas de primer orden con carácter inmediato.

No vale usar a los maquinistas como coartada, ni convertir su estado de ánimo tras la pérdida de dos compañeros en la excusa para que el poder político se vaya de rositas. Menos todavía señalar al cambio climático, como si las condiciones meteorológicas de estos días hubieran sido excepcionales - ¡por favor! -, para construir un relato de supuesta excepcionalidad e inevitabilidad de lo sucedido.

Es verdad que ayer hubo una huelga encubierta de maquinistas en Cataluña. También es cierto que la lluvia ha provocado daños en la infraestructura. Pero ni los maquinistas han forzado la situación sin acumulación de motivos, ni los aguaceros de esta semana guardan relación con la degradación extrema de las infraestructuras y del servicio, cuestiones estas que también se observan los días de sol.

El usuario de Cercanías vive mayormente en la resignación más que en el enfado. Sabe que el maltrato al que es sometido es ya de condición perenne. Pero si quedara un mínimo de vergüenza y sentir democrático en nuestras instituciones, al menos debiera reconfortársele con ceses y dimisiones. La Cataluña colapsada de estos días no es fruto del azar. Tiene responsables y están en el gobierno de España y en su estructura empresarial parapública.

Lo que ha sucedido esta semana en Cataluña no es más que la vistosa guinda de un pastel de dejadez y abandono. La película expone con toda su crudeza el menosprecio de quien gobierna por los ciudadanos a los que dice servir. No hay política más regresiva en lo social que dinamitar la seguridad, la fiabilidad y la comodidad de la movilidad obligada de la gente. Y eso es exactamente lo que se ha hecho en Cataluña durante décadas. No sólo con el servicio ferroviario de Cercanías y Regionales, sino también con la principal vía de comunicación terrestre, la AP-7. Vergüenza, señores, vergüenza.

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