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Una tarde con Silvia Orriols en el Empordà
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Josep Martí Blanch

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Una tarde con Silvia Orriols en el Empordà

La líder de Aliança Catalana explica su proyecto en 'Petit Comité', en el hotel de un campo de golf, y la interpretación es que las élites le levantan el cordón sanitario

Foto: Sílvia Orriols en el Parlament. (Europa Press/David Zorrakino)
Sílvia Orriols en el Parlament. (Europa Press/David Zorrakino)
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El sábado entrevisté a Silvia Orriols, la líder de Aliança Catalana, en Petit Comité, una suerte de reunión periódica que el conocido abogado barcelonés Emilio Cuatrecasas organiza en el hotel del Empordà Golf Club. Es un evento privado al que los asistentes acuden previa invitación y por el que ya habían desfilado con anterioridad personalidades de la cultura, la medicina, la ciencia, la política y otras disciplinas. Todas esas reuniones anteriores a la del sábado se llevaron a cabo sin que jamás los medios de comunicación fijasen su mirada sobre el evento y con una asistencia media de entre cuarenta y cincuenta personas.

En esta ocasión, el público superaba las doscientas personas. Y servidor tenía el encargo de entrevistar a la líder de Aliança Catalana antes de que se abriera el turno de preguntas de los asistentes. Del acto en sí, en tanto que era privado, no referiré nada. Pero algunas reflexiones laterales, sin ninguna relación con lo que allí se escuchó, quizás sean de interés para entender por qué la ultraderecha tiene una autopista de muchos carriles por delante para recorrer. Y sobre todo, por qué esos carriles los están asfaltando quienes dicen estar preocupadísimos por su ascenso demoscópico y a la postre también electoral.

La primera reflexión atañe a la notoriedad que finalmente adquirió un evento que debía pasar desapercibido. La reunión se convirtió en noticia varias semanas antes de su celebración. Algunos medios acentuaron con carácter previo la interpretación de que esa invitación de Emilio Cuatrecasas a Siliva Orriols para que protagonizara un Petit Comité equivalía a un blanqueamiento por parte del establishment catalán de la ultraderecha. Una suerte de aquelarre que debía servir para la homologación por parte de las élites profesionales y económicas del programa de Aliança Catalana.

A partir de ese momento, el encuentro quedó anotado en la agenda de los medios de comunicación. ¿Quién acudiría? ¿Qué nombres ilustres se sentarían a escuchar a Orriols? La intencionalidad de esas informaciones previas era acusatoria. ¿No es acaso una frivolidad que las gentes supuestamente sensatas que forman parte de aquello comúnmente conocido como élites, se presten a formar parte de un auditorio con el único objetivo de escuchar a una ultra?

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Un acto privado de pequeño formato concentraba, pues, el foco de los medios, en particular de aquellos más preocupados por el crecimiento de este tipo de formaciones. A las informaciones, con el acto todavía pendiente de celebración, siguieron artículos de opinión más crudos y regados de adjetivos, pero con la misma tesis de partida: las élites están dispuestas a blanquear a la ultraderecha independentista. Se advierte aquí una primera paradoja. Pues nada mejor para los intereses de Aliança Catalana que esas informaciones elaboradas por parte de quienes manifiestan desde los medios de comunicación un interés explícito en pararle los pies.

Llegaron las vísperas del evento. Compañeros de medios, algunos bienintencionados, consideraron que debían darme un toque sobre la inconveniencia de participar como entrevistador y moderador en ese acto. Podía malinterpretarse, marcarme, señalar una connivencia política por mi parte con Aliança Catalana. Otros colegas opinaban lo contrario, por supuesto.

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Señalo esta cuestión por resultar a mi modo de ver también una anomalía. No era un acto de partido, sino organizado por organizadores privados sin ninguna conexión con Aliança Catalana. La entrevista se podía realizar sin necesidad de ser complaciente con Orriols y sin mayor exigencia que la buena educación. Aun así, para algunos de mis compañeros eso podía significar una marca en mi credibilidad y un alineamiento partidista por mi parte.

Preguntar a un actor político ante un auditorio, pequeño o grande, no es más que un ejercicio de obligada curiosidad. Se tiene permiso del entrevistado para bucear en sus argumentos, pero también en sus contradicciones y, llegado el caso, falsedades. ¿El objetivo? Que los asistentes lleguen a sus propias conclusiones. Pero para parte de la profesión eso no aplica al espectro ultraderechista. Por supuesto, esas prevenciones no existen para la extrema izquierda o para actores políticos aterrizados en el sentir democrático después de militar en tesis proterroristas. Las fronteras de lo admisible van, para quienes gustan de dibujarlas, por barrios.

Pero ya se ve que nada bueno podía esperarse en el terreno del análisis de quien se cierra a conocer de primera mano aquello que ha de contar y analizar. No sé a cuántos periodistas que han entrevistado a un líder político se les ha preguntado con posterioridad -a mí me sucedió el lunes en directo en una tertulia radiofónica- si se presentarán a las elecciones bajo las mismas siglas del entrevistado.

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El acto se desarrolló según lo previsto. Y a pesar de que no pudo cubrirse periodísticamente por los medios de comunicación, al día siguiente hubo crónicas más o menos detalladas del evento. Reafirmaban las tesis de partida, en el sentido de que la sociedad civil levantaba el cordón sanitario que opera en el parlamento con Aliança Catalana. Se intentaba determinar en esos artículos el máximo número de detalles, aun sin haber estado presente. Si los asistentes eran élite de primera fila, de segunda o de tercera. Si se había aplaudido mucho, poco o regular. Si Orriols se había ganado el apoyo de los asistentes o si estos se habían mostrado críticos con lo escuchado.

De nuevo, el evento ganaba protagonismo informativo a través de la especulación y algunos detalles filtrados por alguno de los asistentes. En las tertulias radiofónicas catalanas del lunes se habló del asunto, claro. Y se cumplía de nuevo con la paradójica regla de que cuanto más se insiste en que no hay que hablar de alguien, más fácil es caer reiteradamente en la tentación de hacerlo.

Un acto privado, pensado para que un público reducido escuchase de primera mano una oferta política y evaluara su conveniencia y coherencia —dando por sentada la capacidad de análisis crítico de los asistentes— acababa presentado ante la opinión pública casi como un equivalente de adhesión. La paradoja resulta de nuevo evidente: exiges que se acalle a alguien o que ni siquiera se le escuche, y en cambio eres tú mismo quien le proporcionas un altavoz reiteradamente aunque sea a través del señalamiento crítico.

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La democracia es, entre otras muchas cosas, escucha. La libertad de expresión no necesita solo una boca para proclamarla, también un estómago de rumiante para digerir todo aquello que escuchamos y que no nos gusta o puede incluso llegar a ofendernos. Eso y no más fue el acto del sábado. Más que blanquear, se preguntó, se repreguntó, se escuchó atentamente y cada uno de los asistentes se marchó a casa con una idea más clara de lo que es y representa la ultraderecha soberanista. Nada más, pero tampoco menos.

Hablábamos al principio de que la ultraderecha catalana tiene por delante una autopista y que quienes asfaltan los carriles son los que pretenden frenarla. El alquitrán radica en la pereza de escuchar, creyendo que basta con proclamar con tintes apocalípticos que viene el lobo, que eso es suficiente. Sin escuchar, sin preguntar, sin hurgar en las contradicciones, no hay confrontación eficaz posible. El cordón sanitario que prevalece en la política catalana es la autopista sin peaje por la que circula a toda velocidad Silvia Orriols. Pretender que la sociedad se comporte de igual manera sólo ensancha el número de carriles.

El sábado entrevisté a Silvia Orriols, la líder de Aliança Catalana, en Petit Comité, una suerte de reunión periódica que el conocido abogado barcelonés Emilio Cuatrecasas organiza en el hotel del Empordà Golf Club. Es un evento privado al que los asistentes acuden previa invitación y por el que ya habían desfilado con anterioridad personalidades de la cultura, la medicina, la ciencia, la política y otras disciplinas. Todas esas reuniones anteriores a la del sábado se llevaron a cabo sin que jamás los medios de comunicación fijasen su mirada sobre el evento y con una asistencia media de entre cuarenta y cincuenta personas.

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