La ministra de Justicia del gabinete húngaro de Viktor Orbán, Judit Varga, se ha mostrado favorable a limitar el uso de X en su país y, si eso no es suficiente, prohibirlo en su totalidad. Dice la ministra que la decisión es imprescindible para mantener la buena salud de la conversación pública en su país. No puede ser que los izquierdistas y los antipatriotas campen a sus anchas, siembren de fake news el foro digital y alteren la convivencia de los húngaros fomentando el odio y la discordia.
Estamos ante uno de los mayores escándalos democráticos de Europa. Una amenaza a nuestros valores liberales en toda regla. ¡El fascismo ya ni disimula! Campan impunemente los enemigos de la libertad. Y nosotros, querido lector, tenemos la obligación de gritar alto y claro: ¡No pasarán! Hay que presionar con urgencia a los mandatarios comunitarios para que amenacen de inmediato al Gobierno húngaro con la puesta en marcha de mecanismos de sanción que le impidan salirse con la suya. ¡Guerra a los nostálgicos de los tiempos oscuros del totalitarismo! La libertad no se defiende desde el sofá y con el silencio, sino con movilización y griterío. ¡Por los húngaros! ¡Por Europa! ¡Por la libertad!
Hasta aquí la recreación fantasiosa. La ministra de Justicia húngara no ha hecho estas declaraciones. Así que las reacciones de los defensores de la libertad también hay que situarlas en un plano puramente imaginativo. Pero no me negarán que lo que han leído hasta aquí resulta creíble. Resuena como algo totalmente factible y real. ¿Quién duda a estas alturas de que Orbán y sus ministros serían capaces de proponer algo similar si les conviniera, bien como cortina de humo, bien por simple convicción autoritaria?
Sólo que no estamos fantaseando del todo. Los hechos son ciertos. La inventiva sólo alcanza a los protagonistas. No es tan lejos donde debemos mirar. Es la realidad más próxima la que debiera preocuparnos. Quien ha propuesto prohibir X es la ministra española Sira Rego. Y como la iniciativa viene desde la izquierda, lo que no ha sucedido, o al menos no todavía, es que se levanten con la misma ferocidad las pancartas habituales contra las pulsiones prohibicionistas que sí se alzarían de inmediato si estas medidas las propusiese, aunque fuera informalmente como es el caso, un miembro de un gobierno de espectro derechista.
Basta este juego de espejos para iluminar el huevo del autoritarismo que se empolla en algunas sillas del Ejecutivo español. Imaginar en boca de los húngaros lo que dice la ministra española desenmascara la hipocresía de tantos. Dirán, los más cercanos a sus tesis, que no puede haber la misma intención en lo que diga una española de izquierdas y en lo que hipotéticamente saliese de la boca de una ultraconservadora húngara.
Pero ese es un sesgo de interpretación inaceptable que presupone a Rego una autoridad moral que no tiene ni merece. Ni ella ni sus ideas. Pues no cabe juzgar las propuestas por las intenciones, siempre inaccesibles al observador, sino por las consecuencias que de ellas pueden anticiparse. En este sentido, que la ministra no haya tardado ni 24 horas en destaparse con el deseo de prohibir X tras el discurso de Pedro Sánchez declarando la guerraa los magnates de las redes, señala con claridad que la puerta que se abre con según qué iniciativas conduce a la habitación del autoritarismo.
El año pasado, tras el discurso de Pedro Sánchez en la cumbre de Davos, hubiésemos podido divertirnos con el mismo recurso. En esa intervención, el presidente español dijo que propondría la prohibición del anonimato en las redes y que todo perfil digital debería contar con un registro con nombres y apellidos reales accesible para las autoridades en caso de resultar necesario.
Doce meses atrás la broma de contraste la hubiéramos escrito así: Viktor Orbán no quiere anonimato en las redes. El mandatario ultraconservador viene librando una colosal batalla contra las plataformas digitales. A su criterio, éstas se han convertido en un espacio en el que campan a sus anchas los opositores que utilizan a menudo perfiles falsos desde los que intentan socavar la legitimidad del Gobierno, aireando informaciones no contrastadas y por supuesto tampoco autorizadas por la autoridad competente. Ya se ve, con este intercambio de papeles, que Sánchez desbarraba el año pasado tanto como ahora lo ha hecho su ministra.
Nada de lo escrito convierte en caritativos altruistas a los magnates de las redes. Hay en el discurso de Pedro Sánchez pronunciado en Abu Dabi ideas que merecen atención, aunque sea necesario separar el grano de la paja. Y polvo es la promesa de legislar sobre aquello que incumbe a la UE. Aun así, insistamos en ello; algunas de sus propuestas, como la prohibición del uso de redes sociales a los menores de dieciséis, ponen encima de la mesa debates que son tan imprescindibles como difícil es que acaben cuajando en algo útil y verdaderamente transformador. También la necesidad de que los propietarios de las redes, al igual que los editores convencionales, compartan alguna responsabilidad sobre los delitos (no simples opiniones) que en ellas puedan cometerse es algo sobre lo que valdría la pena profundizar.
Pero propuestas como la de Sira Rego, o la improvisación con la que el propio presidente utiliza algunos asuntos como cortinas de humo desechables una vez han cumplido con su función, no merecen desde luego adhesión alguna. Conviene juzgar a todo el mundo por el mismo patrón y no por el cuadrante ideológico en el que milita. La mayoría de las veces basta imaginar el discurso en boca de alguien opuesto ideológicamente para saber si pasa o no la prueba del algodón. No hacerlo así es incoherente o simple dejadez intelectual. O, las más de las veces, hipocresía y oportunismo. Eso y que el autoritarismo, a ojos de uno mismo, siempre anida en la casa del otro. Y jamás en la propia.
La ministra de Justicia del gabinete húngaro de Viktor Orbán, Judit Varga, se ha mostrado favorable a limitar el uso de X en su país y, si eso no es suficiente, prohibirlo en su totalidad. Dice la ministra que la decisión es imprescindible para mantener la buena salud de la conversación pública en su país. No puede ser que los izquierdistas y los antipatriotas campen a sus anchas, siembren de fake news el foro digital y alteren la convivencia de los húngaros fomentando el odio y la discordia.