Un corte de mangas que puede salirle caro a España
Las motivaciones de Pedro Sánchez para enfrentarse a Trump y al resto de aliados pueden ser idealistas, egoístas o ambas cosas a la vez. Pero lo que es seguro es que responden únicamente a sus intereses personales y no a los del país que preside
El presidente del gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Tomás Alonso)
No hay un lado bueno de la historia. Básicamente, porque son los vencedores quienes la escriben desde un futuro más próximo o lejano. Negar el uso de las bases americanas de Rota y Morón a los EEUU para operaciones de guerra en Irán es puro presente y no obedece más que al cálculo de posibilidades que todo jugador maneja cuando apuesta. Sánchez ha decidido lo que ha decidido porque cree que su posición es ganadora en el corto plazo. No por los adjetivos que vaya a dedicarle a él y su Gobierno la Wikipedia del futuro.
¿Ganar el qué? Cabría la posibilidad de ser muy generosos en el análisis. Atribuir al presidente español una convicción moral y legalista fuera de lo común en el ámbito de las relaciones internacionales. Desde esta perspectiva buenista, que es la oficial, lo único que ganaría Sánchez es mantener limpia la conciencia y poder dormir tranquilo. España no abona un conflicto y queda al margen de él gracias a la sensatez y valentía de su presidente que, habiendo calibrado concienzudamente pros y contras, decide no sumarse a una ilegalidad cometida por EEUU e Israel. Un verdadero candidato al Premio Nobel de la Paz.
Pero la trazabilidad argumental de una decisión de este calibre no es tan sencilla ni tan desprendida. Cabe imaginar otro escenario. En esta segunda hipótesis, el portazo de Pedro Sánchez a Donald Trump proporciona ganancias de corte menos idealista. Lo hace simplemente porque actuando de esta guisa mantiene la cohesión de un gobierno de coalición dado a la trifulca en cuestiones relacionadas con lo militar. Pero también, y sobre todo, para afianzar la estrategia electoral del presidente español de actuar como némesis de Donald Trump. Un ir al choque permanentemente con él para movilizar ideológicamente a una bolsa de votantes sensibles. Así fue cuando el debate en la OTAN sobre el % del PIB que los países miembros debían dedicar a políticas de seguridad y defensa, así fue con Palestina y así es con Irán. Lo escribimos hace tiempo: el objetivo propagandístico de Sánchez es situar a Trump como candidato virtual en las elecciones españolas y batirse simbólicamente con él.
Seamos honestos. También pudiera ser que las ganancias de tipo idealista y las de índole más pragmático no fueran excluyentes. Pero en el fondo, da igual. Puesto que en ambos casos nos referimos a beneficios que van a parar al patrimonio personal del presidente. Bien porque sus decisiones le permiten dormir tranquilo por lo buena persona que es, bien porque considera que este posicionamiento le reporta beneficios políticos y multiplica sus posibilidades de mantenerse en el futuro en la Moncloa, bien por ambas cosas a la vez.
Así que lo apuntado hasta aquí obedece únicamente a una hipotética cuenta de pérdidas y ganancias de Pedro Sánchez. Cuando en realidad, lo trascendente es la significación de esas decisiones para España. La consecuencia más visible es que el país queda solo en un rincón como única voz disonante en el concierto de las grandes naciones europeas entre las que aspira a ser ubicada.
El problema no es, o no es solo, confrontar a Donald Trump con argumentos legalistas sólidos. Lo sustancial está en alejarse también de los pronunciamientos de Francia, Alemania y Reino Unido y el resto de los países que, con distinta gradación, han decidido que el debate moral y jurídico de partida queda en segundo plano toda vez que la respuesta iraní no se ha limitado a atacar intereses israelíes y estadounidenses.
Además, como no es la primera vez que Pedro Sánchez adopta el rol de díscolo de la clase, hay que considerar el efecto acumulativo que van teniendo los desplantes. No solo a los estadounidenses, sino también a los socios europeos que, con sus muchas diferencias, han templado gaitas en episodios precedentes como el del famoso 5%.
Lo inexplicable está en la sobreactuación del sanchismo. En la voluntad de jugar en el tablero internacional del mismo modo y con las mismas normas que lo hace en el doméstico: blanco o negro. Aunque si damos por buena la tesis de que lo que busca el presidente es sacar rédito electoral, está haciendo lo correcto, al menos por lo que respecta a la gestión de sus intereses.
No es necesario deslizarse por el tobogán del cinismo, ni siquiera de la realpolitik más descarnada, para echar en falta un mayor equilibrio y frialdad en la respuesta del Gobierno español a la guerra que se acaba de iniciar. Varios serían los motivos que aconsejarían más temple y menos aspavientos. En primer lugar, la incógnita sobre la evolución del conflicto y la posibilidad de que España deba rectificar o venga obligada a enrocarse todavía más en su aislamiento según como se sucedan los acontecimientos. Cuanta más implicación de nuestros socios y aliados, más retratados y más difícil será mantener la posición que ha fijado de inicio Sánchez.
Hay que tener en cuenta también los intereses particulares de España, para la defensa de los cuales resulta imprescindible la implicación de sus aliados. Cuestiones como el esfuerzo que viene haciéndose para que la OTAN y los países europeos miren la frontera sur y al Sahel con la debida preocupación, el hipotético escenario de un desafío marroquí en un escenario en el que España no es percibida como un aliado fiable por EEUU, el desalineamiento que supone la actitud del Gobierno respecto al discurso de una futura defensa común europea, no deben tomarse a la ligera. Como tampoco puede menospreciarse el hecho de que, como país, y por mucho tiempo, nos pongamos como nos pongamos, dependemos igual que el resto de Europa para hacer frente a cualquier crisis de alcance del paraguas de disuasión estadounidense.
Más que la respuesta de ayer de Trump en forma de amenaza, previsible y referida al comercio, son estas cuestiones de fondo las que sitúan a España en una situación de lo más complicada. Se están repartiendo cartas de una nueva partida y Pedro Sánchez sigue empeñado en seguir jugando la anterior, ya finalizada.
Sin duda, el presidente español ha obtenido otra vez lo que pretendía. Otro partido a cara de perro con Donald Trump como contrincante. Para el norteamericano, un día más en la oficina, para el presidente español, un verdadero triunfo personal en clave de márquetin electoral. Otra vez lo mismo: yo o Trump. Pero esto no es solamente ir a la greña con los EEUU, sino que supone también distanciarse de los que son nuestros socios y aliados más cercanos en nuestro continente. Una factura sin duda demasiado elevada, sean las motivaciones románticas o meramente personalistas y partidarias.
Bastaba con modular y encontrar en la diplomacia que tanto reclama Pedro Sánchez el tono, la forma y el alcance correcto del posicionamiento español. No hacía falta seguidismo acrítico de Trump. Pero si lo que decides es practicar un sonoro y fenomenal corte de mangas a los estadounidenses, y en segunda derivada al resto de tus aliados, lo que acreditas es la verdadera jerarquía de tus intereses. Los tuyos primero, los del país que presides, después.
No hay un lado bueno de la historia. Básicamente, porque son los vencedores quienes la escriben desde un futuro más próximo o lejano. Negar el uso de las bases americanas de Rota y Morón a los EEUU para operaciones de guerra en Irán es puro presente y no obedece más que al cálculo de posibilidades que todo jugador maneja cuando apuesta. Sánchez ha decidido lo que ha decidido porque cree que su posición es ganadora en el corto plazo. No por los adjetivos que vaya a dedicarle a él y su Gobierno la Wikipedia del futuro.