Y ahora... ¿qué?

Da lo mismo un mando único que diecisiete. A pesar del incomprensible y continuo baile de cifras, el fracaso en la gestión sanitaria es evidente

Foto: Un camarero en una terraza de un bar del centro de Madrid. (EFE)
Un camarero en una terraza de un bar del centro de Madrid. (EFE)
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Da lo mismo un mando único que 17. A pesar del incomprensible y continuo baile de cifras, el fracaso en la gestión sanitaria es evidente. Bajo el mando único del Ministerio de Sanidad el número de fallecidos por 100.000 habitantes en la primera ola de la pandemia fue de los más altos del mundo. Ahora, con 17 autoridades sanitarias territoriales, hemos conseguido adelantar la segunda ola de contagios, que temíamos se produjera en noviembre, al mes de julio. El día 30 se identificaron 2.789 nuevos casos. El viernes 31 subieron a 3.092. 3.000 casos diarios los tuvimos, ya confinados, en la fase ascendente de la pandemia entre el 18 y 20 de marzo. En esos momentos el ritmo de crecimiento era muy superior. (El récord, con 9.000 casos, se alcanzó el 30 de marzo). En la fase descendente, más lenta, 3.000 mil casos diarios eran los contagios producidos a finales de abril, todavía confinados. De momento, hemos retrocedido tres meses. Presentamos los peores datos de Europa.

El descenso interanual del PIB del 22,1% en el segundo trimestre es el mayor de nuestra historia en tiempos de paz y, a la espera de que publiquen datos Reino Unido y Brasil, convierte a nuestra economía en la más afectada del mundo por la crisis económica derivada de la pandemia. Desde luego, es el peor dato de todos los países de la Unión Europea. La reciente actualización de la Encuesta de Población Activa nos coloca como el país europeo con la tasa de desempleo más elevada. Nos cabe el dudoso honor de haber superado a Grecia. Según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional, España será el país del euro con mayor déficit público en 2020.

Es difícil presentar una realidad más deprimente, tanto en términos absolutos como relativos, tanto en el frente sanitario como en el económico.

El Gobierno se aferra a los 140.000 millones de euros (11,2% del PIB, no el 60% que mencionaba Pedro Sánchez en su entrevista en Telecinco) que vendrán de Europa en el marco del Plan de Recuperación aprobado el mes pasado por los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión. El Gobierno ha presentado el acuerdo, lanzado en su día tras una reunión entre Macron y Merkel, como un éxito personal de nuestro presidente, repetidamente ovacionado por sus ministros y diputados.

Los fondos europeos estarán accesibles a partir de abril y la mitad serán préstamos. Antes de recibir un euro es necesario aprobar unos Presupuestos que, según Europa, sean acordes a las necesidades de nuestra economía. Los Presupuestos deberían estar aprobados antes del próximo diciembre, recuperando así una normalidad legislativa perdida desde hace años. La segunda condición es la elaboración y posterior aprobación por Bruselas de un Plan de reformas y, por último, la concreción de proyectos susceptibles de ser financiados con cargo al Fondo Europeo. La presentación del Plan de reformas debe efectuarse en octubre. La lista de proyectos concretos a financiar debe enviarse a Bruselas antes de finales de abril.

El problema es si la actual coalición de gobierno, con el apoyo de nacionalistas vascos y del independentismo catalán, es capaz de ahormar unos Presupuestos y un Plan de reformas que puedan satisfacer a Bruselas, porque esa y no otra es la esencia del acuerdo europeo, sobre la que nuestro gobierno pasa de puntillas: el acceso a los fondos, tanto a los préstamos como a las subvenciones directas, desde el primer euro, está condicionado a la aprobación de la Comisión y de los países miembros.

Un programa de reformas que pueda gozar de la aprobación europea requiere un amplio consenso. No es aconsejable presentarse ante una Europa en la que el pacto entre diferentes es la norma con un proyecto de transformación de nuestra economía aprobado con apenas uno o dos votos de diferencia. Sería necesario el acuerdo con un PP que acaba de demostrar y, sobre todo, de demostrarse a sí mismo que, con moderación, sin estridencias, haciendo caso omiso de la existencia de Vox y Ciudadanos, es decir, asumiendo la transversalidad en el amplio espacio del centro derecha, y con una gestión eficaz ha sido capaz de alcanzar la mayoría absoluta en Galicia.

Trasladar a la política nacional un planteamiento semejante no es fácil. El primer problema es Vox, partido dispuesto a poner de nuevo en circulación el epíteto de la “derechita cobarde” tan pronto como puedan argumentar que el PP se aleja de los anacrónicos postulados de una derecha radical. La moción de censura anunciada por Vox para septiembre busca más poner de manifiesto las teóricas contradicciones del PP que la imposible sustitución de Pedro Sánchez en la Presidencia del Gobierno. Un error frecuente en política es tratar de modificar tus posiciones tradicionales cuando se observa la tendencia al crecimiento de un partido limítrofe en el espectro ideológico. El votante suele percibir la artificiosidad del movimiento y acaba prefiriendo el original a la copia. Es mejor, como enseñan las elecciones gallegas, ignorar que imitar.

La mayor dificultad a la que se enfrenta el PP es que la situación es de tal gravedad que la simple percepción por parte de la ciudadanía de que los usos políticos continúan siendo los mismos, de que nada cambia, perjudica sobremanera al principal partido de la oposición. Al fin y al cabo, el Gobierno tiene la responsabilidad y los resortes del poder. El PP tiene ante sí la esquizofrénica tarea de liderar la oposición y, en ocasiones, de apoyar al Gobierno, sobre todo en temas sanitarios, que deberían estar por encima del debate político y en temas europeos, donde debería prevalecer el esfuerzo por alcanzar una posición española antes que el intento de imponer un criterio partidista.

Sobrevivir a esta esquizofrenia solo es posible si se acomete una permanente tarea de proponer soluciones y alternativas. Hay que sustituir la reactividad por la proactividad. Es la mejor manera de demostrar capacidad de gestión y transmitir la idea de que otra política, diferente y mejor, es factible. Es la única forma de conseguir que se perciba que se arrima el hombro ante las dificultades, que la oposición no es sistemática, sino que se asienta en unas diferencias que se explican y defienden. No basta con rememorar la ejecutoria de pasados gobiernos populares. Es necesario elaborar una propuesta política adecuada a las necesidades del país en estos momentos.

La última gran dificultad es que cualquier acuerdo requiere aunar dos o más voluntades. Nada puede conseguir un hipotético acercamiento del PP si el Gobierno no se aviene a modificar alguno de sus planteamientos iniciales. No sabemos si la estabilidad de este Gobierno se lo permite. Tampoco sabemos si el PP quiere y puede. Lo que si sabemos es que la necesidad es perentoria. No podemos estar peor.

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