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¡Pasen y vean! ¡El mayor espectáculo del mundo!

Al final de estas cumbres siempre se pretende dilucidar si han sido un éxito o un fracaso. Es un ejercicio bastante inútil. Los problemas complejos tienen soluciones complejas

Foto: Activistas climáticos protestando en la COP28. (Reuters/Phil Noble)
Activistas climáticos protestando en la COP28. (Reuters/Phil Noble)

Setenta mil personas se dan cita en Dubái estos días con motivo de la celebración de la COP 28. Resulta inimaginable que la reunión anual de las partes firmantes de un tratado internacional multilateral suscite un entusiasmo propio de eventos deportivos o musicales de primera magnitud. Si el calentamiento global y los subsiguientes cambios en el clima son un problema —y lo son y serán cada vez en mayor medida— una especie de espectáculo circense, donde lo importante es ver y dejarse ver, no es el mejor procedimiento para acordar medidas, ni mucho menos para establecer mecanismos de implementación de las medidas acordadas ni sus sistemas de verificación y control.

La COP de este año tiene el morbo adicional de celebrarse en los Emiratos Árabes Unidos, uno de los principales exportadores de petróleo del mundo, y ser presidida por el primer ejecutivo de la ADNOC (Abu Dhabi National Oil Company). En los días previos al inicio de la conferencia se ha filtrado, además, que ejecutivos de la ADNOC han aprovechado la celebración de la conferencia para establecer contactos comerciales con sus clientes. Con disculpas anticipadas por la heterodoxia, ni una cosa ni otra deben llamar a escándalo. Las compañías nacionales de los países petroleros producen el 75% del petróleo mundial. El petróleo supone, a su vez, el 32% de la energía primaria que se consume en el mundo. Si hay que reducir su consumo, bien está que se involucren en la resolución del problema los que hoy se benefician de él. Por otra parte, si tus clientes vienen a tu casa, ¿por qué no vas a sentarte con ellos? Siempre es bueno saber qué piensan tus clientes. Aunque la historia de mañana tenga que ser muy distinta.

Al final de estas cumbres siempre se pretende dilucidar si han sido un éxito o un fracaso. Es un ejercicio bastante inútil. Los problemas complejos tienen soluciones complejas, el gris tiene infinitos matices y el maniqueísmo está fuera de lugar. La cumbre no será un éxito si en el comunicado final se habla de "acabar" con los combustibles fósiles, ni será un fracaso si se habla solo de "reducir" los combustibles fósiles. Para acabar con algo primero habrá que reducir su consumo.

La cumbre será un éxito si los países firmantes asumen que tienen que asumir compromisos de reducción de emisiones más ambiciosos que los suscritos en el marco del Acuerdo de París (2015). Estos compromisos deberán materializarse el año que viene, pero es imprescindible que la ambición impregne los procesos nacionales de reflexión. Con los objetivos de París, el mundo va camino de un incremento de la temperatura media de 2,7º por encima de lo que señala el propio acuerdo —2º con ambición de llegar a 1,5º— y más del doble del calentamiento experimentado hasta ahora.

Foto: El presidente de la COP28 de Dubái, Sultan Ahmed Al Jaber. (EFE/A.Haider)

Otro de los objetivos previstos es acordar triplicar la generación eléctrica renovable. En 2022, la energía eólica supuso el 7,2% de la electricidad generada en el mundo. La solar fotovoltaica llegó al 4.5%. La idea sería triplicar estas cifras y que en 2030 estas tecnologías produjeran una tercera parte de la electricidad mundial. Son las formas más baratas de producir electricidad y las inversiones se están acelerando de forma notable en los últimos años. Es un acuerdo alcanzable y un objetivo perseguible.

Se habla también de duplicar la eficiencia energética de aquí a 2030. En la medida en la que se reduzca la utilización de combustibles fósiles en la generación eléctrica y se electrifique el transporte, la eficiencia energética mejorará. Un motor eléctrico es mucho más eficiente que un motor de combustión interna. El problema de la eficiencia energética puede ser su ineficiencia económica. Forzar inversiones hasta un punto en el que la rentabilidad en términos de reducción de emisiones sea limitada.

También se hablará del metano (gas natural), uno de los gases de efecto invernadero con mayor incidencia a corto plazo en el calentamiento global. Es en la producción de petróleo y gas donde se producen la mayor parte de las emisiones de este gas a la atmósfera. También en las plantas de licuefacción y en el transporte de gas natural. Un acuerdo para que todas las compañías petroleras y gasistas reduzcan a cero sus emisiones de metano en 2030 tendría un efecto positivo notable.

Foto: El presidente de la COP28, Sultan Ahmed al Jaber (EFE/Ali Haider)

Quedan los dineros. Todos los países van a requerir fondos adicionales. Es necesario invertir en reducir emisiones. Es necesario invertir en mitigar los efectos futuros del calentamiento. Por ejemplo, España debería pensar en las inversiones necesarias para el abastecimiento de agua si vamos a tener más sequías y las menores lluvias se van a producir de forma concentrada en ciertos lugares y días, lo que complicará su aprovechamiento. Por último, será necesario invertir en remediar las pérdidas y daños causados por los eventuales fenómenos atmosféricos extremos. Para estas últimas necesidades, en la COP 27 se acordó la creación de un fondo específico para los países en vías de desarrollo. Está pendiente fijar cómo se financia y quiénes y en qué circunstancias pueden beneficiarse del mismo. Para la reducción de emisiones y la mitigación de los efectos del calentamiento, los países desarrollados acordaron transferir a los países en vías de desarrollo 100.000 millones de dólares anuales. Es un compromiso que forma parte del Acuerdo de París y en los ocho años transcurridos desde entonces esa cifra mágica nunca se ha alcanzado. Conviene recordar que estas transferencias de fondos son un parte indisociable de toda la diplomacia climática. El CO₂ acumulado en la atmósfera ha sido emitido por los países ricos. Los países en vías de desarrollo, que no han participado en la generación del problema, deben sufrir las consecuencias y tienen, además, que transformar sus incipientes sistemas energéticos.

La regulación de los mercados de CO₂ es otro tema recurrente de estas cumbres. Vemos cómo países como Gabón o Liberia están dispuestos a vender al mejor postor la capacidad de absorber CO₂ de sus selvas tropicales. Una empresa cementera europea podría seguir funcionando como siempre, con las mismas emisiones y, previo pago al gobierno de estos países, argumentar que sus emisiones son cero en términos netos. El cemento sería más caro, Gabón o Liberia más ricos y las emisiones mundiales las mismas. Eso sí, compraríamos casas "verdes" construidas con cemento "verde". Esta caricatura solo pretende mostrar las dificultades que presenta el comercio de derechos de CO2 y las vueltas y revueltas que habrá que dar para conseguir una regulación que funcione, que evite ficciones absurdas y contribuya a la reducción de emisiones. Si no se consigue, no importa demasiado. El circo ofrecerá nuevas funciones el año que viene.

Setenta mil personas se dan cita en Dubái estos días con motivo de la celebración de la COP 28. Resulta inimaginable que la reunión anual de las partes firmantes de un tratado internacional multilateral suscite un entusiasmo propio de eventos deportivos o musicales de primera magnitud. Si el calentamiento global y los subsiguientes cambios en el clima son un problema —y lo son y serán cada vez en mayor medida— una especie de espectáculo circense, donde lo importante es ver y dejarse ver, no es el mejor procedimiento para acordar medidas, ni mucho menos para establecer mecanismos de implementación de las medidas acordadas ni sus sistemas de verificación y control.

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