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COP29. Ni contigo, ni sin ti, tienen mis males remedio

Son treinta años en los que las emisiones mundiales no han dejado de crecer. Treinta años de reuniones y diplomacia multilateral que no han conseguido ni siquiera que las emisiones inicien una senda descendente

Foto: Activistas protestan frente a la cumbre climática en Bakú. (Reuters/Aziz Karimov)
Activistas protestan frente a la cumbre climática en Bakú. (Reuters/Aziz Karimov)
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Se ha celebrado en Bakú la tradicional conferencia de todos los países firmantes del Acuerdo Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, que entró en vigor en 1994. Son reuniones anuales, cuyo objetivo básico es la reducción de emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero. Las reuniones más famosas, hasta la fecha, son las celebradas en Kioto (1997) y París (2015), que dieron lugar a los acuerdos que llevan los nombres de estas ciudades.

El año que viene se celebrará la trigésima conferencia de las partes (COP) firmantes del acuerdo climático de Naciones Unidas. Son treinta años en los que las emisiones mundiales no han dejado de crecer. Treinta años de reuniones y diplomacia multilateral que no han conseguido ni siquiera que las emisiones inicien una senda descendente. Menos en la crisis financiera de 2008 y en la pandemia, los consumos de petróleo, carbón y gas suben año tras año.

El acuerdo de París estableció el objetivo de que el crecimiento de la temperatura media hasta finales de este siglo se limitara a 1,5-2ºC. Todos los países debían asumir unos compromisos voluntarios de reducción de emisiones que permitieran alcanzar ese objetivo. El primer problema, aún sin resolver, fue que la suma de esos compromisos voluntarios nos encaminaba a una subida de la temperatura de 2,7ºC. En 2025 los compromisos voluntarios de los países deberán revisarse. Veremos entonces dónde estamos.

La nueva presidencia de Trump supondrá, previsiblemente, la retirada del segundo emisor del planeta del Acuerdo de París. Se especula, incluso, con la retirada de Estados Unidos del Acuerdo Marco sobre Cambio Climático que dio inicio a todo el proceso de negociación multilateral. Es una nueva incógnita añadida. Aunque las emisiones de Estados Unidos se reducen desde hace años, gracias sobre todo a la sustitución del carbón por el gas natural en la producción de electricidad, la previsible ausencia norteamericana no dejará de suponer un notable vacío en todo el proceso de revisión de objetivos.

La nueva presidencia de Trump supondrá, previsiblemente, la retirada del segundo emisor del planeta del Acuerdo de París

La fijación de objetivos individuales para cada país -aunque fueran voluntarios-, fue el gran éxito del Acuerdo de París. Hasta entonces, sólo los países ricos, responsables del incremento de CO2 acumulado en la atmósfera, tenían la responsabilidad de reducir emisiones. La contrapartida ofrecida a los países en vías de desarrollo para que aceptaran comprometerse a reducir emisiones fue económica. Los países ricos les transferirían 100.000 millones de dólares anuales -nivel que debería alcanzarse en 2020- y, además, se permitiría que inversiones hechas por empresas de países desarrollados en sus territorios, que contribuyeran a la reducción de emisiones, podrían acreditarse por parte de las empresas inversoras como forma de reducir emisiones en sus países de origen.

Esta última posibilidad, aunque prevista en el Acuerdo de París, siempre ha sido objeto de controversia. La argumentación en contra era diversa: posibilidad de la doble contabilidad de la reducción de emisiones, tanto en el país donde se produce la reducción como en el país de origen de la empresa que efectúa la inversión y, sobre todo, el riesgo de que los países que reciben las inversiones, con tal de recibirlas, acrediten reducciones en exceso o, simplemente, reducciones que no son tales. En Bakú, casi diez años después de París, se ha alcanzado un principio de acuerdo para regular este comercio de emisiones. Aunque tardará este comercio en materializarse porque aún queda “letra pequeña” por escribir, el acuerdo puede resumirse en aceptar un cierto “greenwashing” -reducción de emisiones que no lo son tanto-, a cambio de canalizar inversiones a países en vías de desarrollo.

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Las necesidades financieras en la lucha contra el cambio climático se adscriben a tres capítulos: mitigación, en el que se contabilizan las inversiones efectuadas para reducir emisiones, adaptación, que incluye las inversiones necesarias para adaptar las diferentes economías a un mundo con temperaturas más elevadas y, por fin, pérdidas y daños, capítulo destinado a paliar las consecuencias de los fenómenos atmosféricos extremos derivados del calentamiento de la atmósfera.

Los 100.000 millones comprometidos en París estaban destinados a mitigación y adaptación. Esta cifra se alcanzó en 2022, con dos años de retraso. La mayor parte de este importe se transfiere en forma de préstamos, lo que genera dificultades para países cuya capacidad de endeudamiento es limitada, que lo que piden son subvenciones. En Bakú se ha establecido como nuevo objetivo alcanzar los 300.000 millones anuales en 2035.

Esta cifra es muy inferior a las estimaciones previas -tengan éstas el valor que tengan-, que calculaban unas necesidades de 1,3 billones anuales. Tampoco se especifica el tipo de ayuda, con lo que el problema de acceso a nuevos préstamos por parte de países ya endeudados sigue vigente.

Esta cifra es muy inferior a las estimaciones previas -tengan éstas el valor que tengan-, que calculaban unas necesidades de 1,3 billones

El capítulo de pérdidas y daños cuenta con un fondo específico, creado en 2022, cuya institucionalización se ha terminado de perfilar en Bakú. Cuenta con aportaciones diversas de diferentes países que, a finales de 2024, suman unos 1.300 millones de dólares. El importe es insignificante. Las inundaciones de Pakistán, que en 2023 desplazaron a más de diez millones de personas, supusieron unas pérdidas estimadas en 30.000 millones. La reciente riada de Valencia ha supuesto unas pérdidas de entre 2.000 y 3.000 millones de euros.

Aunque las aportaciones financieras de los países ricos estén lejos de los niveles esperados, es curioso que China, el mayor emisor del globo y cuyas emisiones acumuladas ya son casi iguales a las acumuladas por la Unión Europea desde 1880, no participe en este esfuerzo global cuando, como nos recordaba Carlos Sánchez en este periódico, es el gran acreedor de los países pobres. Financia cuando le interesa -Rusia- o cuando quiere acceder a recursos naturales o a infraestructuras. Con China de perfil, Estados Unidos fuera de la ecuación y Europa repensándose a sí misma, la idea de financiar la reducción de emisiones de los países menos desarrollados puede contar con el caparazón burocrático construido trabajosamente a través de diferentes COP, pero carece de la sustancia necesaria para ser una realidad.

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Sin esa realidad, los países menos avanzados no van a renunciar a un sistema energético que ha proporcionado unos niveles de desarrollo económico y bienestar envidiables a los países ricos. Para éstos, la transición a un sistema energético descarbonizado, cuando se empieza a ver de cerca, ha resultado ser un proceso mucho más complejo y arriesgado de lo que la simpleza ecologista preveía. Son cuestiones que la tecnología puede resolver, pero se necesita tiempo y dinero para alcanzar soluciones que nos sirvan a todos. Mientras tanto, acudir a una multitudinaria cita anual con el clima, aunque sirva de poco, tampoco es totalmente inútil. Proporciona una arquitectura institucional que quizá algún día, cuando la situación sea más difícil, nos pueda ser útil.

Se ha celebrado en Bakú la tradicional conferencia de todos los países firmantes del Acuerdo Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, que entró en vigor en 1994. Son reuniones anuales, cuyo objetivo básico es la reducción de emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero. Las reuniones más famosas, hasta la fecha, son las celebradas en Kioto (1997) y París (2015), que dieron lugar a los acuerdos que llevan los nombres de estas ciudades.

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