Una ventana de oportunidad militar y 408 kg de uranio enriquecido al 60% han sido razones suficientes para que Israel tomara la decisión de atacar y Estados Unidos no se lo impidiera
Un incendio en la ciudad de Haifa tas un ataque de Irán. (EFE/Servicio de Emergencias israelí)
El programa nuclear iraní empezó antes de la revolución islámica. Irán inició la construcción de dos centrales eléctricas nucleares en 1975 y 1976. La construcción de ambas se interrumpió, ya con Jomeini en el poder, en 1978. En 1996 se reanudó la construcción de la primera de ellas, que se conectó a la red en 2011 con una potencia estimada de 1 gigavatio, similar a la de las centrales nucleares españolas. Las obras de la segunda se reanudaron en 2019 y su conexión a la red, hasta ahora, estaba prevista para 2028.
Aunque pueda resultar llamativo que uno de los países del mundo con mayores reservas de gas no opte por esta energía para satisfacer su demanda eléctrica, los problemas de la comunidad internacional con el programa nuclear iraní no tienen su origen en la construcción de centrales eléctricas, sino en su determinación de acometer en su propio territorio el enriquecimiento del uranio. El mineral de uranio en estado natural apenas tiene un 0,7% de material fisible, que es el capaz de iniciar una reacción nuclear en cadena. Para que el uranio pueda ser utilizado como combustible en una central eléctrica se necesita que contenga al menos un 5% de material fisible, porcentaje que hay que elevar al 90% para fabricar una bomba atómica. Este proceso de incremento del material fisible se denomina enriquecimiento. Consiste en transformar el uranio en gas y centrifugar el gas para separar la parte fisible -más ligera- del resto.
La mayor parte de los países con electricidad nuclear carecen de instalaciones de enriquecimiento. Es nuestro caso, con siete reactores en funcionamiento. Importamos directamente el uranio enriquecido al 5% y fabricamos el combustible. No obstante, el Tratado de No Proliferación Nuclear permite el establecimiento de instalaciones de enriquecimiento de uranio, siempre que sean declaradas ante la OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica) dependiente de Naciones Unidas, y el país en cuestión permita inspecciones rigurosas que garanticen que no se desvíe uranio hacia fines militares.
Irán empezó la construcción de las instalaciones de enriquecimiento en Natanz en el año 2000, comunicó su existencia a la OIEA en 2002 y anunció en 2006 la producción de uranio enriquecido al 3,5%. En 2010 inició en Natanz el enriquecimiento al 20%. Dos años después, en una nueva ubicación subterránea en Fordow, Irán empezó a enriquecer al 20%. Dado que el enriquecimiento por encima del 5% no tiene sentido desde el punto de vista de su utilización para generar electricidad, los países occidentales establecieron sanciones económicas a Irán y se iniciaron una serie de negociaciones.
El punto clave de todas las negociaciones nucleares con Irán ha sido la pretensión occidental de que renunciaran al enriquecimiento. Sería la prueba innegable de que su programa nuclear tiene como único objeto la producción de electricidad. Además, para una o dos centrales no tenía sentido económico desarrollar todas las carísimas instalaciones de enriquecimiento necesarias. Mantener el enriquecimiento supone siempre que, con más tiempo y más centrifugadoras de gas, Irán podría alcanzar el 90% de enriquecimiento necesario para fabricar una bomba nuclear. En las primeras negociaciones, la oferta rechazada por Irán fue que Rusia se encargara del enriquecimiento del uranio que necesitaran. El acuerdo final, alcanzado en 2015 con la presidencia de Obama, permitía a Irán seguir enriqueciendo uranio sólo para fines civiles, es decir, hasta el 5%, siempre bajo la estricta supervisión de la OIEA. El acuerdo supuso el levantamiento de las sanciones.
En su primera presidencia, Trump denunció el acuerdo como insatisfactorio -permitía a Irán seguir enriqueciendo- y restableció las sanciones. Bajo la presidencia de Biden, se retiraron algunas sanciones, se mantuvieron otras e incluso se establecieron sanciones nuevas relacionadas con el sector de hidrocarburos y con el programa de misiles y drones.
En paralelo a su programa nuclear, la agresividad iraní hacia Israel se materializó en el apoyo a las milicias de Hamás en Gaza, de Hezbolá en el Líbano y el soporte prestado al régimen de Assad en Siria. La cruenta guerra desatada tras el ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 ha supuesto el desmantelamiento efectivo de la capacidad de represalia de estas milicias sobre territorio israelí. La caída de Assad ha permitido una mayor capacidad de maniobra a la fuerza aérea israelí para alcanzar Irán. Israel ha visto abierta una ventana de oportunidad.
El 12 de junio, la víspera del ataque israelí, la Junta de la OIEA adoptó una resolución, redactada por Alemania, Estados Unidos, Francia y Reino Unido y respaldada por 19 de los 35 países miembros, en la que se acusaba a Irán de no cooperar adecuadamente, no aclarar la presencia de material fisible en emplazamientos no declarados como nucleares y, lo más relevante, mantener 408 kg de uranio enriquecido al 60% sin una explicación satisfactoria. Con 408 kg de uranio altamente enriquecido se pueden fabricar, en teoría, hasta nueve bombas atómicas. Irán estaba cerca de alcanzar el nivel de enriquecimiento necesario. Esta resolución contra Irán abría la puerta a la restauración de sanciones de acuerdo con lo previsto en el acuerdo de 2015. La respuesta iraní fue criticar la resolución por considerarla "políticamente motivada" y anunciar la apertura de una nueva planta de enriquecimiento y la modernización de otra, con la instalación de centrifugadoras avanzadas.
Una ventana de oportunidad militar y 408 kg de uranio enriquecido al 60% han sido razones suficientes para que Israel tomara la decisión de atacar y Estados Unidos no se lo impidiera. El viernes se produjo el ataque israelí a las instalaciones nucleares iraníes, a sus sistemas de defensa antiaérea y de lanzamiento de misiles y a la cúpula de su estamento militar. Israel, además de alcanzar sus objetivos, ha conseguido que su aviación opere sin restricciones en la mitad oeste del país, desde Teherán a la frontera con Irak. La represalia de Irán, en forma de sucesivas oleadas de lanzamiento de misiles sobre Israel, ha tenido un efecto limitado, gracias al sistema de defensa antiaérea judío y a la colaboración de los Estados Unidos. En sus sucesivos ataques, Israel ha dirigido también sus acciones contra el sistema de abastecimiento energético interno iraní. Aunque los terminales de exportación no se han visto afectados, el precio del crudo se ha disparado.
Israel parece buscar la caída del régimen teocrático de Teherán y pretender su colapso económico, además de acabar con su capacidad nuclear. Alí Khamenei, líder supremo desde 1989, tiene siempre la opción de "morir matando" e internacionalizar el conflicto, atacando a sus vecinos árabes o a las instalaciones de Estados Unidos en la zona, o bloqueando el estrecho de Ormuz, por el que circula más del 20% del petróleo que el mundo consume. A sus ochenta y nueve años, el sucesor de Jomeini asiste al desmoronamiento de toda la estrategia anti-Israel desplegada laboriosamente durante décadas. Pero el final está por escribir. Es difícil que algo bueno salga de toda esta historia.
El programa nuclear iraní empezó antes de la revolución islámica. Irán inició la construcción de dos centrales eléctricas nucleares en 1975 y 1976. La construcción de ambas se interrumpió, ya con Jomeini en el poder, en 1978. En 1996 se reanudó la construcción de la primera de ellas, que se conectó a la red en 2011 con una potencia estimada de 1 gigavatio, similar a la de las centrales nucleares españolas. Las obras de la segunda se reanudaron en 2019 y su conexión a la red, hasta ahora, estaba prevista para 2028.