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La esperada rectificación europea

Con las discusiones del nuevo presupuesto europeo, habría que vincular competitividad con nuevos desarrollos tecnológicos y arbitrar la disponibilidad de fondos para investigación básica y aplicada

Foto: Banderas de la Unión Europea. (Europa Press/Archivo/Eduardo Parra)
Banderas de la Unión Europea. (Europa Press/Archivo/Eduardo Parra)
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Tras su primera elección como primera ministra británica, Margaret Thatcher forzó la reducción de la oferta monetaria. Esa decisión, junto a la imposibilidad de reducir en un corto espacio de tiempo el déficit derivado de un sector público anquilosado y elefantiásico, produjo una elevación inmediata de los tipos de interés que sumió al Reino Unido en una recesión económica. Las voces, incluso en el seno del partido conservador, que abogaban por un cambio de política, eran numerosas. En la reunión anual de su partido, Thatcher, en su discurso, pronunció una frase que pasó a formar parte de su biografía: This Lady is not for turning. Por fortuna, para ella, el dictador argentino Galtieri invadió las Malvinas. La victoria británica y el subsiguiente fervor patriótico le otorgaron una nueva victoria electoral y, con ella, el tiempo necesario para que sus políticas de desregulación, liberalización y reducción del sector público surtieran efecto.

Asumida la corporeidad de la Comisión Europea en una nueva Lady del siglo XXI, esta vez parece que, a diferencia de Thatcher, está dispuesta a cambiar de política. Está dispuesta a que la competitividad prime sobre lo verde. La materialización de este cambio no es fácil. En primer lugar, la coalición política que sostiene a la actual Comisión es la misma que sostenía a la anterior. Mismos partidos y distintas políticas no es algo necesariamente sorprendente, pero añade dificultades. La seguridad jurídica va a requerir que los cambios de política se traduzcan en la modificación, al menos parcial, de todo el paquete de directivas aprobadas en 2023 y 2024. Estas necesarias rectificaciones corren mayor riesgo de embarrancar en el farragoso procedimiento legislativo de la Unión Europea si los mismos parlamentarios o, al menos, los mismos partidos, tienen que enmendarse a sí mismos.

Hay dos problemas de fondo que deberán ser abordados: el primero es el diálogo con los diferentes sectores industriales. Los funcionarios y políticos tienen que entender los problemas, dificultades, retos y estrategias de los sectores industriales europeos antes de establecer las regulaciones correspondientes. Es necesario mantener un moderado temor ante el riesgo de la captura del regulador por las empresas, pero no es posible regular sin conocimiento de los problemas que aquejan a nuestras empresas. Son equilibrios en ocasiones difíciles, pero la captura de los reguladores europeos por parte de consultores de todo tipo y condición, ignorantes de los problemas que las empresas sufren para mantener sus resultados, su empleo y su posición competitiva es a la larga más arriesgado. Las políticas que ahora queremos cambiar tienen muchas de ellas su origen en la consultoría medioambiental. El segundo problema es derivado del primero. Sin diálogo con los sectores, se corre el riesgo de que la norma preceda a la tecnología. Es posible prohibir la venta de los coches de combustión interna, pero semejante regulación sólo tendrá éxito cuando estos coches sean europeos, rebajen su precio, el precio de la electricidad sea más barato y se disponga de una red de cargadores rápidos de carácter público. Es posible obligar a que el 42% del hidrógeno industrial sea verde en 2030, pero habrá que asegurarse que los electrolizadores funcionan razonablemente y que el coste del hidrógeno producido a partir de la electrolisis del agua no cuadriplica el coste del hidrógeno tradicional. Una regulación no soportada por la disponibilidad de una tecnología viable —incluida su viabilidad económica— está condenada a su revisión.

La tecnología es la gran asignatura pendiente de Europa. Un puñado de españoles conquistaron el continente americano gracias a su superioridad tecnológica. Si alguien se sorprende, sólo tiene que considerar que, por ejemplo, Machu Picchu es contemporáneo de la catedral de Burgos. La revolución industrial propició el dominio europeo de medio mundo. Hoy los liderazgos tecnológicos corresponden a Estados Unidos y a China. Queremos consolarnos con el teórico soft-power de una regulación que nadie en el mundo sigue. Ahora que se inician las discusiones del nuevo presupuesto europeo, sería imprescindible vincular competitividad con nuevos desarrollos tecnológicos y arbitrar la disponibilidad de fondos para investigación básica y aplicada en todos los campos del saber. Hablamos también de la unificación de los mercados de capitales como si fuera el nuevo arcano de la competitividad europea. Con libertad de movimiento de capitales, lo relevante son los rendimientos que ofrecen los diferentes mercados. Con el creciente valor de las compañías tecnológicas americanas y, con ellas, de los índices de sus mercados, no es de extrañar el desplazamiento del ahorro europeo a Estados Unidos. Cuando las ocurrencias de Trump han provocado la depreciación del dólar, los mercados europeos se han recuperado. Más importante que modificar normativas de mercado de capitales sería propiciar el crecimiento de los planes de pensiones no públicos y canalizar parte de este ahorro adicional hacia el capital riesgo, auténtico motor de la conversión de start ups en realidades empresariales.

Queremos consolarnos con el teórico 'soft-power' de una regulación que nadie sigue

El coste de la energía es la otra asignatura cuya aprobación es indispensable. Estados Unidos tiene su ventaja competitiva en la producción de gas y petróleo. China la tiene en su carbón. Los precios de la electricidad para empresas industriales en ambos países son entre dos y tres veces más baratos que en Europa. La solución europea pasa por sistemas eléctricos descarbonizados, basados en renovables y almacenamiento y, como recuerda Draghi, sin los costes fiscales que convierten en onerosa la alternativa energética que debía ser la más barata. Europa no podrá ser competitiva con una energía basada en los combustibles fósiles, por la simple razón de que carecemos de recursos propios suficientes.

Es posible que la Comisión Europea, como ha anunciado, cambie de política, pero estamos empezando a impacientarnos: queremos ver realidades, más allá de comunicaciones que anuncian propósitos en la dirección correcta. Mientras se producen los cambios, tampoco está de sobra un cierto ejercicio de introspección. Queremos independencia, pero nos negamos a aceptar actividades mineras en nuestro suelo y mucho menos instalaciones destinadas al refino de minerales. Queremos energía sin emisiones, pero no queremos instalaciones, ni eólicas ni fotovoltaicas, en nuestras inmediaciones. Y si se tercia, tampoco baterías. Por supuesto, el tratamiento de residuos animales para su conversión en biometano es rechazable y las líneas eléctricas o son subterráneas o no se construyen. Queremos cambios en la política, pero no queremos que los cambios nos afecten. Deberíamos, como la Comisión Europea, darle una vuelta.

Tras su primera elección como primera ministra británica, Margaret Thatcher forzó la reducción de la oferta monetaria. Esa decisión, junto a la imposibilidad de reducir en un corto espacio de tiempo el déficit derivado de un sector público anquilosado y elefantiásico, produjo una elevación inmediata de los tipos de interés que sumió al Reino Unido en una recesión económica. Las voces, incluso en el seno del partido conservador, que abogaban por un cambio de política, eran numerosas. En la reunión anual de su partido, Thatcher, en su discurso, pronunció una frase que pasó a formar parte de su biografía: This Lady is not for turning. Por fortuna, para ella, el dictador argentino Galtieri invadió las Malvinas. La victoria británica y el subsiguiente fervor patriótico le otorgaron una nueva victoria electoral y, con ella, el tiempo necesario para que sus políticas de desregulación, liberalización y reducción del sector público surtieran efecto.

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