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Europa en un nuevo orden mundial (I)

El liberalismo económico y político debe ser el eje básico sobre el que gire la política europea. Ni el autoritarismo de las órdenes ejecutivas de Trump ni el dirigismo comunista chino son, pese a su pretendida eficacia, espejos en los que mirarse

Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (i), posa junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Europa Press/Comisión Europea/Fred Guerdin)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (i), posa junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Europa Press/Comisión Europea/Fred Guerdin)
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El resultado de cualquier negociación es siempre el reflejo de las posiciones de poder de las partes. Cualquier argumentación brillante decae ante la voluntad del más fuerte. Esa es la realidad subyacente tras los acuerdos entre Estados Unidos y Europa para incrementar el gasto en defensa hasta un 5% del PIB y, también, tras el acuerdo comercial, en el que se aceptó un arancel medio del 15% para las exportaciones de la Unión Europea. Ambos acuerdos reflejan el sometimiento de la Unión Europea al dictado norteamericano, pero nunca se debe olvidar aquello de que más vale un mal acuerdo que un buen pleito. La firma de ambos acuerdos limita los posibles efectos negativos para Europa de la nueva política estadounidense, y proporciona tiempo para recomponer, en la medida de lo posible, nuestra posición negociadora.

La capacidad de la Defensa europea sin Estados Unidos es muy limitada. Ucrania no se hubiera sostenido frente al ejército ruso sin el material ni la tecnología estadounidense. En el orden comercial, Europa puede amenazar con represalias a los aranceles norteamericanos e incluso enzarzarse en una guerra comercial -siempre más perjudicial para el que tiene un saldo comercial positivo-, pero nuestra verdadera capacidad de presión sobre el grueso de los flujos económicos que van desde Europa a Estados Unidos es inexistente. Nuestra vida diaria sin Google, Amazon, Microsoft, Meta o Apple es inimaginable.

Europa Occidental vivió muy bien mientras la Unión Soviética disputaba la hegemonía mundial a Estados Unidos y los políticos norteamericanos eran firmes creyentes en el liberalismo económico como motor de crecimiento económico.

Estados Unidos necesitaba el territorio europeo como plataforma desde la que sostener su presión sobre Moscú y hacía la vista gorda ante las reducciones progresivas de los presupuestos europeos de defensa. Tras la Segunda Guerra Mundial, la obsesión americana era acabar con las preferencias imperiales británicas y liberalizar el comercio mundial. Su capacidad industrial era imbatible.

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Hoy la Unión Soviética es Rusia. Un país con un PIB similar al de Italia y con una capacidad militar -al margen de su arsenal nuclear- limitada, como demuestra su incapacidad de derrotar a Ucrania tras más de tres años de guerra. La gran potencia emergente es China, capaz ya de empezar a discutir el liderazgo mundial a Estados Unidos. China ha construido su poder económico gracias a su peculiar capitalismo de Estado: mecanismos de economía de mercado en una constelación de empresas públicas y privadas, sometidas todas ellas a las directrices emanadas de la cúpula del Partido Comunista. Este capitalismo de Estado ha triunfado en un contexto internacional de liberalización de los flujos comerciales, en el que las empresas chinas, en ocasiones con un cumplimiento dudoso de las reglas del comercio internacional, en especial las relativas a la propiedad intelectual, han prosperado. La ausencia de restricciones financieras cuando las empresas operaban en un entorno considerado estratégico por las autoridades chinas ha permitido excesos de capacidad en muchas industrias que han supuesto caídas de precio, eliminación de competidores de otros países, y control chino de las cadenas de valor de muchas industrias básicas. Si se le suman los bajos costes laborales de una economía en desarrollo y una creciente capacidad tecnológica, es posible explicarse por qué China es hoy el taller del mundo. Tras el poder económico, viene siempre el poder militar y la capacidad de influencia en la política internacional.

Estados Unidos ha desviado sus intereses estratégicos de Europa al Pacífico. De Rusia a China. Ha sido un cambio gradual a través de varios presidentes, más visibles a partir de Obama y de forma más descarnada en esta segunda administración de Trump. Si Europa tiene problemas militares, tiene que hacer frente a los gastos que se ocasionen. El paraguas norteamericano se mantiene, pero hay que pagar por él.

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El otro gran cambio norteamericano es renegar de la liberalización comercial y, con ella, de todo el orden internacional vigente desde el final de la guerra mundial. La revisión de la aportación de Estados Unidos a la ONU está en marcha y veremos sus resultados. Pese al muy superior incremento de la renta per cápita norteamericana frente a la europea a lo largo de las últimas décadas, y pese a la buena marcha de todas las variables macroeconómicas estadounidenses, la Administración Trump está convencida de que la liberalización comercial sólo ha servido para que todos los países del mundo se aprovechen de Estados Unidos. Su decisión es terminar con ella. Su tesis es que la acumulación de déficits por cuenta corriente durante más de treinta años ha situado a Estados Unidos con un elevadísimo nivel de deuda externa neta sobre PIB. De hecho, es el mayor deudor del planeta. La conclusión es que semejante dependencia de sus acreedores es un riesgo geopolítico de primera magnitud. Para acotar este riesgo es necesario reducir, en primer lugar, el déficit comercial. Para ello, los aranceles son un instrumento útil, además de una demostración palpable del poder de Estados Unidos. Otra opción, al margen de la reducción del déficit, sería reestructurar la deuda, emitiendo bonos de muy larga duración -hasta cien años-, reduciendo así el riesgo para Estados Unidos. La tercera línea de actuación sería la depreciación del dólar como forma de estimular exportaciones y reducir importaciones. El problema es depreciar el dólar y mantenerlo como moneda de reserva mundial, lo que genera de forma permanente un exceso de demanda de la divisa norteamericana con su consiguiente apreciación.

En este marco, avenirse a los deseos de Trump con los acuerdos arancelarios y de incremento del gasto en defensa es la mejor solución posible. Permite ganar tiempo para restablecer una posición negociadora europea más sólida, porque, en el nuevo orden mundial, la negociación con Estados Unidos será permanente. No se trata sólo de Trump y su mandato. El sustrato ideológico que alimentó su victoria y alienta su Gobierno no va a desaparecer. Incluso permeará en el ideario demócrata.

La recuperación europea requerirá un esfuerzo continuado de años y exige repensar modos y maneras de actuar. Mejorar la competitividad de nuestra economía hará necesario replantearse muchas de las actuales políticas. Todos estos cambios deberán llevarse a cabo ateniéndonos a dos principios: cómodo o incómodo, previsible o imprevisible, Estados Unidos es nuestro principal aliado y deberá seguirlo siendo. Más importante aún: el liberalismo económico y político debe ser el eje básico sobre el que debe girar la política europea. Ni el autoritarismo de las órdenes ejecutivas de Trump ni el dirigismo comunista chino son, pese a su pretendida eficacia, espejos en los que mirarse. Pese al contraste con los usos imperantes en las dos grandes potencias mundiales, pese a que pueda parecer obsoleto, el viejo e incómodo liberalismo europeo, con su vocación de consenso e integración, ofrece un sustrato mucho más firme sobre el que construir el futuro.

El resultado de cualquier negociación es siempre el reflejo de las posiciones de poder de las partes. Cualquier argumentación brillante decae ante la voluntad del más fuerte. Esa es la realidad subyacente tras los acuerdos entre Estados Unidos y Europa para incrementar el gasto en defensa hasta un 5% del PIB y, también, tras el acuerdo comercial, en el que se aceptó un arancel medio del 15% para las exportaciones de la Unión Europea. Ambos acuerdos reflejan el sometimiento de la Unión Europea al dictado norteamericano, pero nunca se debe olvidar aquello de que más vale un mal acuerdo que un buen pleito. La firma de ambos acuerdos limita los posibles efectos negativos para Europa de la nueva política estadounidense, y proporciona tiempo para recomponer, en la medida de lo posible, nuestra posición negociadora.

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