Trump no es un accidente de la Historia: es la eclosión populista de la convicción estadounidense de que el mundo en general y Europa en particular viven a su costa
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (i), y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (EFE/Comisión Europea/Fred Guerdin)
El mayor problema de Europa es la pérdida de peso de su economíaen el concierto mundial. Como vimos en el artículo anterior de esta serie, una parte de la solución es mejorar el desarrollo tecnológico y, sobre todo, canalizar recursos financieros hacia nuevas iniciativas empresariales en sectores emergentes.
Además de atender a lo nuevo, Europa no puede olvidarse de lo que ya tiene. La gran prioridad de la política económica europea debe ser restablecer la competitividad de nuestras economías. Es necesario reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero carece de sentido convertir la lucha contra el cambio climático en una religión en cuyo altar sacrificar la competitividad de nuestras empresas y la renta disponible de los ciudadanos europeos. Antes que encarecer la energía que consumimos es necesario descarbonizar nuestros sistemas eléctricos, abaratar gracias a las renovables y a una menor carga fiscal la electricidad e invertir en redes que permitan incrementar la demanda eléctrica. Una electricidad barata puede sustituir a los combustibles fósiles. Unos combustibles fósiles artificialmente encarecidos paralizan el crecimiento económico.
Europa tiene también que replantearse su política comercial. Desde una lógica económica primitiva, puede entenderse que un país con un gran déficit comercial trate, con nuevas barreras arancelarias, de recomponer su balanza exterior. En sentido contrario, si tienes un importante superávit de tu balanza por cuenta corriente, tu política debe estar orientada a la liberalización de los flujos comerciales con el resto del mundo. Ser liberal según y cómo, no es ya una opción. Querer exportar a todo el mundo, pero no querer los productos agrícolas de Mercosur o los coches chinos, es una política inviable. Si la globalización ha muerto, deberá ser sustituida por acuerdos comerciales entre bloques, pero los europeos deberemos asumir que nunca hay un acuerdo perfecto. Negociar es ganar y perder hasta alcanzar un equilibrio aceptable.
Reconducir determinadas políticas o adaptarse a la imprevisibilidad de los cambios de un mundo donde los autócratas proliferan y no esconden su deseo de cumplir los 150 años y seguir en el poder, requiere mejorar la capacidad de decisión europea. Tras la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, los países miembros de la Unión Europea pasaron de 12 a 28, y luego a 27 tras el Brexit. La Unión creció en tamaño geográfico y económico, pero también en disparidad de desarrollo económico, tradiciones políticas y prioridades estratégicas. El mundo que viene exige una capacidad de decisión incompatible con la regla de la unanimidad requerida para muchas decisiones de la Unión. Sustituir la unanimidad por una regla de mayorías de países y población es indispensable para que el proceso decisorio europeo se adapte a un entorno no sólo cambiante, sino imprevisible. Un proceso decisorio basado en mayorías simples o cualificadas debe ir acompañado de flexibilidad en la incorporación de los diferentes países miembros a iniciativas que supongan un mayor grado de cooperación entre ellos. Schengen o el Eurogrupo son buenos ejemplos de cómo la adopción de geometrías variables permite avanzar en la integración de un conjunto de países que, si quieren tener voz en el nuevo concierto mundial, deben actuar lo más unidos posibles.
La aprobación de normativa europea requiere mucha más celeridad. Aprobar una directiva requiere unos dos años de trabajo entre la Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos. Tras su aprobación, es necesario trasponerla a la normativa de los diferentes Estados miembros. A finales de 2024, España tenía dieciocho directivas pendientes de trasponer. Cinco de ellas acumulaban un retraso superior a dos años. España es de los países con más incumplimientos, pero basta multiplicar por veintisiete para entender la escasa agilidad de la burocracia europea. Cierto es que en algunas materias Europa aprueba reglamentos y actos delegados que son de aplicación directa, pero todo el sistema institucional de la Unión Europea requiere una puesta al día, quizás un nuevo Tratado. La Unión Europea como tal nace con el Tratado de Maastricht en 1992. La última gran reforma es el Tratado de Lisboa de 2007, cuya entrada en vigor se produjo en 2009. Dieciséis años son suficientes para introducir cambios y mejoras, pero, sobre todo, el nuevo orden mundial requiere que nos adaptemos. No será fácil: ni a Rusia ni a Estados Unidos les gustará la iniciativa. Activarán, en la izquierda y en la derecha de los extremos políticos europeos, todas sus terminales para poner palos en la rueda de la reafirmación de Europa como entidad independiente, con voz propia en la escena mundial.
Una de las reformas a introducir debería ser la formalización de la capacidad de endeudarse de la Unión para cubrir las necesidades de sus miembros en algunos ámbitos. La Defensa es quizás el más importante. Más allá de contentar a Trump y salir del paso con el compromiso de gastar el 5% del PIB, lo importante es que Europa cuente con una capacidad de disuasión propia, que le permita defender sus fronteras y, si es necesario, proyectarse fuera de las mismas para defender la seguridad de nuestro continente. Se trata de establecer sistemas comunes de armamento que faciliten la operación conjunta y efectiva de los ejércitos europeos. Trump no es un accidente de la Historia: es la eclosión populista de la convicción estadounidense de que el mundo en general y Europa en particular viven a su costa. La finalidad básica de los acuerdos con Trump es ganar tiempo para nuestra propia adaptación a los cambios de esta nueva era. Trump y futuros presidentes norteamericanos preferirán repartirse el Ártico con Rusia que inmiscuirse en las cuitas de los europeos con su vecino del Este por territorios que, a fin de cuentas, antes fueron rusos. Lo que queramos hacer en el ámbito de la defensa deberemos hacerlo por nuestros propios medios.
Todos estos cambios, en especial los gastos en Defensa, supondrán un esfuerzo notable y sólo pueden llevarse a cabo desde la aceptación democrática. Europa necesita que sus ciudadanos se sientan miembros orgullosos de una comunidad política en la que el respeto a la ley y a las libertades individuales alcanza cotas únicas en el mundo; en la que las desigualdades son menores y las necesidades básicas de la población están cubiertas; en la que naciones enfrentadas entre sí durante décadas e incluso siglos han sido capaces de encontrar y construir un espacio de cooperación que tampoco tiene igual en el mundo. Desde la convicción ciudadana de que merece la pena el esfuerzo para salvaguardar lo que Europa ha conseguido hasta ahora es desde donde pueden iniciarse los cambios que Europa necesita.
El mayor problema de Europa es la pérdida de peso de su economíaen el concierto mundial. Como vimos en el artículo anterior de esta serie, una parte de la solución es mejorar el desarrollo tecnológico y, sobre todo, canalizar recursos financieros hacia nuevas iniciativas empresariales en sectores emergentes.