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COP30: un baile sin música

El consumo creciente de combustibles fósiles, actual y previsto, deja fuera de juego a una diplomacia multilateral climática que parece vivir en otro mundo

Foto: Personas disfrazadas con máscaras del presidente de Estados Unidos, Donald Trump (d), y del presidente de Argentina, Javier Milei (i), participan en una protesta organizada por la ONG Oxfam en Belém (Brasil). (EFE/Andre Borges)
Personas disfrazadas con máscaras del presidente de Estados Unidos, Donald Trump (d), y del presidente de Argentina, Javier Milei (i), participan en una protesta organizada por la ONG Oxfam en Belém (Brasil). (EFE/Andre Borges)
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En la desembocadura del Amazonas, frente a la ciudad de Belém, donde estos días se celebra la conferencia anual del Acuerdo Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, la famosa COP, Brasil se dispone a otorgar permisos para la exploración y eventual producción de petróleo. Esta es la realidad de un mundo ávido de combustibles fósiles sobre el que planea, con escasa incidencia, una diplomacia multilateral que persigue la reducción de las emisiones que el carbón, el petróleo y el gas producen.

De acuerdo con lo previsto en el Acuerdo de París, en este año de 2025, los países firmantes debían comunicar sus compromisos voluntarios de reducción de emisiones para 2035. Aunque falta un numeroso grupo de países por anunciar sus objetivos – y de los rezagados no cabe esperar sorpresas favorables-, la proyección de los ya comunicados indica que para finales de siglo la temperatura media del planeta se habrá elevado entre 2,7 y 3 ºC en relación con la existente al principio de la Revolución Industrial. Un incremento claramente superior a los 2 ºC, con la intención de llegar a sólo 1,5 ºC, que era el gran objetivo del Acuerdo de París. Los compromisos individuales poco tienen que ver con el anunciado objetivo común.

El otro jarro de agua fría ha sido la publicación del informe anual de la Agencia Internacional de la Energía. En estos informes anuales, además de revisar los consumos pasados, se describen posibles escenarios futuros con sus consumos de energía asociados. Este año, de la mano de Estados Unidos, que a fin de cuentas sufraga buena parte del presupuesto de la Agencia, el informe recupera un escenario denominado "Políticas actuales", que había dejado de publicarse en 2021. Según este escenario, las demandas de petróleo y gas seguirían subiendo hasta 2050. La demanda de carbón, por su parte, empezaría a decrecer antes de 2030. Sobre el "pico" de la demanda de carbón no está de más señalar que la primera vez que se anunció fue en 2013, luego en 2023, y, de momento, cada año alcanza un nuevo récord. La Agencia proporciona también un segundo escenario, denominado en inglés "Stated policies", que supone – en palabras de la propia Agencia- una lectura más amplia de las políticas, incluyendo, además de las políticas vigentes, aquellas que han sido aprobadas, pero aún no se han puesto en práctica, así como otros documentos oficiales que indican la dirección a seguir, aunque aún no formen parte de la normativa vigente. Traducido a España, las cifras del PNIEC o de la hoja de ruta del hidrógeno, por más que su relación con la realidad sea lejana, estarían incluidas. En este segundo escenario, las demandas de los tres combustibles fósiles alcanzan su punto máximo entre esta década y la que viene y empiezan a reducirse ligeramente hasta 2050. Las emisiones de CO₂ se mantienen constantes a los niveles actuales en el escenario "Políticas actuales", mientras que en el más optimista se alcanza una modesta reducción de algo más del 20% en 2050, muy lejos del "neto cero" que constituye el objeto de deseo de la política climática europea.

Esa es una de las cuestiones que deberíamos plantearnos en Europa. Nuestras emisiones hoy son el 7% de las emisiones mundiales de CO₂. Con este panorama, ¿tiene sentido nuestro esfuerzo? La respuesta es sí, siempre que no se comprometa la competitividad de nuestras economías. Es más, un sistema eléctrico basado en renovables y almacenamiento es la única manera de alcanzar un precio de la electricidad para nuestras industrias que pueda competir con el precio de Estados Unidos o de China. La segunda parte del problema es si seguimos, en tanto no transformamos nuestro sistema eléctrico, encareciendo artificialmente el coste de los combustibles fósiles hasta situar a nuestras empresas en una difícil posición competitiva. En un mundo que da la espalda a la reducción de emisiones, es imprescindible encontrar un "ajuste fino" entre el coste y el beneficio de las políticas que se decidan implantar. Los plazos efectivos de transformación de nuestro sistema energético los determinarán las tecnologías disponibles y su coste, y no una normativa elaborada al margen de la realidad económica.

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Al margen de Europa, la lectura de la evolución prevista de las emisiones y, en consecuencia, de la temperatura media de la tierra, hace necesario que, en la política climática, la "adaptación" a la nueva realidad cobre cada vez más importancia. Hasta ahora, el objetivo preponderante ha sido la "mitigación": disminuir emisiones como medio para reducir la temperatura. Todos los datos nos enseñan, como hemos visto, que la temperatura va a subir, y con ella los fenómenos atmosféricos extremos, para los que hay que prepararse. Los países más desarrollados se supone que disponemos de más medios, aunque a veces no sea así, o peor aún, en ocasiones no sepamos utilizarlos. El problema, para las economías emergentes, es que no disponen de los medios necesarios y necesitan recursos para dotarse de ellos. Toda la negociación climática de las últimas décadas se ha basado sobre el principio de que los países más ricos, además de reducir sus emisiones, ayudaban a los países menos desarrollados a hacer lo propio. En París se acordó que esta ayuda se concretara en 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020. Con dos años de retraso, esta cifra se alcanzó, aunque de aquella manera: buena parte son préstamos, entre los que se incluyen, sin ir más lejos, créditos a la exportación. Te presto dinero si me compras mis productos y, además, así doy mi compromiso por cumplido.

El año pasado, se acordó triplicar el importe de la ayuda para 2035. China anunció que no participaría en este esfuerzo. Estados Unidos ni está ni se le espera. Europa tiene problemas estructurales en sus cuentas públicas en algunos de los países miembros más importantes y, por delante, la obligación de aumentar de forma notable sus presupuestos de defensa. Además, las economías menos desarrolladas reclaman que la ayuda acordada era para "mitigación", pero que sus necesidades se multiplican cuando consideran las inversiones necesarias para "adaptar" unas infraestructuras, en ocasiones inexistentes, a tifones, huracanes o inundaciones.

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Poco cabe esperar de la reunión de Belém. Aún quedan días de reuniones y negociaciones, pero los dineros entre ricos y pobres absorberán la mayor parte de los esfuerzos. Alguna cifra se alcanzará, siempre inferior a la necesaria, que ya veremos si se acaba materializando y cómo. Algún acuerdo se firmará y nos lo venderán como un gran éxito. Pero lo que importa va como va, y no tiene visos de cambiar.

En la desembocadura del Amazonas, frente a la ciudad de Belém, donde estos días se celebra la conferencia anual del Acuerdo Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, la famosa COP, Brasil se dispone a otorgar permisos para la exploración y eventual producción de petróleo. Esta es la realidad de un mundo ávido de combustibles fósiles sobre el que planea, con escasa incidencia, una diplomacia multilateral que persigue la reducción de las emisiones que el carbón, el petróleo y el gas producen.

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