Desde su independencia en 1776, la política exterior tradicional de los Estados Unidos se asentaba en el aislacionismo frente a las potencias europeas, cuyo colonialismo rechazaba de plano, la libertad económica como antítesis a las preferencias "imperiales" europeas y el expansionismo territorial. Estos principios se consideraban de aplicación aún más preceptiva si se trataba del continente americano. Los Estados Unidos de hoy no serían geográficamente reconocibles sin la compra de Luisiana a Francia en 1803, la compra de Florida a España en 1819, la guerra con México entre 1846 y 1848 por la que arrebatan a su vecino del sur buena parte de lo que era el virreinato de la Nueva España, la compra de Alaska a Rusia en 1867 y la guerra con España en 1898, en la que perdimos Filipinas y otras islas del Pacífico, Cuba y Puerto Rico. En 1898, Estados Unidos también se anexó Hawái.
En 1898 el presidente de Estados Unidos era McKinley. En su honor, el pico más alto de Alaska recibió su nombre. El presidente Obama decidió en 2015 recuperar la denominación indígena de "Denali". Una de las primeras decisiones de Trump al inicio de su segundo mandato fue volver a llamarlo "McKinley", el último presidente que amplió significativamente el territorio de Estados Unidos. Todo un símbolo de su inclinación expansionista, cuyos objetivos no eran menores: Canadá y el territorio danés de Groenlandia. Con un matiz importante: desde 1949, desde el mismo momento de creación de la OTAN, Estados Unidos, Canadá y Dinamarca formaron parte de la alianza militar creada para hacer frente al poder soviético.
Las ambiciones territoriales de Trump se enmarcan en su rechazo a unas relaciones internacionales basadas en reglas. Sólo cree en el poder -económico y militar- y en su ejercicio sin límites. La sorpresa ha sido que las normas que rechaza son las establecidas por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial: desde la Carta de San Francisco y la creación de Naciones Unidas, a los acuerdos de Bretton Woods que regulaban las finanzas internacionales, y la liberalización del comercio mundial, primero a través del GATT y sus sucesivas rondas y, más tarde, a través de la Organización Mundial de Comercio. No era un orden perfecto, era asimétrico, pues se asentaba sobre la primacía de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, de Estados Unidos en materia económica, pero era un orden y, como tal, aportaba ciertas dosis de previsibilidad.
No es sólo Trump y su histrionismo. En Estados Unidos existe una corriente de profundo rechazo al orden mundial establecido a partir de 1945. Consideran que son los grandes perdedores. La liberalización económica ha conducido a la externalización de las cadenas de valor de muchas industrias y su control por potencias extranjeras. China se ha convertido en el taller industrial del mundo y amenaza su hegemonía. El esfuerzo en defensa no es correspondido por los aliados, en especial los europeos, que han desarrollado "estados de bienestar" gracias al ahorro en gasto militar que les permite el paraguas norteamericano. Estados Unidos, en suma, acumula tanto un déficit público como un déficit comercial que constituyen una debilidad estratégica notable.
Argemino Barro. Nueva YorkMapa: Emma EsserGráficos: Unidad de DatosIlustración: Blanca Casanova
Mark Carney fue gobernador del Banco de Canadá y gobernador del Banco de Inglaterra. Cuando las presiones de Trump se materializaron, se puso al frente del Partido Liberal, por detrás en las encuestas frente al Partido Conservador, y ganó las elecciones canadienses. Hace unos días pronunció en Davos un discurso notable en el que sostenía que "estamos en medio de una ruptura, no de una transición". "Las grandes potencias han empezado a usar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar". "La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso". "Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Esto no es multilateralismo ingenuo. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú." "Cuando sólo negociamos con una potencia hegemónica, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece". Europa, que no es más que una coalición de potencias medias, tiene parte del camino señalado por Carney ya andado. Los acuerdos con Mercosur y la India son pasos en la dirección correcta, pero hay que seguir.
El discurso de Carney, además de críticas de altos dirigentes del Gobierno estadounidense, ha cosechado una amenaza de Trump. En caso de firmar un acuerdo comercial con China, las exportaciones de Canadá a Estados Unidos estarían sometidas a un arancel del 100%.
Mark Rutte fue primer ministro de Países Bajos y es secretario general de la OTAN, creada en 1949 para contrarrestar la amenaza soviética. Los países fundadores fueron Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Noruega, Francia, Reino Unido, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Italia, Islandia y Portugal. El grueso del esfuerzo militar de la organización lo asume Estados Unidos. La Guerra Fría termina con la caída del muro de Berlín en 1989 y con la implosión de la Unión Soviética en 1991. Desde entonces y quizás sería mejor decir que desde sus inicios, el esfuerzo presupuestario de los miembros europeos ha sido muy inferior al que cabría esperar. Europa ha sido incapaz de resolver por sus propios medios crisis como la de los Balcanes o, por ejemplo, Libia. La invasión rusa de Ucrania en 2022 ha sido la más reciente muestra de la incapacidad europea. Sin Estados Unidos, no somos nadie. Resistir a Rusia en Ucrania sólo es posible con una intervención creciente de Estados Unidos. Sin ellos, Europa y Ucrania están abocadas a una paz más o menos humillante y siempre inestable. Canadá y Dinamarca, socios fundadores de la Alianza, sufren la amenaza directa de Trump. Rutte está obligado a mantener un delicado y a veces imposible equilibrio. Promover el incremento del gasto en defensa de los socios europeos es imprescindible. Garantizar la seguridad futura de Ucrania y reforzar la seguridad en el Ártico a satisfacción de Estados Unidos sin que se produzca una ruptura de la Alianza militar que dirige políticamente, no son tareas fáciles.
Trump es el ariete que quiere hacer saltar el orden internacionalhasta ahora establecido. Carney encarna la dignidad de las potencias medias que se sienten avasalladas y preteridas. Rutte tiene que preservar el esqueleto de lo que fue la Alianza militar que hacía efectivo al vínculo atlántico. Cada uno tiene, sea por voluntad propia o por imposición ajena, que navegar en un mundo nuevo, en el que representarán un papel aún por escribir. Trump alumbrará su propio guion. Carney y Rutte ya han dado muestras del carácter de sus personajes y de su desenvoltura en el escenario.
Desde su independencia en 1776, la política exterior tradicional de los Estados Unidos se asentaba en el aislacionismo frente a las potencias europeas, cuyo colonialismo rechazaba de plano, la libertad económica como antítesis a las preferencias "imperiales" europeas y el expansionismo territorial. Estos principios se consideraban de aplicación aún más preceptiva si se trataba del continente americano. Los Estados Unidos de hoy no serían geográficamente reconocibles sin la compra de Luisiana a Francia en 1803, la compra de Florida a España en 1819, la guerra con México entre 1846 y 1848 por la que arrebatan a su vecino del sur buena parte de lo que era el virreinato de la Nueva España, la compra de Alaska a Rusia en 1867 y la guerra con España en 1898, en la que perdimos Filipinas y otras islas del Pacífico, Cuba y Puerto Rico. En 1898, Estados Unidos también se anexó Hawái.