Olvídate de las encuestas: Nigel Farage explica por qué se la va a pegar el PSOE
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Esteban Hernández

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Olvídate de las encuestas: Nigel Farage explica por qué se la va a pegar el PSOE

El líder populista y 'antiestablishment' del UKIP, Nigel Farage, tiene claro que, los grandes partidos ya no tienen credibilidad. Y sabe lo que le ocurrirá al PSOE

Foto: El líder del UKIP, Nigel Farage, en el parlamento europeo. (Reuters)
El líder del UKIP, Nigel Farage, en el parlamento europeo. (Reuters)

Reconozcamos que, en estas últimas décadas, de los partidos con opciones de gobernar en Europa y Norteamérica, los de derecha han sido mucho más atrevidos. Se han salido del guión cuando les ha venido bien, han jugadocon alguna frecuencia la baza de lo políticamente incorrecto, y sus dirigentes, desde Esperanza hasta Aznar, por subrayar el caso español, han sido mucho más osados, diciendo lo que pensaban con independencia de que fuera popular o no. De hecho, a algunos de ellos, cuanto más se salían de lo previsto, mejor les iba.

El PSOE como la mayoría de los partidos europeos de centro-izquierda, ha tenido una actitud más medida (o más pacata) como si quisiera demostrar continuamente que, a pesar de su ideología progresista, no era un partido que abogase por grandes cambios. Es cierto que Zapatero decidió abandonar la guerra de Irak justo cuando ganó las elecciones de 2004, pero el resto de su gestión, afortunada o no, fue bastante ortodoxa.Su discurso fue una mezcla de diferencia cultural, con apelaciones al respeto a las minorías, a la distancia con la iglesia católica y al reconocimiento del derecho de los homosexuales, y de gestión económica aplaudida por los mercados, al menos durante el noventa y cinco por ciento de sus dos legislaturas, y allí estaba Botín a su lado para demostrarlo. Lo más radical que hizo en economía el PSOE fue el Plan E, de modo que no jodamos. La habitual retórica del Partido Popular acerca de la irresponsabilidad ideológica de los socialistas podía tener su gracia electoral pero ninguna correspondencia con la realidad. Tampoco ahora, cuando ni siquiera tras la crisis los keynesianos están bien vistos en el PSOE.

Ese mayor riesgo en las propuestas no es, hay que insistir en ello, un elemento exclusivo de la derecha española, sino que ha sido típico de los partidos conservadores de Occidente. No hay más que fijarse en las continuas incorrecciones de Bush Jr. y su equipo de gestión, en los congresistas republicanos cercanos al Tea Party, o en su último candidato, John McCain, y su gobernadora de Alaska. Quizá Hollande, el presidente francés, haya dejado a su pareja para iniciar una relación con una joven actriz, pero eso ya lo hizo Sarkozy y se la llevó a vivir al Elíseo. Y quizá porque no tuvo problemas en exhibirse, ni en eso ni en nada, Sarkozy es todavía el segundo candidato preferido a la presidencia por los franceses detrás de Marine Le Pen. Y eso por no hablar de la actitud dura de Merkel, por no recordar el populismo mussoliniano de Berlusconi, el último dirigente italiano que ha durado de verdad en el cargo, o por no remontarnos hasta la madre de todos los liberal-conservadores contemporáneos, Margaret Thatcher.

Frente a dirigentes de este tipo, los partidos de centro izquierda optaron por oponer candidatos bien parecidos, de tono y discurso moderado (en plan “llevémonos bien”), que congeniaran una actitud más amable y comprensiva con las reformas que los mercados financieros exigían. Desde Zapatero hasta los Miliband, pasando por el mismo Obama, todos parecían cortados por ese patrón agradable, comprensivo y ortodoxo. Pedro Sánchez también ha seguido ese camino, el de un centro izquierda joven y guapo al que le ha faltado tiempo para decir que lo suyo es la moderación. Nada de riesgos, nada de líos.

Un cambio radical en el panorama

El problema es que ese esquema, que es el que han utilizado los socialistas españoles desde Almunia, tiene un palo en las ruedas, que es Podemos, que les ha hecho daño electoral y que les puede hacer mucho más.La tarea urgente del PSOE es cortar una hemorragia que puede hacerles perder mucha sangre. Los socialistas quieren seguir siendo un partido institucional y de gobierno, pero también quieren conservar, porque los necesitan, una serie de votantes que les veían como alternativa de izquierdas al PP.

Ha hecho tres cosas en ese sentido. Ha renovado líder y directiva, poniendo al frente a gente joven no quemada políticamente, ha tomado decisiones para estar más presentes en las tertulias y para presentar caras nuevas, de forma que Pablo Iglesias no les coma todo el terreno,yestán utilizando elementos discursivos nuevos. Ya se han empezado a escuchar a sus dirigentes expresiones como “los de arriba y los de abajo” que tan útiles han resultado a Podemos. Algunos de los asesores socialistas saben bien que hay nuevas variables y se están dando prisa a la hora de incorporarlas, quizá porque todos son conscientes de que hay poco tiempo para la recuperación de unos y para la consolidación de otros.

Pero esto es lo que han hecho siempre los partidos institucionales, y especialmente después de perder: han cambiado caras, han utilizado nuevos términos y han preguntado a la gente por sus nuevas demandas para incorporarlas a sus programas. A menudo seguían haciendo lo mismo de antes, pero al menos daban la sensación de ser otra cosa. El problema es que ahora es mucho más difícil hacer eso: como explica bien Nigel Farage, líder del UKIP, hay una gran diferencia entre el original y la copia, y la gente ahora tiene con qué comparar.

Ante el anuncio del inefable alcalde de Londres y bad boy donde los haya,Boris Johnson, de presentarse a las elecciones parlamentarias de 2015, Farage se ha sonreído y le ha contestado que es bienvenido, pero que no tiene nada que hacer. Pensado desde la perspectiva de Cameron, parece una buena jugada: pongamos a competir a uno de los nuestros, el más antiestablishment, con el partido antiestablishment. Ante la previsible sangría de votos conservadores por la derecha, alguien como Johnson, que tiene la actitud y el mensaje (desconfianza respecto de la UE incluida) que mejor encaja con ese electorado, ayudaría a frenar la pérdida de votos.

Y no es mala idea porque, como recuerda Xavier Casals,los partidos populistas son formaciones que tratan de distinguirse de las tradicionales en tres sentidos: apelan a valores, buscan electorados transversales y se presentan como elementos cívicos. Ante unos partidos debilitados en su credibilidad, ellos no emergen como nuevos actores, sino como actores creíbles. Ellos son distintos porque operan fuera del establishment. No son antisistema, como solía ocurrir con la extrema derecha, sino antiestablishment, lo cual es muy diferente. Eso les permite tener una relación más directa con la ciudadanía y conocer mejor lo que los ciudadanos quieren de verdad. Sin el hartazgo de políticos y partidos tradicionales ellos no existirían, y parte de su éxito consiste en que pueden ser mucho más honestos y decir a sus simpatizantes lo que los partidos institucionales no se atreven a decir.

Esa actitud hace que sus explicaciones sobre el mundo suenen fáciles y sencillas. Farage dice a sus votantes que a ellos les iría mejor sin esos burócratas de Bruselas que les chupan la sangre (igual que el Tea Party dice a los estadounidenses que les iría mejor sin los burócratas de Washington), y que lo único que han conseguido es que en estos años se hayan perdido tres millones de puestos de trabajo. Ellos son el Reino Unido, y tienen la Commonwealth, de modo que ¿para qué necesitan la UE? ¿Para seguir perdiendo nivel de vida? Un mensaje directo y contundente con el que, aún siendo irreal, mucha gente puede sentirse satisfecha. Sin ir más lejos, ese 26.6% de votantes británicos que les han dado su confianza en las últimas elecciones europeas.

Bueno, ha debido pensar Cameron, no pasa nada, porque podemos jugar con un mensaje parecido, y además podemos poner a repetirlo a Boris Johnson, que tiene buena prensa entre esa gente, y así conseguiremos que muchos euroescépticos regresen al partido. Eso es lo que hace reírse a Farage, que derriba el movimiento táctico con un razonamiento tremendamente simple: nosotros (el UKIP) podemos decir que nos vamos a ir de la UE y cuando gobernemos lo haremos. Vosotros (los conservadores) no, porque no podréis afrontar la pérdida de popularidad que supone una decisión como esa ni tampoco os atreveréis a enfrentaros a la gente con poder que os insiste en que debemos permanecer al lado de Europa. De modo que podéis sacar al escenario a alguien simpático y divertido como Boris, pero no os servirá de nada, porque la gente no os va a creer. Esta vez será distinto.

El PSOE ha dejado de pelear por el votante de izquierda

Ese es el centro del asunto. El PSOE puede apelar al centro y reenmarcarlo, al modo de Lakoff, como el espacio en el que habita la gran mayoría de la sociedad, puede insistir en sus discursos en el enfrentamiento entre los de arriba y los de abajo, puede prometer que convertirá a las pymes españolas en multinacionales de gran éxito o puede vestirse de populista, e incluso pueden cerrar los ojos y creer que las encuestas de Metroscopia les van a hacer ganar las elecciones, pero es fácil rebatirles con los mismos argumentos que utiliza Farage para desarmar a un tipo que es más antiestablishment que todo el PSOE junto.

Olvidémonos de la retórica: el centro que busca el PSOE no es el de la gente contra las élites, sino el de la ortodoxia económica y la estabilidad de las instituciones existentes. El PSOE ha decidido, con esa apuesta, no pelear por el votante de izquierda, sino por el de centro derecha, lo cual es muy legítimo, pero eso implica cierta coherencia que les debería obligar a dejarse de arriba y abajo, nosotros y ellos, el pueblo y los grandes empresas. Los socialistas han de tener claro que en el espacio que han decidido ocupar sólo hay un rival, el PP, y que van a combatir por los mismos votantes, esos que todavía creen a los partidos institucionales. La novedad es que en ese espacio se está reduciendo, yque si seguimos por el camino de dualización económica, sólo va a quedar sitio para un gran partido. Si hacemos caso a Nigel Farage, el PSOE lo va a pasar mal…

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