¿Es de izquierdas o no? Las líneas maestras del populismo del siglo XXI

El otoño de 2014 es el momento del populismo en Europa, como demuestran las encuestas. Pero lo que no suele contarse es de dónde procede.

Foto: Juan Carlos Monedero, de Podemos,  en el festival Rototom (EFE/Domenech Castelló)
Juan Carlos Monedero, de Podemos, en el festival Rototom (EFE/Domenech Castelló)

Cuando en los últimos años se utilizaba el término "populismo", solía ser como arma de combate discursivo que buscaba la descalificación. "Populismo" designaba con frecuencia a esos políticos que excitaban falsamente la esperanza de las personas, prometiéndoles aquello que no iban a poder darles. También se empleó como sinónimo de viejos fantasmas como el fascismo o el comunismo y, a veces, el PP y el PSOE lo sacaban a relucir para minusvalorar a quienes proponían otros escenarios políticos. Claro que, en última instancia, "populismo" significaba una sola cosa: lo que hacían los demás.

La marea política que está sacudiendo Europa obliga a abandonar el uso tópico del concepto que lo entiende sólo desde lo peyorativo. Hay, sin embargo, muchas resistencias a creer que el Frente Nacional francés, la Syriza griega, el británico UKIP, el Movimiento Cinco Estrellas italiano o Podemos tengan algo en común, e incluso algunas de estas formaciones miran con recelo cuando se las califica así.

Pero movimientos como Podemos son populistas, como bien saben Ernesto Laclau o Íñigo Errejón, y lo son también el partido de Marine Le Pen y el de Beppe Grillo. Desde luego, ocupan posiciones distintas en el espacio político, como afirma Santiago Alba Rico en Podemos seguir siendo de izquierdas, pero comparten una lectura de la realidad política que los coloca en un terreno similar.  

En última instancia, 'populismo' significaba una sola cosa: lo que hacían los demás

Hasta ahora, la variable derecha/izquierda definía a quienes participaban en el suelo electoral, y cada uno de ellos recogía una serie de características y de creencias a las que les obligaba la posición en la que se situaban: según optasen por mayor liberalización o mayor control, más o menos Estado, más o menos gasto social, mayor o menor atención a las minorías y según se pronunciasen respecto del aborto, la memoria histórica, laicismo o el cambio climático, caerían en un lado u otro del espectro político.

Las líneas maestras

El populismo actual es otra cosa, y lo es precisamente porque recoge y actualiza elementos típicos del populismo estadounidense de finales del XIX, ese en el que despuntaron William Jennings Bryan, en el People’s Party, o el Progressive Party de Robert. M. La Follette, y que ha reaparecido recurrentemente a lo largo del siglo pasado, en una forma u otra, en EEUU. La última expresión ha sido el Tea Party.

Las líneas maestras del viejo movimiento giraban sobre cuatro ideas, tal y como son definidas por Michael Kazin en The Populist Persuasion (Cornell University Press):

1. Eran americanos, y parte de esa filiación la otorgaba la defensa de sus normas fundamentales. Ser un patriota significaba, para estos movimientos, luchar por la igualdad ante la ley, por el disfrute de las mismas oportunidades y por el respeto a los derechos reconocidos constitucionalmente. América era una nación asentada en unos valores democráticos que ninguna élite podía reservarse para sí y era una tierra de promesa que, para seguir siéndolo, debía combatir a los aristócratas depredadores y a los ambiciosos que pretendían construir grandes imperios económicos a costa de empobrecer a los demás.

Incluso el asunto del patriotismo, que podría ser el más alejado de los populismos actuales, tiene elementos obvios de conexión con el pasado

2. Estos movimientos no querían representar a un grupo social, sino a la gente en su conjunto. Ellos eran We the people, el pueblo, las personas normales. Eran gente que se ganaba la vida con su trabajo, habitualmente manual, que se veía con todo el derecho a prosperar económicamente y que defendía lo auténtico, lo honesto y lo natural.

3. La gente, the people, encontraba un enemigo irreconciliable en la élite, su perpetua explotadora, a la que define, tanto o más que por su posición económica y social, por sus rasgos de carácter: quienes la integran son condescendientes, artificiales, manipuladores, vagos, y dependientes del trabajo ajeno. No sólo viven de los demás, sino que los miran permanentemente por encima del hombro.

4. Son movimientos, esto es, son grupos que están en marcha, que se presentan para dar batalla, que desafían al poder y que quieren cambiar lo establecido. El ejército en combate, explica Kazin, tenía una esencia, que era salvar las tradicionales nacionales, que eran también y sobre todo las de la democracia y sus instituciones, como el Congreso y los gobiernos locales, que entendían dañados por la acción de las élites.

La conexión entre el viejo y el nuevo populismo

Quienes analicen el asunto con una mirada reduccionista, probablemente no vean demasiadas similitudes entre el viejo populismo y el moderno, pero lo cierto es que las claves están ahí. El eje político elegido por los partidos populistas del siglo XXI se articula a partir de estos cuatro elementos: la presencia de una casta que vive del trabajo de los demás (ya sea la burocracia de Bruselas para UKIP o el Frente Nacional, las élites económicas para Podemos o los políticos de los grandes partidos para todos ellos), la defensa del conjunto de la gente y no de fracciones de ellas (no es izquierda contra derecha, sino el 99% contra el 1%) y el carácter de movimiento que pretende cambiar lo establecido (Ada Colau: hay una rebelión democrática en curso) definen el lugar que han escogido para hacer política los partidos emergentes mucho más que las claves discursivas que funcionaron en las últimas décadas del siglo XX. 

Ese nuevo eje hace compatibles planteamientos que antes eran de centroderecha con los de izquierda

Incluso el asunto del patriotismo, que podría ser el más alejado de los populismos actuales, tiene elementos obvios de conexión con el pasado. De las dos claves del patriotismo democrático de los populismos del siglo XIX, cada formación actual ha elegido una para situar su acento. El Frente Nacional y el UKIP insisten en la primera parte de la ecuación, en ese ‘nosotros’ fuerte vinculado a una bandera y a unos teóricos valores nacionales, mientras que otras formaciones, como Podemos, insisten en la segunda parte, la de la defensa de los valores igualitarios y democráticos. Eso es lo que hace que Juan Carlos Monedero pueda declarar que "mi modelo de España es un pueblo harto de que lo saqueen los de siempre”. Ese nuevo eje no sólo resitúa a los partidos que estaban operando hasta ahora en el mismo espacio, convirtiendo a PP y PSOE, a los ojos de mucha gente, en formaciones que combaten por los mismos votos, sino que permiten nuevas combinaciones de los viejos temas, haciendo compatibles planteamientos que antes eran de centroderecha con los de izquierda.

Esa nueva vertebración de su discurso es la que les ha dado un lugar principal en la política. El populismo está de vuelta, y parece que será protagonista en la Europa de los próximos años.

Postpolítica

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