El único problema que debe solucionar Podemos (y no, no es el interno)

Hay tensiones en Podemos, pero sería una sorpresa que el equipo gestor no supiera ponerles fin. La cuestión que deben resolver es otra, y muy distinta

Foto: Bescansa, Errejón, Iglesias, Monedero y Alegre, en el Palacio Vistalegre (Daniel Muñoz)
Bescansa, Errejón, Iglesias, Monedero y Alegre, en el Palacio Vistalegre (Daniel Muñoz)

Ha habido últimamente momentos de tensión en Podemos, que seguirán sucediéndose estos días al hilo de cuestiones internas. Las diferencias, en ocasiones sustanciales, entre la propuesta SumandoPodemos y la de la promotora, y el asunto de la votación en bloque de los documentos, son un núcleo de problemas aún no resueltos que, sin embargo, no parecen suficientes para sofocar el calor emanado de la asamblea del pasado fin de semana. Su brillante puesta en escena y el fervoroso respaldo de sus fieles subrayaron que Podemos posee opciones reales de convertirse en una fuerza política decisiva en el orden institucional español.

Pero, para llegar a eso, tiene que manejar adecuadamente algunas claves y la interna dista mucho de ser la más importante, porque sus problemas no están dentro sino fuera (y porque si no supieran manejar esta minicrisis, mal podrían manejar muchos mayores retos). Sus dirigentes son conscientes de que esta es una ocasión única para situarse en la escena política, que tienen el viento a favor, y que el rápido y sorprendente crecimiento de la formación no tiene visos de parar.

Si la formación de Pablo Iglesias se frena en su crecimiento, el caudal del descontento quedará disponible para otros partidos

Ese contexto favorable, sin embargo, arrastra lastres poderosos, como son la necesidad de tomar decisiones con premura, lo que se ha dejado sentir en el apresurado proceso de construcción interna, y a la necesidad de quemar etapas muy rápidamente. Su meta está en las elecciones generales, y para entonces deben ser, como mínimo, el segundo partido político en España si quieren estar a la altura de sus promesas. El segundo problema es que Podemos está capitalizando el descontento, pero no con votantes suyos. Si la formación de Pablo Iglesias queda frenada (ni siquiera es necesario que se desinfle…), todo ese caudal estará disponible para otros partidos, nuevos o viejos, ya vengan desde el lado de un Albert Rivera o desde la extrema derecha. Una situación complicada como la que estamos viviendo en España genera inevitables transformaciones políticas y alguien sacará partido de ellas.

Los discursos vedados a Podemos

Por lo tanto, Podemos, para conseguir sus metas, debe correr organizativamente, y sobre todo, debe darse prisa a la hora de fraguar discursos de mayorías. La reivindicación de la centralidad en el tablero que realizó Pablo Iglesias en la asamblea del pasado fin de semana es un ejemplo de ambas cosas. Pero esa tarea no es fácil, porque les quedan muchas cuestas por subir y porque tienen algunas puertas cerradas. Hay discursos políticos exitosos en nuestra época, que han probado su eficacia en diferentes terrenos, que le están vedados a Podemos. Por ejemplo, el patriotismo, que en un mundo global ha sido muy útil a formaciones como la de Marine Le Pen, pero también a la de Hugo Chávez, es algo que Podemos no puede hacer valer aquí por la misma configuración de la realidad nacional española; tampoco pueden mantener un discurso antinmigración, como el del UKIP, o uno de regulación controlada, como el de algunos partidos europeos, porque su tradición de izquierdas es favorable a ella; y no pueden atacar a Bruselas de una manera frontal, porque la intención última no es la de salirse de la UE, como pretenden los populistas británicos, sino cambiarla.

Sólo hay una cosa que, en realidad, puede apartarles del éxito, y son los errores que cometan

Pero si no cuenta con esos elementos discursivos, tan populares en nuestra época, y que han sido utilizados por las formaciones más cercanas a la derecha, tampoco le es posible utilizar instrumentos que eran típicos de la izquierda para tener una presencia social que le garantizase alcanzar a las mayorías. Podemos carece de un sindicato cercano a ellos, (y las formaciones sindicales mayoritarias actuales distan mucho de darles su apoyo) y el mundo de la cultura tampoco está hoy de su lado.

Así descrito, el panorama parecería muy complicado para el partido de Pablo Iglesias y más si le sumamos los problemas internos. Sin embargo, la realidad es otra: son la fuerza emergente, no parece que vayan a tener freno a corto plazo y están en el carril para convertirse en una poderosa formación política. Por más que algunos de ellos les vinieran bien, no son los factores descritos los que pueden sacarles del camino. En realidad, sólo hay una cosa que puede frenarles, y son los errores que cometan. Si no se equivocan, bastará con que se dejen llevar por los vientos de la época para seguir creciendo. Ha ocurrido en toda Europa, donde hay fuerzas consolidadas, desde el Frente Nacional francés hasta Syriza pasando por el UKIP, que han experimentado un auge similar, por lo que sería absurdo pensar que en España iba a ocurrir de otra manera.

Llegando al centro

Hasta ahora, el panorama para Podemos ha sido muy cómodo, porque les ha bastado subrayar los errores ajenos y las contradicciones del sistema: desde la corrupción hasta la mala gestión de las distintas crisis, la formación de Pablo Iglesias ha recibido un buen cargamento de munición gratuita, con lo que les ha bastado poner negro sobre blanco brechas y disfunciones (algo que otros partidos podían haber hecho y no hicieron) para ganarse a buena parte de una población española harta que demanda una transformación sustancial de nuestras estructuras políticas y económicas.

El deterioro español no es sólo institucional: vivimos tiempos en los que el malestar y la insatisfacción recorren la vida cotidiana

Pero ganar la centralidad supone una tarea mayor que la de meter el dedo en la llaga. Implica, sobre todo, tejer un discurso empático en el que la mayoría de los votantes, la mayoría de la gente, pueda reconocerse. Quienes han ganado unas elecciones a partir de la esperanza en el cambio, ya sea el primer Obama en EEUU o el primer Hugo Chávez en Venezuela, articularon un discurso que conectó con la mayoría de su población y que iba mucho más allá de subrayar las disfunciones del sistema. La capacidad de comprensión de las clases medias estadounidenses o de las aspiraciones de las clases populares venezolanas que uno y otro supieron desarrollar fue la clave de sus triunfos, el elemento emocional y social que ayudó a que toda la tarea realizada hasta entonces funcionase.

Una vida complicada

A Podemos aún le falta eso si pretende llegar a lo más alto, pero tiene mucho a favor. El deterioro español no es sólo institucional. Vivimos tiempos en los que el descontento y la insatisfacción recorren la vida cotidiana, y el mundo del empleo y del consumo son buenos ejemplos. Y son importantes, porque construyen nuestro día a día mucho más que el contexto político. El trabajo es un entorno complicado ahora, y no sólo por la precariedad y por la falta de ofertas laborales. La presión que los accionistas realizan sobre las empresas para que ofrezcan una rentabilidad elevada y cortoplacista está introduciendo contradicciones poderosas en su gestión, y afectando a una plantilla que en todos sus estratos se ve sometida a sobrecarga y a malas condiciones de realización del trabajo, dando como resultado niveles muy bajos de calidad. En ese contexto, los problemas de reconocimiento son constantes, y la inseguridad laboral ejerce una notable tarea de desagregación, aislando aún más a empleados cada vez más individualizados.

La mayoría de la gente, que pertenece a la clase media, vive al mismo tiempo una crisis de expectativas y una crisis de estabilidad

Si se sale fuera de las grandes empresas y del empleo asalariado, las cosas no mejoran, porque los autónomos viven en una carrera por la subsistencia que les lleva a dedicar muchas más horas de las recomendables a ganarse la vida, algo que también les ocurre a los pequeños empresarios, y eso en el caso de que tengan la suerte necesaria, unos y otros, como para seguir subsistiendo, porque las condiciones de funcionamiento del mercado actual les resultan claramente perjudiciales.

Las cosas no mejoran en otros ámbitos, como en el del consumo y el de los servicios. Los usuarios de los transportes públicos o de la sanidad, pero también de servicios gestionados por empresas privadas, como la luz, el gas o la telefonía, están notablemente insatisfechos, y se sienten a menudo desamparados en sus reivindicaciones.

Ganar las elecciones: el discurso de la empatía y de la esperanza

Si en ese contexto de descenso de los recursos para la subsistencia, y de deterioro en prestaciones y servicios, vemos cómo hay gente que se lleva el dinero de forma ilegítima o cómo algunos se las apañan para vivir de fábula a costa del erario público, es fácil que la indignación se multiplique, y que acabemos situando en la crisis institucional el destino de nuestras iras. Pero lo cierto es que el malestar proviene de otros lugares.

La mayoría de la gente, que pertenece a la clase media de un modo u otro, por condiciones materiales o por autopercepción, no sólo vive una crisis de expectativas, porque las promesas que se les hicieron no se convertirán nunca en realidad, y una crisis de estabilidad, porque carece de la seguridad que necesita para organizar su trayectoria biográfica, sino una crisis de cotidianeidad, porque día a día ve cómo las cosas que le rodean funcionan peor. Si se entiende ese contexto, es fácil articular un discurso desde el cual generar empatía y emitir esperanza, el mejor modo de acercarse a una mayoría social desorientada y desencantada. La tarea no se limita, por tanto, a insistir en los malestares y en culpar a los dirigentes actuales, sino que hay que dar sentido a lo que se está viviendo. Le Pen y Farage lo hacen de una manera, y Chávez y Obama lo hicieron de otra, pero todos transitaron por este camino para llegar a la mayoría de la gente, esto es, a la centralidad. Y quien quiera ganar las elecciones en España, cualquiera que sea la formación a la que pertenezca, también deberá hacerlo.

 

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