¿Le importa a alguien Franco hoy? Sí, hay un colectivo que no deja de tenerlo en mente

El activismo de izquierdas y su fascinación por la Transición es un elemento peculiar de la nueva política, que revela aspectos importantes sobre lo que llamamos innovación

Foto: Franco, con su mujer, Carmen Martínez Bordiú y Alfonso de Borbón.
Franco, con su mujer, Carmen Martínez Bordiú y Alfonso de Borbón.

La Transición vuelve a estar de actualidad, y de un modo insospechado. Era un asunto periódicamente analizado durante las décadas posteriores a la muerte de Franco, casi siempre para subrayar lo ejemplar que resultó el paso de un sistema político a otro y lo bien que lo encajamos los españoles. Tiempo después se convirtió en una muestra de la altura de miras de sus participantes, políticos muy denostados pero que con el paso de los años se volvían personas modélicas (“no como los de ahora”), para finalmente convertirse en un recuerdo del pasado demasiado lejano para las nuevas generaciones y demasiado conocido para las mayores.

Cuando falleció Adolfo Suárez el asunto estaba en sus horas más bajas: desde luego, existieron los lógicos reconocimientos institucionales, los homenajes a su figura, que lo eran a toda una época, y las alabanzas en múltiples medios de comunicación, pero fue una tendencia que tuvo escaso apoyo en la calle, muy metida en cuestiones más cotidianas, como la crisis económica y el futuro negro que se avecinaba, como para darle demasiada relevancia a una época que poco tenía que ver con la nuestra.

La Transición ha constituido para los activistas una escena primordial a la que siempre regresan, como si quisieran solucionar ahora lo que dejaron pendiente

Además de los columnistas oficiales, el otro colectivo que respondió de manera entusiasta a esa conmemoración fue el de los activistas, particularmente los de izquierdas. La Cultura de la Transición se convirtió en un término muy popular en esos ámbitos, que luego reformularon como Régimen del 78, y buena parte de sus debates tenían que ver con temáticas de ese orden, hasta el punto de que las jornadas en que se anunció la candidatura de Podemos a las europeas fue dedicada casi monográficamente a ese tema. La cosa no quedó ahí, porque el activismo, y buena parte de la gente de Podemos, continúa fascinada con ese tiempo. No hay más que leer el ensayo de Juan Carlos Monedero, 'La transición contada a nuestros padres' (Ed. Catarata), el apoyo que se ha prestado a “El cura y los mandarines', de Gregorio Morán, la insistencia con la que los tuiteros activistas regresan a esa época o la entrevista que Pablo Iglesias realizó al historiador Juan Andrade en 'Otra vuelta de tuerca' (que parecía un espacio construido para que el líder de Podemos reflexionase en voz alta sobre ese periodo), para entender que aquello constituyó para cierta izquierda una suerte de escena primordial a la que siempre regresan, como si pretendieran solucionar ahora lo que entonces se dejó pendiente. Lo llamativo es que esta vuelta al pasado es a la que han llamado innovación en la política.

 

La gentrificación de la política

Hay un colectivo que ha hecho algo similar, y con notable éxito, en los años precedentes, el de los hipsters, donde viejas y desprestigiadas formas de consumo se han convertido, tras su reformulación (a través de la ironía, de la celebración naif de la adolescencia o de un primitivismo lúdico) en las modas del presente. El gusto por lo vintage en moda y mobiliario, la reactualización de estilos musicales, la revalorización de bebidas antaño casi exclusivas de la clase obrera, como el gin tonic, o la conversión de barrios deteriorados en espacios urbanos de moda subrayan este juego entre pasado y presente que los ha definido.

Los hipsters han seguido la lógica de la innovación descrita por Boris Groys, para quien lo nuevo no se constituye a partir del descubrimiento de lo que estaba escondido o haciendo comparecer lo que nunca habíamos pensado, sino transmutando el valor de algo que era visto y conocido desde siempre. Aquello que era considerado profano, extraño, primitivo o vulgar se higieniza y reaparece en el primer plano cultural, cobrando un valor inesperado.

Hipsters y activistas comparten la atracción por el pasado, que funciona como un archivo del que van extrayendo elementos para su reactualización

Lo paradójico del mundo activista, el de la innovación en la política, es que buena parte de sus prácticas han consistido en esa misma operación, la de traer al primer plano aquello que estaba escondido o que ya había sido semiolvidado, dándole una nueva vida. Pero para ello se han visto obligados a realizar una operación de gentrificación insistente. Los asuntos que han puesto en la agenda han consistido en la actualización de las viejas constantes de la izquierda minoritaria, a las que han dotado de nuevos argumentos y de nuevos ropajes, en una revitalización de lo antiguo semejante a la vivida en el mundo hipster.

Franco, ese hombre

Como he expuesto en 'Nosotros o el caos' (Ed. Deusto), la apuesta por la diferencia estética del hipster y su búsqueda de lo no asimilado es llevada un paso más allá en el mundo activista, cuyos códigos estéticos acentúan la no pertenencia al orden común. El gusto hipster por lo diferente, lo exótico y lo no contaminado aparece con tanta o más intensidad en el activismo y en su promoción de las músicas del tercer mundo, del hip hop y de la fusión, si nos referimos al ámbito cultural, o en su defensa radical del otro (inmigrante, homosexual, mujer), si nos ceñimos al político. La defensa de los 'ninis' como posibilidad de futuro, como entorno típico de clase obrera que es necesario activar políticamente, nace de esa misma fijación.

Pero de todos estos elementos el más peculiar es la atracción por el pasado, que en ambos entornos funciona como un archivo del que ir extrayendo elementos para reactualizar. El entorno hipster suele buscar en la caja asuntos culturales y el activista cuestiones políticas, pero ambos han encontrado en los viejos tiempos una suerte de escena primordial que les sirve de alimento.

El resultado de lo nuevo es un peculiar conservadurismo en el que las propuestas son más una forma de parálisis o de involución que de avance

En ese contexto, Franco es un elemento utilísimo, porque les sirve para reformular el pasado de la manera en que creen que debió haber sido realizado en su momento, haciendo chistes o contando historias que habían sido olvidadas, satirizando su figura o desvelando aquello que se ocultó, o subrayando la conexión estrecha entre el régimen que se iba y el que llegaba. Es como si tratasen de llevar a cabo un necesario ajuste de cuentas con lo que los suyos no hicieron cuando debían haberlo hecho.

El problema de esto, para la izquierda, no es su realización, sino el placer con que insisten en sacar a relucir a Franco, a la Transición y a sus figuras. No sólo se trata de que estén situando en el centro de su lectura política asuntos de los que la gente está ya bastante alejada, sumida en problemas cotidianos bastante más urgentes, sino que de persistir en esta tendencia, el resultado de lo nuevo es un peculiar conservadurismo en el que las propuestas constituyen más una forma de parálisis o de involución que de avance. Los tiempos están cambiando sustancialmente, pero parece que, de un lado y de otro, nos empeñamos en seguir utilizando esquemas que cada vez son menos útiles para nuestra realidad cotidiana. Y para nuestro futuro.

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