La guerra en los medios entre el PP y Podemos: su verdad y sus efectos

Lo definen como un conflicto cultural, pero es más una campaña negativa en la que se ataca a los oponentes a partir de sus características personales. Y a los dos les viene muy bien

Foto: Mariano Rajoy recibe en Moncloa a Pablo Iglesias. (Reuters)
Mariano Rajoy recibe en Moncloa a Pablo Iglesias. (Reuters)

Lo hemos presenciado en muchas ocasiones y nos queda mucho tiempo de sufrirlo. Se puso de moda entre la derecha estadounidense en los tiempos de Reagan, se recrudeció durante la presidencia de Clinton, y con Bush hijo llegó a un momento de auge que han ido prolongando sucesivos candidatos republicanos. Aquí lo importó Aznar, fue el centro de la resistencia contra Zapatero, y ahora está siendo aplicado contra Podemos.

Hay quienes lo llaman guerras culturales, pero lo cierto es que están mucho más cerca de las campañas negativas que de aquel enfrentamiento entre visiones distintas de las costumbres sociales que Daniel Bell describió en 'Las contradicciones culturales del capitalismo'. El economista Albert O. Hirchsmann definió bien las características esenciales de la retórica conservadora, que señalaba a los opositores como ineficientes, cegados por la ideología y peligrosos para la estabilidad, y son instrumentos de combate que en España, y en particular por el PP, se han utilizado repetidamente. En buena medida, gracias a su ventaja discursiva, ya que eliminan la necesidad de argumentar: basta con colocar un calificativo en la frase para desprestigiar lo que el oponente propone. Pero estamos viviendo una nueva expresión de esa estrategia, particularmente activa en los últimos tiempos, y que juega en el mismo plano, como es la de descalificar al oponente, pero dándole una vuelta de tuerca: ahora el centro de las críticas es la personalidad de los rivales.

Los argumentos políticos han sido sustituidos por las críticas ligadas a la personalidad de los oponentes

Eso es lo que hemos estado viviendo en esta guerra mediática entre el PP y Podemos los últimos meses, y que tuvo un momento de esplendor la semana pasada. Lo que se censuró con las acciones en el Congreso giró siempre alrededor de lo personal: la suciedad de las rastas, el postureo de los juramentos, la utilización del niño de Bescansa (“no le hace falta, ella tiene dos criadas”), la procedencia social de sus dirigentes (“ninguno es pobre”), el oportunismo de las acciones (“llevaban todo planificado, lo tenían escrito en un guion”) y tesis similares subrayaban cómo los argumentos políticos habían sido borrados por las descalificaciones ligadas a las características físicas, a la ambición o a la falsedad tacticista de los seguidores de Iglesias.

El diputado de Podemos Alberto Rodríguez pasa ante el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. (EFE)
El diputado de Podemos Alberto Rodríguez pasa ante el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. (EFE)

Como ya ha sido dicho, esta clase de ataques suele favorecer a quienes los sufren cuando, como es el caso, se centran en aspectos secundarios y, en el fondo, banales. Le sucedió a Carmena, cuando se censuró que se fuera de vacaciones y pagara de su bolsillo una cantidad más elevada que la que una familia media destina a alquilar una vivienda o, rozando lo absurdo, que supuestamente arrancase una flor protegida. En nada minaron su popularidad; más bien dejaron al descubierto a quienes se ensañaron con ella, y eso generó mayores simpatías entre posibles electores de la alcaldesa.

Demasiada soberbia

Podemos ha reaccionado a esta clase de ataques con satisfacción, sabedores de la ventaja estratégica que les procuran, pero también con orgullo, convencidos de que estas críticas, que entienden inscritas en una dinámica de guerra cultural, son la señal de que las costumbres están cambiando y de que su discurso está penetrando intensamente en la sociedad: son la prueba definitiva de que van ganando batalla tras batalla en la transformación definitiva de España.

Podemos cumple en el discurso de la derecha la misma función negativa que Inda y Marhuenda en las tertulias del sábado noche de La Sexta

El problema del núcleo de Podemos es que se está tomando demasiado en serio su propia perspectiva. Desde su visión, todo se resume en que por fin en el Parlamento hay lugar para gente de la calle, personas que vienen del activismo, de los desahucios, de la juventud sin futuro, de Rodea el Congreso o de las casas okupadas, y eso molesta particularmente a los reacios al cambio, a un conjunto de señoritos que odian que la gente común penetre en sus espacios. Cada respuesta hostil de la derecha les ratifica en sus creencias, y tienden a pensar que, efectivamente, la sociedad es como ellos. Y ese es un primer error, porque les está procurando simpatías, pero no identificaciones profundas, ya que gran parte de quienes les votan son funcionarios o jóvenes precarios de clase media, y no pasados o futuros activistas.

Marhuenda es a la izquierda lo que Podemos es a la derecha. (EFE)
Marhuenda es a la izquierda lo que Podemos es a la derecha. (EFE)

El segundo consiste en no saber identificar el papel que se les ha atribuido en esta política reconvertida en espectáculo para los medios. Porque para otra parte de la sociedad, que hoy es mayoritaria si nos fijamos en el número de votos, los miembros de Podemos cumplen en la política la misma función negativa que Inda y Marhuenda en las tertulias del sábado noche de La Sexta. Ambos periodistas son el elemento en torno al cual pivota el programa, y por eso están permanentemente sentados en todos los debates; hacen subir la audiencia, pero están ahí para generar salidas de tono, para soliviantar a los oponentes, para que el espectador progresista se enerve con una derecha atrasada. Esa es la clave de su éxito en ese espacio, y lo tienen y mucho. 

La apuesta de Podemos por las acciones televisivas tiene que ver con su creencia de que la batalla política se gana con lo simbólico y lo imaginario. Y no es así

Podemos juega un papel similar en el discurso mediático de la derecha, puesto que les ha convertido en el centro de un espectáculo que consiste en exhibirles como el núcleo de los problemas de nuestra sociedad (gente que ha vivido y quiere vivir del cuento, totalitarios bolivarianos, cínicos arribistas, etc.). A los de Iglesias no les importa, porque les funciona, pero debería importarles: lo que no tienen en consideración es que la posición que les atribuyen acaba siendo, si se utiliza durante mucho tiempo, especialmente débil si se quiere llegar a las mayorías. La misma trayectoria de Inda y Marhuenda lo demuestra, ya que han quedado confinados en nichos de fieles que les alaban profusamente, pero carecen del prestigio que les permitiría convertirse en referentes de públicos más amplios.

El nuevo eje del mal

Las figuras populares negativas son especialmente útiles en nuestra sociedad, también para quienes las encarnan, porque gozan así de la visibilidad masiva que necesitan para que todo el mundo conozca su existencia. De Charlie Sheen a Miley Cyrus, desde los participantes en 'Mujeres y Hombres' hasta los de 'Gran Hermano', hay numerosos ejemplos de personajes que se han convertido en especialmente populares gracias a esa retransmisión continuada de sus disfunciones personales. El problema es cuando se creen el papel y piensan que será algo permanente.

Hay bastante de esto en Podemos; su apuesta por las acciones llamativas y fácilmente transmisibles (el regalo de 'Juego de Tronos' al Rey, la sobrecarga de simbolismo en su puesta de largo en el Congreso) tiene que ver con su convicción en que la pelea política la gana la visibilidad. Su apuesta por utilizar muchos significantes (el pueblo, la verdadera patria, la gente) sin profundizar en los contenidos es deudora de esta posición. Su seguridad en que lo simbólico y lo imaginario son los elementos principales del éxito es la típica que ha llevado al fracaso a muchos proyectos (económicos, empresariales, profesionales), precisamente porque es un camino cuyo recorrido se agota rápido. Jugar la baza de lo imaginario solo funciona si eres David Bowie y eres capaz de dar giros frecuentes a tu mensaje que te mantengan en lo alto de la ola, y no parece el caso.

Ambas propuestas, una por la vía de la descalificación, otra por la de preeminencia discursiva, llevan al mismo camino: la ausencia de debate político

Pero es difícil que tanto PP como Podemos entiendan que esta estrategia les resulta perjudicial, porque se ha convertido en un arma muy pragmática para ambos. Esa hostilidad cruzada termina por retroalimentarse: cuanto más ataca uno al otro, más se ven reforzados; cuanto más intensa es la guerra entre PP y Podemos, más votos ganan ambos. Cuando los dos partidos están fuertes, ese cruce de tensiones les viene especialmente bien. Esa fue la esencia de la estrategia del PP cuando Podemos inició su trayectoria, ya que entendió que le permitía cobrar dos piezas a la vez: la pelea con Iglesias suponía enfrentarse a un enemigo más cómodo de manejar discursivamente (generaba más miedo en sus electores que Pedro Sánchez), y permitía invisibilizar al resto de partidos.

Pero para tener algo de perspectiva, deberíamos volver al inicio, ese en el que subrayábamos que las guerras culturales se han caracterizado en los últimos tiempos por convertirse en campañas negativas destinadas a erosionar la imagen del adversario mediante críticas a su personalidad. O dicho de otro modo, lo que las define es hacer desaparecer los debates, las propuestas y los argumentos políticos del suelo público. Ambas propuestas, una por la vía de la descalificación, otra por la de la preeminencia discursiva, llevan al mismo camino. Y eso le conviene a Podemos, porque quieren jugar en ese terreno para hacer valer las tesis de Laclau, y porque su capacidad de transformación real si llegaran al Gobierno sería escasa, dado que el escenario en que se toman las decisiones no es el nacional; y también al PP, porque le sirve para centrar el debate en otra cosa que no sea la corrupción, sus promesas electorales fallidas y sus errores en aquello en lo que prometían ser expertos, la gestión técnica.  

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