Las élites no han aprendido nada (Blesa, Rato y Urdangarin lo celebran)

Creíamos que las experiencias recientes iban a provocar que el sistema corrigiese sus disfunciones. En absoluto: comete los mismos errores, pero con la gente más crispada

Foto: Rato y Blesa, durante el juicio de las tarjetas 'black'. (Reuters)
Rato y Blesa, durante el juicio de las tarjetas 'black'. (Reuters)

Usualmente, juzgamos un sistema a partir de sus grandes rótulos, lo cual nos permite hacer afirmaciones rotundas, estilo "la democracia es buena y la dictadura mala”. Pero hay otra forma de analizar las sociedades, a menudo tan importante como la otra, y fijándonos en su capacidad de autorreflexión, esa que permite corregir los errores, subsanar las disfunciones y asegurar que las bases explícitas del sistema, sus ideas centrales, no se alejen demasiado de sus prácticas.

Desde esa perspectiva, confrontando sus conceptos nucleares y la realidad efectiva, nuestro sistema no resiste el análisis. Solo en los últimos días, hemos visto noticias de lo más dispar que así lo subrayan: en un contexto en el que la población española está harta de la corrupción, hemos sabido que el fiscal superior de Murcia ha sido amenazado para que no siguiera investigando; que las casas de dos funcionarios anticorrupción han sido allanadas tres veces en seis meses, o que el presidente de la comunidad murciana se niega a dimitir a pesar de estar imputado en una causa por corrupción.

También se ha dictado la sentencia del caso Nóos, que absuelve a la infanta y que permite la libertad con fianza de los condenados, y la del caso de las tarjetas 'black', que se ha resuelto con una condena de cuatro años y seis meses a Rato y de seis años a Blesa. Mientras, a un rapero le han impuesto tres años y medio de cárcel por una canción y el fiscal del caso solicita dos años y seis meses de prisión a una estudiante por hacer chistes sobre Carrero Blanco.

Pensábamos que los años recientes habían enseñado a nuestras élites alguna lección referida a las líneas rojas que no deben cruzarse. No es así

Parece un sinsentido. Y nos causa la sensación de que algunas prácticas muy nocivas no se castigan y otras, socialmente menos relevantes, son sancionadas en exceso. Lo cual mina enormemente la credibilidad de las instituciones. La gente parece pensar, y con cierta razón, que si fuera al revés y un poderoso calumniase en una canción a un ciudadano desconocido (como usted mismo) y el dinero que hubiera desaparecido fuese de los ricos, las cosas serían muy distintas: las afrentas verbales no tendrían sanción y las pecuniarias conllevarían muchos más años de cárcel.

Todo es peor

También pensábamos, equivocadamente, que los años recientes habían conseguido que nuestras élites aprendieran alguna lección referida a las líneas rojas que no deben cruzarse. No ha sido así, en casi ningún sentido. Acabamos de conocer que, según la CNMV, y a pesar de los escándalos con las 'subprimes' y las preferentes, los bancos siguen utilizando malas prácticas en la venta de los fondos de inversión. Sus investigaciones, realizadas a través de lo que llaman 'mistery shopping', han demostrado irregularidades graves.

Y a mayor escala, las cosas son aún peores: Wall Street no ha aprendido nada de la crisis, el entorno financiero mundial continúa con sus mismas apuestas desaforadas y promoviendo la desregulación, algo que están consiguiendo con Trump. A la industria financiera le va genial, y a grandes entidades como Goldman Sachs, aún mejor; a nosotros, no tanto.

El cortoplacismo causará mucho daño a las empresas. Pero será dentro de un tiempo, cuando los accionistas y los directivos ya no estén allí

Tampoco en el mundo productivo las noticias son buenas. La mayoría de las empresas, que reaccionaron a la crisis implantando el cortoplacismo, han seguido con estas técnicas una vez que lo peor de la recesión ha pasado. McKinsey ha publicado un informe que critica este modo de gestión para el que extraer la máxima rentabilidad es prioritario: en un momento en que los accionistas son dados a marcharse de las firmas, ofrecerles más dividendos o recomprar acciones se convierte en usual, en una suerte de caramelo para los inversores con el objetivo de invitarles a que no se marchen. Eso lleva a que la inversión se reduzca, a que la innovación desaparezca, a que las plantillas se acorten y a que los productos o servicios sean de peor calidad, lo que dañará a la firma. Pero eso será dentro de un tiempo, cuando los accionistas y los directivos ya no estén allí.

Estallidos populistas

Este conjunto de acontecimientos no está reunido aquí por azar: estas malas prácticas dieron lugar a la crisis. Al principio de la misma, la tesis de que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades fue más o menos asumida por buena parte de la población, pero conforme fue pasando el tiempo, el descontento giró su foco hacia los políticos corruptos. No pueden entenderse los estallidos populistas sin ese malestar frente al sistema que encontró su máxima expresión en los dirigentes que habían estado llevándoselo sin rubor. Pero ahora ya no estamos en ese momento, porque ha habido notables cambios desde los dos últimos años, que han empeorado las cosas.

Las élites son conscientes de los riesgos, pero no se mueven ni un ápice de sus postulados, esos mismos que provocan que los riesgos aumenten

Donde las amenazas de los nuevos partidos han sido sofocadas, como vemos en España, se está empezando a actuar como si nada hubiera pasado, por lo que se repiten los males, solo que con la gente mucho más harta; en otros lugares, como en EEUU, parte del 'establishment' ha apostado por nuevos jugadores, y ha contribuido a que Trump tomase el poder. Y en otros países, como Francia, el temor a que Le Pen llegue al poder ha hecho que se apoye a actores como Macron, ni muy de derechas ni muy de izquierdas, con la esperanza de que canalice los votos sistémicos.

Hipótesis increíbles

Lo sorprendente es que, en ninguno de esos casos, la amenaza latente ha provocado que las disfunciones se corrijan. Las élites son conscientes de los riesgos, pero no se mueven ni un ápice de sus postulados, esos mismos que provocan que los riesgos aumenten. Esa enorme ceguera opera en diferentes terrenos, todos interrelacionados. Como señala Paul Romer, economista jefe del Banco Mundial, los preceptos teóricos que rigen nuestro sistema económico “emplean hipótesis increíbles para llegar a conclusiones desconcertantes”. Lo cual es peligroso, porque no hablamos de modelos abstractos que funcionan en el vacío, sino de ideas que tienen una aplicación real, directa y concreta en nuestras vidas.

Alemania ha registrado su mayor superávit en 25 años a costa de que a otras zonas de la UE les vaya peor. Si quisieran avivar el fuego del populismo anti Unión Europea, no podrían hacerlo mejor

Esas creencias son también las que están propagando ese populismo que tanto temen de manera indirecta. En la medida en que provocan que la sociedad se bifurque, haya más gente en situación de inseguridad permanente, que la clase media caiga y que las clases con más recursos tengan aún más, el descontento que antes se focalizaba en los políticos abarca ahora al 'establishment' entero, y busca antes que nada un cambio significativo, cuando no radical, en el orden político. El populismo de derechas está siendo exitoso porque se aprovecha de este malestar, le otorga una dirección y un sentido, y señala a unos enemigos.

Los verdaderos antisistema

Lo peculiar es que, para combatir los populismos, nuestras élites han elegido un camino absurdo. No solo han tratado de criminalizar a sus votantes, sino que han acelerado la implantación de las políticas económicas que han provocado el éxito populista. Lo de Merkel, Schaüble y los suyos es paradigmático: el Reino Unido se marcha, Grecia amenaza con revolverse, Francia puede estar a unas elecciones de salir de la UE y todo lo que se les ocurre hacer es lo mismo que hacían. El resultado es evidente: Alemania ha registrado su mayor superávit en 25 años, a costa de que a otras zonas de la UE les vaya peor. Si quisieran avivar el fuego del populismo anti Unión Europea, no podrían hacerlo mejor.

Quizá fuera una convicción algo ilusa, pero muchos creíamos que cuando el sistema carece de capacidad de autocorrección, que surgieran fuerzas potentes en su contra que hicieran evidentes las disfunciones iba a provocar que el 'establishment', ante la amenaza, cobrase conciencia y girase el rumbo. Parece que no es así. Y eso es una de las cosas peores que se puede decir de un sistema. De modo que quizá la existencia de un Podemos duro o de una Le Pen rupturista sea más precisa que nunca. Habrá gente que piense que esta afirmación es antisistema, pero desde luego lo es mucho menos de lo que están siendo las élites. Se avecinan tiempos revueltos, pero cuando las élites se comportan así, ninguna otra cosa es esperable.

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