Hablemos en serio: Cataluña no se puede ir y el PP está cometiendo un gran error

Casi todos los análisis que nos cuentan lo que está ocurriendo los días previos al 1-O evitan una cuestión esencial, la imposibilidad de la secesión en estos instantes

Foto: Concentración ante el Palacio de Justicia de Barcelona. (EFE)
Concentración ante el Palacio de Justicia de Barcelona. (EFE)

Va siendo hora de que hablemos en serio de la independencia de Cataluña y del referéndum del 1-O. Hay muchas opiniones acerca de lo que se está haciendo bien y mal; unos afirman que por fin se ha actuado con mano dura frente a quienes quieren quebrantar la ley, otros hablan de regreso al franquismo, hay quienes aseguran que es una torpeza tratar como un asunto legal lo que es una cuestión política e incluso, aunque se les escuche mucho menos, hay quienes abogan por el diálogo. Reflexiones todas que cuentan con un montón de seguidores que las repiten con insistencia sin ponerse ni por un momento en el lugar del otro.

Pero a menudo, a la hora de debatir sobre el monotema, se pasa por alto un aspecto esencial que determina por completo el resultado del 1-O. Ya hemos señalado en otras ocasiones que Cataluña no puede ser independiente el 2-O porque carece de ese gran apoyo social que precisaría, y porque tampoco cuenta con algo indispensable, como es el respaldo exterior.

Afirman que el 1-O puede ser clave para la independencia de Cataluña. No es así; de momento y durante un largo tiempo, no puede marcharse

Lo explicaba hace un par de días Josep Ramoneda en un fino y certero artículo: “Para soñar con la ruptura unilateral se necesitan tres condiciones: mayoría electoral amplia, apoyo internacional y capacidad insurreccional. No se dan ahora mismo”. Así es: hacen falta tres cosas y los soberanistas no tienen ninguna, con lo que toda posibilidad de independencia queda clausurada en este momento. Y eso sin entrar siquiera en que la consulta carece de las garantías imprescindibles para que fuera considerada como válida.

No era tan complicado

Es importante subrayar esto porque unos y otros insisten interesadamente en que estamos en un escenario abierto, que dependiendo de lo que ocurra el día 1 la secesión podría tener lugar, y que es importante ir a votar para conseguirlo o que es imprescindible tomar medidas severas para impedir la secesión. No es así. De momento, y durante un tiempo largo, no pueden marcharse.

Bastaba con intentar restar base popular a la consulta sin mover mucho el árbol, porque el fruto iba a caer por sí mismo

La gestión del 1-O por parte del Gobierno no era una tarea fácil, porque en este juego político es obvio que sus adversarios tratarían de vivir en la tensión y en la movilización callejera pero, francamente, tampoco era muy complicada. Bastaba con intentar restar base popular a la consulta, con desalentar a la gente para que no acudiese, de poner palos en las ruedas soberanistas de forma que el voto favorable en la consulta fuera el menor posible. Y todo eso, con tranquilidad y sin alteraciones: no había que mover mucho el árbol, porque el fruto caería por sí mismo.

Todo lo demás estaba ganado

El PP ha optado por lo contrario. En su intención de impedir que los soberanistas contasen con la infraestructura necesaria para el 1-O, han elegido un camino erróneo: la aplicación del art. 155 CE por otro camino, y la vía jurídico-policial han avivado los ánimos independentistas, les han dado combustible y han hecho crecer la sensación de que en Cataluña se vive un escenario represivo.

Esto es un error porque es justo lo que debía evitarse. Todo lo demás estaba ganado: la pugna antes del 1-O era por restar apoyos al soberanismo, ya que la secesión no es posible y todos lo saben. El único problema era que mucha gente saliera a la calle y que los independentistas sumasen simpatías en lugar de restárselas, y las medidas del PP han ayudado a provocarlo.

La batalla catalana ha situado al PSOE en segundo plano, ha certificado la irrelevancia de Podemos y amenaza con llevarse por delante al PDeCat

Pero quizá el problema sea otro. Quizá todo el mundo esté pensando en el día después, y quizá lo hagan en términos electorales. Quizá no se haya avivado el fuego para impedir un peligro serio ni para sancionar a quienes quebrantan la ley, sino para conseguir réditos electorales. Quizá ERC persista a muerte en la consulta cuando sabe que no tendrá efectos porque es consciente de que le abrirá la puerta de la Generalitat en breve; quizá estén pensando que esta situación polarizada les genera mucho más respaldo social, a cada uno en su ámbito, que a todos sus posibles rivales.

El límite del pulso

De momento, la batalla catalana ha situado al PSOE en segundo plano, ha certificado la irrelevancia de Podemos y amenaza con llevarse por delante al PDeCat. Es complicado pensar que, habiendo llegado hasta aquí, ambos partidos no traten de conservar y prolongar esa posición de ventaja. ERC sabe que podrá mantener el pulso hasta un límite, al igual que lo saben los dirigentes del PdeCat, y tratan de activar todo lo posible a las masas para llegar en mejores condiciones de negociar lo que vayan a negociar a partir del 2-O. La tarea del PP era intentar rebajar la fuerza de sus adversarios de cara a la postconsulta. No lo está haciendo, todo lo contrario. Desde un punto de vista pragmático, esto es una mala jugada. Y desde el punto de vista social, también.

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