Errejón y el nuevo PSOE: el fuego y las cenizas

La campaña de Madrid será el momento de Errejón. Está seguro de sus posibilidades y convencido de que tendrá éxito. Pero cada vez se parece más a Zapatero

Foto: Errejón se enfrenta a su futuro político. (EFE)
Errejón se enfrenta a su futuro político. (EFE)

'El estado emprendedor', de Mariana Mazzucato, se ha puesto de moda en Podemos. Incluso Errejón, su principal valedor, lo ha descrito como “una referencia fundamental” y ha insistido en que se trata de un texto clave para gobernar la innovación y dotar al Estado de un nuevo papel en este entorno de competición global.

Un artículo reciente, firmado por un miembro del área de Economía, Ecología y Energía de Podemos, un exasesor del ayuntamiento de Ada Colau y una académica de la Harvard Kennedy School, ponía de relieve esta fascinación con el texto de Mazzucato y su idea de “construir un ecosistema de innovación simbiótico” entendido como un “liderazgo público participado que genera soluciones novedosas ―en materia de bienes, servicios y procesos― orientadas a resolver necesidades sociales complejas”. Lo peculiar de esta propuesta, más allá de su formulación, es la gran cercanía con el programa de innovación que propuso el PSOE de Zapatero y que, como señalaba el catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universidad Carlos III, Fernando Broncano, “tenía los mismos defectos que tiene ahora este programa presuntamente novedoso”. No es más que la repetición (o, si se quiere ser más positivo, una pequeña puesta al día) de propuestas que ya manejó en su momento el Gobierno de la izquierda liberal blandita.

Las proclamas y los tuits de Errejón no están pensados para crear una alternativa política, sino para congeniar con potenciales grupos votantes

Errejón está de campaña. Lleva mucho tiempo en segundo plano, pero trabajando incesantemente para cuando llegue su ocasión. Y cree que es ahora: después del fracaso en Cataluña y de la desorientación que ha generado en el partido, los seguidores que le quedan a Errejón en Podemos entienden que ha llegado el momento de volver a la superficie, triunfar en Madrid y afrontar después metas mayores. El joven líder está seguro de que le espera el éxito, y lleva bastante tiempo trabajando en la sombra para ir asentando posiciones.

Y para qué

Pero, analizando lo que lleva trabajado hasta la fecha, la pregunta es para qué servirá todo esto. Sus mensajes han ido fundamentalmente en la dirección de generar simpatías entre diferentes grupos de electores. Sus ideas, proclamas y tuits están pensados, más que para crear una alternativa política, para congeniar con potenciales grupos votantes. Su tuit de esta semana sobre 'Operación Triunfo' es una más de esas jugadas fáciles en las que el candidato se sube a un carro ganador para hacer creer a los receptores que es alguien cercano; que, aunque sea político, en realidad es uno más de ellos.

Su estrategia recuerda a la de Ignatieff, el profesor de Harvard que llevó a los socialdemócratas de Canadá a los peores resultados de su historia

Pero más allá de este curioso oportunismo posgramsciano, si se examina su TL, que utiliza a título propagandístico y en el que resume sus ideas, todo se juega a partir de la generación de mensajes para atraer a parcelas sociales. Hay mucho ataque al PP, por supuesto, y a partir de ahí, critica la “objetización” de las mujeres, defiende el valor de España por ser el primer país en tolerancia en Europa y el último en LGTBfobia, y después aparecen las Kellys, la precariedad, los jóvenes, la brecha salarial entre hombres y mujeres, y, claro está, el gobierno de la innovación como condición de posibilidad para reducir la desigualdad.

¿Otra política?

Su visión es decepcionante desde varios puntos de vista. Desde luego, no porque sea criticable el hecho de que defienda a estos colectivos, algo que es lógico y que otros candidatos también comparten, sino porque Podemos representó, y Errejón en particular, la esperanza de que era posible tomar parte en la política de otra manera. Pero más al contrario, esta estrategia recuerda sobremanera a la de Michael Ignatieff, el profesor de Harvard que regresó a Canadá, su país, para liderar al partido de centro izquierda y llevarlo a los resultados más bajo de su historia.

La equivocación de Ignatieff consistió en entender la política como si el votante fuese un simple consumidor racional en cuanto a sus intereses

Ignatieff cuenta en 'Fuego y cenizas' (Ed. Taurus) cómo pasó gran parte de su campaña reunido, entre otros, con ucranianos, carpinteros italianos, comunidades caribeñas, inuit, quebequeses, gais o asociaciones de izquierda, una tarea que le agradaba porque se entendía bien con ellos: eran colectivos que tenían una posición pragmática y alejada de la ideología y en función de la cual trazaban sus estrategias de votos. Las semanas previas a las elecciones fueron muy bien, el candidato llenaba todos los mítines, los distintos grupos de interés atendían con agrado sus propuestas y la sensación no era nada mala. Salvo las encuestas, claro. Después llegó la realidad y devolvió a Ignatieff a su universidad.

El mercado electoral

La equivocación de Ignatieff consistió en ver la política como si el votante fuese un consumidor racional en cuanto a sus intereses, que valora propuestas pragmáticas y que no se vincula a siglas sino que elige lo que le resulta más interesante en cada momento, como si fuera una extensión del viejo 'homo economicus', solo que más infiel y exigente, como corresponde a nuestro tiempo. Y puesto que, desde esa perspectiva, el poder hoy es del consumidor, la tarea primera es investigar el mercado electoral, pulsar las necesidades y dar una respuesta emocionalmente poderosa. Ahí es donde aparecían los colectivos (autónomos, sindicatos, enfermos dependientes, nacionalistas, ecologistas, feministas, etc.) que formulaban reivindicaciones concretas y que podían asegurar un buen número de votos si se atendían sus peticiones.

La estrategia de Errejón es muy decepcionante, porque se trataba de hacer nueva política, no la vieja con rostros nuevos

Esta parcelación de la política fue típica de la izquierda en la época, aún reciente, en que los viejos partidos socialdemócratas eran una opción real de gobierno. En esencia, su estrategia consistía en atacar al partido de derechas y en señalar que eran progresistas mediante las políticas de la identidad, mientras trataban de recabar apoyos en los diferentes colectivos. Esto fue lo que hizo Zapatero en 2004, siguiendo un camino que le hubiera llevado a la ruina si Aznar no hubiera mentido y rementido sobre el 11-M.

Errejón no aprende

Y esto es lo que Errejón utiliza como estrategia, lo cual es tremendamente decepcionante, porque se trataba de hacer nueva política, no de hacer la de siempre con nuevos rostros. Además, demuestra que el joven líder no ha aprendido de sus errores: en la campaña electoral para las segundas elecciones generales, la de la alegría y los corazones, utilizó estas técnicas y ya conocemos el resultado.

Sus propuestas son como las de Zapatero, pero con un punto más joven y naíf

Pero, sobre todo, operar de esta manera provoca que surjan dudas evidentes no sobre si Errejón ganará o no Madrid, lo que en estos momentos parece muy improbable, sino acerca de para qué va a ganar Madrid. Si lo que sigue proponiendo son ideas y técnicas de la socialdemocracia agotada, y las propuestas que está realizando repiten las fórmulas que Zapatero utilizó pero con un punto más joven y naíf, es difícil que percibamos su necesidad. Si de lo que se trata es de poner en marcha un nuevo PSOE, liderado por él, pues francamente, no hacía falta crear un partido aparte. Como señala Broncano, no estaría mal que en vez de presentar esta vieja política de innovación se buscase un poco más de innovación de la política.

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