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La última: los intelectuales liberales atacan el paternalismo de la izquierda

La última polémica política ha surgido con motivo de un programa televisivo. Pero, por banal que parezca, esconde algunos elementos muy significativos

Foto: Una imagen de la final de la última edición de 'Operación Triunfo'. (EFE)
Una imagen de la final de la última edición de 'Operación Triunfo'. (EFE)

Por algún extraño motivo, el problema de la crisis de la izquierda se ha reconducido hacia cuestiones peregrinas. Se ha empezado a discutir acerca de si deben primar las tesis obreristas o las culturalistas, sobre si quienes critican son unos traidores (submarinos de la derecha, en concreto) o sobre si el favor político de la sociedad se gana en las televisiones. Vaya, lo de siempre. Uno esperaba que después de lanzar el debate existieran posiciones diferentes, o al menos que se reflexionase sobre temas distintos, pero todo se enredó en lo mismo. Y cuando parecía que las aguas volvían a su cauce, llegó la polémica sobre 'OT'. Un artículo de Daniel Bernabé sirvió para lanzar un nuevo debate que, sorpresa, volvió a llevar las discusiones donde ya estaban. Con algún añadido, como el texto del 'politikon' Jorge Galindo en que se acusa a la izquierda de paternalista y purista por decir a la clase obrera lo que le tiene que gustar.

Puede parecer un debate banal, pero también es muy representativo de lo que está ocurriendo. Veamos lo que dice el caso 'OT' al respecto.

Vuelve el pasado

El 'reality' televisivo se convirtió de nuevo en un éxito por la imagen de España que ofrecía, diversa y plural, feminista y LGTB, joven, tolerante y abierta. Ganó numerosos partidarios y llamó la atención de nuevos espectadores, así como de varios políticos que tomaron partido a su favor en las redes. Consiguió seguidores muy fieles, y algunos de ellos se significaron por atacar a cualquiera que señalase algún aspecto negativo de 'OT'. Incluso algunas críticas, más o menos blancas y ceñidas al aspecto musical, como las del periodista de 'El País' Fernando Navarro, fueron ferozmente contestadas. De nuevo, como es frecuente últimamente, se tomaba la crítica como si el pasado retrógrado estuviera atacando al progreso, negando la realidad española y queriendo regresar a tiempos oscuros; quienes se oponían eran gente atrasada que cuestionaba lo que nos hacía mejores.

En la música hay poquísima gente que gana muchísimo, unos cuantos artistas que van tirando y una enorme mayoría a la que tocar le cuesta dinero

Pero esa perspectiva obviaba algunos asuntos sobre 'OT' que son relevantes. En realidad, el programa tiene muchas semejanzas con los cambios que se han realizado en el mundo laboral y señala algunos problemas que nos afectan a todos (en especial a la juventud, pero no solo). Al mismo tiempo, es muy representativo de los discursos que se utilizan, de las ideas que se movilizan y de las bases ideológicas que acaban en esas situaciones en las que, y según Byung-Chul-Han, “uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”.

Más un vicio que una profesión

El mundo de la música se ha pauperizado en nuestro país. Hay mucha gente con vocación sincera a la que le gustaría dedicarse de lleno a ella y que lo tiene muy complicado. En otras épocas quizá fuese un poco más sencillo, dentro de la dificultad general que suponía vivir de la cultura, pero hoy parecen haberse cerrado bastantes puertas. Muchos músicos dedican tiempo y dinero a producir obras que apenas logran salir fuera de su círculo de amigos, y eso con independencia del potencial comercial del que gocen. Son artistas que carecen de los instrumentos de difusión y distribución que podrían hacer visible su trabajo, lo que les condena a permanecer en unos márgenes muy estrechos. Las discográficas están recuperándose, pero sus niveles de producción son ridículos comparados con el pasado, y tocar es más un vicio, por lo que cuesta, que una profesión. Incluso sobrevivir es una tarea titánica para aquellos estilos tradicionalmente ligados a fondos proporcionados por las instituciones públicas, como la música clásica. En la música hay poquísima gente que gana muchísimo, unos cuantos artistas que van tirando y una enorme mayoría a la que cantar o tocar le cuesta dinero.

'OT' no favorece el talento ni la creatividad: si Mick Jagger hubiera entrado en la academia, habría salido bailando como Bisbal


En ese contexto complicado se sitúa 'OT', un programa televisivo con grandes audiencias. Miles y miles de personas, cuya máxima aspiración es vivir profesionalmente de su voz, se presentan a sus 'castings'. De ellos, poco más del uno por 1.000 serán elegidos para cada edición. Todos saben de las enormes dificultades que tendrán para trabajar en la música, y son conscientes de que haber sido escogidos es una gran oportunidad. Quizá solo logren visibilidad durante un rato, pero no pueden desaprovechar la ocasión. En esas circunstancias han de firmar un contrato cuyos términos no les son favorables, pero tampoco van a discutir nada. Es mucho más importante la oportunidad que se les ofrece que el contenido de un papel. Como decía aquel alemán, las relaciones de producción se imponen. En realidad, las circunstancias de muchos trabajadores no son muy diferentes: tienes una carrera, quieres emplearte en el sector en el que te has formado y una empresa reconocida quiere contratarte. Quizás el sueldo o las condiciones no sean adecuados, pero eso queda muy por debajo del deseo de abrirte camino (o de regresar al mercado laboral, si tienes cierta edad).

Ecos de la vida real

Una vez dentro de la academia, tienen que pelear con el resto de concursantes para ver quién logra subsistir. Por más que muestren buen rollo entre ellos, todos son conscientes de que están compitiendo y de que al final solo quedará uno. Y en cuanto a lo que deben hacer para superar las pruebas, lo esencial es que se adecúen al modo de hacer que se les exige. Esto suele pasarse por alto, pero es muy frustrante para las personas que tienen talento, precisamente porque lo tienen. Por así decir, si Mick Jagger hubiera entrado en la academia, habría salido bailando como Bisbal. No han contratado a artistas que posean dotes compositivas o que tengan un estilo muy personal, sino a chicos con ganas y energía que quieran hacer un buen karaoke. Una vez más, encontramos aquí muchos ecos de la vida real: puede que te insistan en la importancia del talento y la creatividad, pero una vez dentro has de amoldarte a las prescripciones de rendimiento y de productividad que la empresa impone, lo cual tiende a estandarizar el trabajo.

Cuando todo termina, la mayoría vuelve a la invisibilidad, como los becarios contratados por empresas que solo buscan mano de obra barata

Y por último, los someten, con la presencia permanente de las cámaras, a una serie de consejos entre el burdo pensamiento positivo y la imperiosa incitación a amoldarse que están presentes de continuo en nuestra sociedad. Por eso, tan importante como su voz es su personalidad; cómo saber ganarse a la gente, la ilusión que pongan, cómo se relacionen con los demás o la actitud que muestren. André Spicer acaba de publicar un libro muy sugerente al respecto, 'Business Bullshit', pero también nos hablaron de ello Barbara Ehrenreich en 'Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo' y William Davies en 'La industria de la felicidad'.

Lo que no se menciona

Cuando todo termina, la mayoría vuelve a la invisibilidad, como esos becarios contratados por empresas que lo único que quieren es tener mano de obra barata o gratis. Y tampoco les suele ir muy bien a quienes ganan el concurso: muchos de ellos, tras una época de popularidad, desaparecen del sector o acaban financiándose sus propios proyectos.

Que disfrutes con un tipo de música es cosa tuya, y no te hace mejor ni peor. Pero se puede defender que unas obras son mejores que otras

Es curioso que estas cosas no solo no se mencionen, sino que sean defendidas, con la excusa de la sociedad abierta y plural, por gente que no las aceptaría en su campo laboral. Imaginemos que de pronto hubiera muchas menos plazas para trabajar en la universidad, y que el mecanismo privilegiado de acceso fuera un 'reality' televisivo en el que los jóvenes aspirantes a académicos hubieran de limitarse a recitar al dedillo y con entusiasmo las ideas y los métodos de otros, en el que compitieran con ferocidad por el puesto, donde lo que contase fuese su personalidad más que su conocimiento, y en el que el premio fuese trabajar como becario. Eso sí, cada 10 ediciones alguno de ellos sería nombrado catedrático. En ese caso, a lo mejor a quien señalara estas minucias no le tacharían de purista. O quizá sí: bien pensado, la universidad se parece ya bastante a esta descripción, solo que sin cámaras delante.

La reducción al gusto

Y, en esta situación, lo que deciden es ponerse a discutir sobre si la izquierda impone el gusto, sobre si es conveniente abandonar la condescendencia, sobre si es rentable sumarse a estos movimientos de masas porque así se conquistan los corazones de la gente, o sobre si hay que apelar a lo material o es mucho mejor lo cultural. Vaya montón de banalidades. En primer lugar, reducir esto al gusto es absurdo. Es perfectamente compatible respetar lo que cada persona aprecia con entender que existen diferentes perspectivas sobre la valía formal y social de las obras, así como con realizar una crítica sobre las condiciones de funcionamiento del sector. Que disfrutes con un tipo de música o de cine es cosa tuya, y no te hace mejor ni peor. Pero, al mismo tiempo, se puede defender que unas obras son mejores que otras, salvo que optemos por el relativismo. Disfrutar de las novelas de Dan Brown o reírte con 'Aterriza como puedas' no es un síntoma de superioridad ni de inferioridad, al mismo tiempo que se puede decir que son obras con deficiencias formales. O se puede leer a Céline y disfrutar de su habilidad literaria al mismo tiempo que realizar una crítica sobre las ideas que defiende. Limitar todas estas variables a un asunto de gusto es simplificar interesadamente el problema.

Una crítica a 'OT' no ataca a sus concursantes ni a sus espectadores; señalar las malas condiciones de los becarios no presupone el odio a los becarios

En segundo lugar, que una obra, o un programa de televisión como es el caso, se haga muy popular no debe impedir la posibilidad de ejercer la crítica. Si logra audiencias masivas un 'reality' televisivo sobre saltadores de esquí que deciden tirarse del trampolín sin esquíes, no sobra que alguien diga que quizá se vayan a hacer daño. Y si las condiciones materiales de un programa no son especialmente buenas, está bien ponerlo de manifiesto; pero eso no tiene nada que ver con atacar la visión del mundo que los concursantes de ese programa tienen o con la simpatía que se pueda desarrollar por ellos, o con criticar a quienes lo ven. Quizá sea útil que empecemos de una vez a separar la persona del contexto. Una crítica a 'OT' no es una crítica a sus concursantes ni a sus espectadores, del mismo modo que señalar las malas condiciones en que trabajan los becarios no significa que se odie a los becarios; más bien al contrario. Se puede celebrar que algunos de ellos tengan actitudes que se entiendan sanas para España al mismo tiempo que se realiza un análisis material que describa el mundo en que se mueven. Lo que, por cierto, quizá también podría generar alguna simpatía política.

Ocultar lo material

Por decirlo de otra manera, la crítica material y la cultural pueden compatibilizarse sin que existan fricciones. Ambas son necesarias. Pero lo que está ocurriendo es algo bien distinto. Como he señalado en alguna ocasión, nuestra inteligencia liberal, esa que está entre Ciudadanos y el PSOE de Almunia y Solana, y que probablemente tenga un gran peso en el futuro (cuando a Rajoy le llegue el relevo), está ocultando lo material bajo el peso de lo cultural.

Para no criticar al sistema, tratan de poner tiritas en algún grupo social que sale especialmente perjudicado, pero se olvidan de todos los demás

Eso es lo que ha hecho la izquierda socialdemócrata durante bastante tiempo, y eso es lo que les lleva a decir, apoyándose en cifras delirantes, que a Trump no le votaron las clases trabajadoras y las medias en declive, sino que fueron asuntos culturales los que decidieron su triunfo. Y eso es lo que permite al Foro de Davos tener un grupo organizador para la edición de 2018 formado exclusivamente por mujeres mientras deciden que los europeos debemos pasarlo peor. Y cuando esta ideología desciende al asunto material, solo les es dado pensar en parcelas. Por eso pueden salir en defensa de grupos concretos, como los jóvenes, pero no son capaces de mirar el conjunto, cuando el cambio en la gestión económica global es lo que haría que a los jóvenes les fuera mejor, y al resto de la sociedad por añadidura. Para no criticar al sistema, tratan de poner tiritas en algún grupo social que sale especialmente perjudicado, pero se olvidan de los demás.

Los colectivos oprimidos

Y eso es también por lo que está apostando buena parte de la izquierda activista, que no solo se apoya en lo cultural y en lo identitario, sino que es incapaz de identificar los puntos centrales de las cuestiones materiales. Para ellos solo existen los colectivos oprimidos: hoy, la clase obrera está formada por los excluidos, los precarios, los sin derechos y los que no están en política; el resto del mundo no existe. Esa visión limitada de la sociedad es la que permite también que algunos celebrasen los gestos de los concursantes de 'OT' mientras que cerraban los ojos a todos los demás aspectos.

Una ironía

De todos modos, no deja de contener cierta ironía que esos que acusan a la izquierda de paternalista sean los mismos que estén combatiendo a fondo las 'fake news', un fenómeno que requiere de traducción para ser entendido. La idea de fondo es la siguiente: hay unos hombres muy malos difundiendo información falsa, y como la gente es mentalmente limitada y se cree todo lo que le dicen en internet en lugar de leer los diarios en papel, pasa lo que pasa: que la democracia se deteriora y ganan los populistas y los rusos. Pero nada de esto ocurriría si los paletos siguieran leyendo la información que nosotros les proporcionamos. En fin, suena raro.

Y en esas estamos, metidos en viejas batallas, en discusiones que han tenido lugar tiempo atrás, en lugar de intentando comprender cómo funcionan las cosas hoy y cómo se pueden cambiar las que no funcionan. Perdiendo el tiempo, vaya.

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