Por qué estamos vendiendo España (y a quiénes)

Mientras estamos pendientes de Cifuentes y de las peleas familiares, la política sigue desarrollando su curso real. Y los tiempos que esperan a Europa parecen muy oscuros

Foto: Lloyd Blankfein, CEO de Goldman Sachs, la firma que invirtió en la energía española. (B. Snyder/Reuters)
Lloyd Blankfein, CEO de Goldman Sachs, la firma que invirtió en la energía española. (B. Snyder/Reuters)

En 2010, Endesa vendió el 80% de sus redes de transporte y distribución de gas natural a dos fondos de Goldman Sachs. En 2013, la firma adquirió el 20% restante. En 2017, dio entrada a dos fondos europeos, ATP y USS, aunque conservaba todavía el 50,1% de la empresa. Y ahora acaba de salir de la inversión vendiendo la parte que le quedaba a dos fondos chinos, GT Fund y Cnic, según publica 'Expansión'. Tras esta operación, las cuatro grandes redes españolas de distribución de gas (Gas Natural Fenosa, Naturgas, Madrileña Red de Gas y Redexis) están controladas o participadas por grandes fondos. En otros tiempos, y no lejanos, esta situación habría sido considerada un enorme error estratégico, no solo por dejar un sector tan crítico como el del gas natural en manos privadas, sino porque sus propietarios son inversores extranjeros. En el pasado, habría sido imposible; hoy es un hecho que casi nadie pone en tela de juicio. En palabras de 'Expansión': “Hace años un baile accionarial tan intenso en activos tan sensibles para la seguridad del suministro energético hubiera dado pánico. Ahora son normales”. Parece que “es el mercado, amigo” es un argumento que zanja cualquier discusión.

Un peldaño más

El gas no es más que otro ejemplo de los muchísimos que podemos encontrar a lo largo de las empresas de nuestro país. Muy pocas han escapado a ese afán de los inversores por las fusiones y las adquisiciones, y muchas de las firmas que eran consideradas insignia de la marca España son ya cualquier cosa menos españolas. Incluso las compañías más potentes, esas que tienen éxito global y sede en nuestro territorio, están fuertemente participadas por sociedades foráneas. Estarán aquí, generarán beneficios, cada vez más, pero los réditos irán a parar a inversores que ni los reinvierten en la empresa ni en nuestro país.

El regreso al Estado nación deriva de la nostalgia y es producto de unas poblaciones asustadas por los cambios. ¿O quizá no?

Los últimos años, también por estos motivos, hemos visto cómo el nacionalismo resurgía con creciente fuerza. Fue esencial en el Brexit, en los EEUU de Trump, pero también en Europa del Este, en Grecia, Francia e Italia. Es una tendencia lógica, en la medida en que el mundo global está dejando muchos perdedores por el camino y la pérdida de posibilidades materiales suele ligarse, como solución primera, al regreso al Estado nación, ese que se resguardaba tras las fronteras y que se organizaba a través de empresas nacionales, muchas de ellas públicas.

Resentidos y viejos

Desde que esta insistencia en los viejos estados se ha hecho popular, hemos oído con frecuencia que se trata de una aspiración irreal, construida por la nostalgia, y que es el producto de unas poblaciones asustadas por los cambios que han vivido y por las transformaciones que se avecinan. Son gente vieja, resentida y perdedora que pretende regresar a un mundo que ya no existe. Es comprensible que quieran más seguridad, pero su deseo no puede más que inspirarnos pena. En un escenario en el que, por ejemplo, aparecen grandes empresas tecnológicas, como Google, Tesla, Amazon o Apple, y en el que los flujos financieros son incontrolables, pretender el regreso a las fronteras nacionales parece estúpido: es imposible poner puertas al campo.

Estamos en un escenario con tres polos claros, constituido por dos superpotencias, EEUU y China, y un país un poco por detrás de ellas, Rusia

Sin embargo, esta visión, a la que estamos tan acostumbrados, y que en tantas ocasiones nos es relatada, peca de la misma ceguera que achaca a sus contrarios. El nacionalismo ha vuelto, como lo han hecho las fronteras férreas, aunque sea por nuevos caminos. Si lo vemos desde la perspectiva española, con nuestra pertenencia a la UE, nuestra subordinación a Bruselas y Berlín, y a los fondos de inversión (y las instituciones internacionales ligadas a ellos), que son quienes dictan las líneas maestras de nuestra política económica, cualquier invocación a la independencia parece producto de la fantasía más que de la realidad. Pero esta es solo una parte del cuadro.

La Europa menguante

En esta segunda década del siglo XXI, el mundo ya no es unitario, no queda conformado por una red cuyo centro lo constituye EEUU, como fue en el tiempo de la globalización que dejamos atrás. Es un escenario con tres polos claros, constituido por dos superpotencias, EEUU y China, y un país por detrás de ellos en cuanto a influencia, como es Rusia. La Unión Europea no entra en ese reparto, ya que ha dejado de gozar de ese poder que le otorgaron su historia y su posición estratégica en el marco de la Guerra Fría. Desde que cayó el muro, y producto de decisiones torpes de nuestros gobernantes, Europa cada vez tiene un papel más pequeño en el mundo y, si hacemos caso a las predicciones de los expertos, el futuro de nuestro continente será muy frágil.

En un mundo global atravesado por la tecnología, ¿puede algún país permanecer al margen de Amazon, Google o Apple? Obviamente sí

Dejando de lado el caso europeo, que merece un análisis muy extenso (porque nos jugamos el porvenir), lo cierto es que EEUU, China y Rusia sí pueden poner puertas al campo. Disponen de fuerzas y recursos para ello. Un ejemplo mínimo: en un mundo global atravesado por la tecnología, ¿puede algún país permanecer al margen de empresas como Amazon, Google o Apple? Obviamente sí. China lo ha hecho desde el inicio: censuraron estos instrumentos, y pusieron en marcha su propia página de búsquedas, sus teléfonos móviles, sus redes sociales y, además, crearon Alibaba. Entendieron de una manera cristalina que este tipo de firmas formaba parte de la expansión mundial estadounidense, y prefirieron ponerles barreras y sustituirlas por sus propias empresas, lo que les ha salido bastante bien.

No es el destino, es el poder

Los gobernantes chinos comprendieron rápidamente que de la tecnología no emanaba una suerte de destino ineludible, sino que se trataba de un tema de puro poder. Y lo asumieron con tanta firmeza que el imperio chino se expandió por América Latina, aprovechando los espacios vacíos dejados por EEUU, se vincularon con Irán, entraron a todo tren en África, crearon la nueva 'ruta de la seda' y vinieron a Europa (con el dinero que nuestras empresas les hacían llegar a manos llenas por producir allí) para adquirir firmas convenientemente estratégicas.

El problema es que somos nosotros, los países de segunda y tercera fila, los que no podemos ponerles puertas a las grandes potencias

EEUU, por su parte, y desde que es un imperio, ha puesto barreras a todos los demás países cuando le ha sido beneficioso, que ha sido casi siempre, y ha hecho caer, de una forma u otra, los obstáculos que otras naciones le colocaban por el camino. Ahora, cuando han comprendido que China va en serio, y que es una amenaza real a su hegemonía, están actuando en consecuencia, han desplazado su flota hacia el Pacífico y han comenzado una guerra comercial. Rusia, como se ha visto en Siria y en Oriente Medio, tiene sus propios intereses, y aun cuando todavía no ha iniciado su expansión, es cuestión de tiempo que, por ejemplo, su influencia sobre los países del Este que giraron bajo su órbita se haga mucho más intensa.

El precio que pagamos

Por decirlo de otra manera, ellos sí ponen límites a un mundo que nos venden como ineludible. El problema es que somos nosotros, los países de segunda y tercera fila, los que no podemos ponerles puertas a las grandes potencias. Este no es un mundo global, lo es de dos velocidades, y a nosotros nos toca la lenta, que incluye como pago, entre otras cosas, que nuestras empresas y nuestras infraestructuras sean adquiridas por los imperios.

Los europeos hemos sido colonizados: nuestras empresas son cada vez menos nuestras y nuevas firmas desestructuran nuestro tejido laboral

Este cambio es doloroso para los países europeos, que en otro tiempo fuimos potencias imperiales. Del mismo modo que los países dominantes tomaban naciones bajo su órbita y extraían sus riquezas, ahora nos está tocando a la mayoría de los europeos, a través de la adquisición de nuestras empresas e infraestructuras por los fondos de inversión, o de la implantación de firmas estadounidenses, como Airbnb y Uber, que vienen a sustituir a sectores nacionales sólidamente establecidos. En estas circunstancias, no es extraño en absoluto que surjan fuerzas políticas que impulsen los sentimientos nacionalistas y que difundan la idea de que “podemos ser grandes de nuevo”. Como tampoco lo es que naciones de Europa del Este miren cada vez con mejores ojos a Rusia, o que países occidentales piensen si les conviene más hacerse amigos de rusos y chinos que de los alemanes y de los estadounidenses, o incluso que sectores expertos en estrategia piensen que la mejor opción que tiene la UE es fortalecer notablemente sus lazos con Rusia y crear una potencia continental realmente influyente.

Estas ideas van a ser muy importantes en nuestro futuro. O quizá no, y yo esté equivocado, y lo esencial sea el máster de Cifuentes o la discusión masivamente viralizada entre la suegra y la nuera, o lo malo que es Trump y lo bueno que es Xi Jinping porque defiende el libre comercio, o las enormes ventajas que trae el hecho de que sectores estratégicos para España estén en manos de fondos de inversión foráneos. Pero juraría que no, y que la geopolítica va a definir las siguientes décadas del siglo XXI mucho más que esa globalización neutra en la que creemos estar inmersos.

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