La guerra real entre las élites (con China y la decadencia de la UE de fondo)

El giro político estadounidense, que pone en evidencia a la Unión Europea, es parte de una recomposición del mapa geopolítico en el que Europa no pinta casi nada. Por algo será

Foto: Angela Merkel y Donald Trump, en Washington. (EFE)
Angela Merkel y Donald Trump, en Washington. (EFE)

El mundo se está moviendo en una nueva dirección, y Europa es una de las regiones que están saliendo más perjudicadas. Las últimas señales son preocupantes y han puesto en el foco a Alemania, el país dominante en la UE. El anuncio por parte de Trump de los aranceles sobre las importaciones de acero perjudicó a la economía germana, pero llovía sobre mojado: la reforma fiscal de EEUU, que actuó con las armas típicas de países más pequeños, anunciando desgravaciones importantes para repatriación del capital e impuestos bajos para las empresas, fue un duro golpe para 5.000 compañías alemanas, que estarían valorando su relocalización en suelo estadounidense, según 'Der Spiegel'.

Al mismo tiempo, las sanciones a Irán dejan las manos libres a China y se las atan a la UE, que tendrá casi imposible hacer negocios en la zona, y eso después de que la guerra comercial declarada por Trump contra el país asiático tenga ribetes muy preocupantes para Europa. Por si fuera poco, está el elemento simbólico de la jugada a Macron, con tantas risas y abrazos justo antes de anunciar el final del pacto con Irán, así como el hecho de que en la inauguración de la embajada de EEUU en Jerusalén estuvieran presentes los presidentes de Chequia, Hungría, Austria y Rumanía, lo que ahonda en las brechas abiertas en la Unión Europea.

Trump aboga por debilitar la unión de sus aliados para recomponer más favorablemente el poder de su país. Y lo está consiguiendo

Pero quizá la clave de todo este movimiento ya la conozcamos, porque nos la aportó hace algún tiempo el Brexit. Desde ese instante, la intención de las élites estadounidenses actualmente en el poder es más que evidente: en un nuevo contexto geopolítico, su deseo es liberarse de antiguas alianzas, demasiado exigentes, y conformar un nuevo plan. Dado que el poder negociador de la Unión Europea en bloque no es grande, pero sí bastante más de lo que implicaría trazar nuevos acuerdos con cada país aisladamente considerado, Trump aboga por debilitar la unión de sus aliados para recomponer más favorablemente el poder de su país. Y en ese contexto, que a menudo se nos olvida, la UE es tanto un socio político como un rival comercial de los estadounidenses.

Viraje hacia China

El giro de Trump es consecuencia de la recomposición del mapa político mundial, ese que también provocó que Obama trasladase el foco de su política exterior hacia el Pacífico. Hemos pasado de un contexto unipolar a otro con dos polos, en el que una potencia dominante, EEUU, se enfrenta a otra emergente, China. Una tercera, Rusia, ha ganado también influencia, e intenta convertir el escenario político en multipolar. Es ahí donde Trump ha decidido actuar adoptando una postura diferente a la que había defendido en los años de la globalización, que suponía el correlato obvio de la alianza entre EEUU y Europa nacida tras la Segunda Guerra Mundial.

Si hay alguna zona a la que se pueda catalogar como perdedora de la globalización, esa es Europa

En ese contexto, Europa lleva las de perder por muchos motivos. Quizás el principal sea, y se nota en todos los sentidos, que la UE no es la UE: es un conjunto de países que miran principalmente por su interés. Eso lleva a que no se tenga una fuerza militar común, ni una posición exterior, pero también a que en muchas ocasiones los principales competidores de un país que pertenece a la UE sean otros países de la UE.

Acumulación estadounidense

Lo cual supone una debilidad enorme, máxime cuando se trata una institución organizada únicamente alrededor de una moneda y de los flujos de capital y de comercio. Y es ahí donde está golpeando Trump, haciendo evidente lo que el resto del mundo piensa: que Europa se ha convertido en un continente en decadencia, que es una fuerza menor y con escaso peso, y que los nuevos polos geopolíticos están en otra parte. De hecho, si hay alguna zona geográfica a la que se pueda catalogar como perdedora de la globalización, esa es Europa. Sus clases trabajadoras, así como las medias, son las que más perjudicadas han salido de este proceso. Las clases medias altas y parte de las altas no van a atravesar buenos momentos en años venideros. Es cierto que a algún país, como Alemania, y a las clases altas nacionales que se convirtieron en globales, como las vinculadas a esas firmas que han crecido mundialmente o las que invirtieron en los sectores adecuados, les ha ido especialmente bien en el periodo unipolar. Pero los tiempos han cambiado, y Trump y los suyos pretenden que una mayor parte de esa riqueza global se concentre en EEUU. Las grandes empresas tecnológicas, como Amazon, Google, Facebook o Apple, y los grandes fondos de inversión que las sostienen, firmas cuyo centro es EEUU, son parte de este juego.

EEUU está fragmentado en dos posiciones enfrentadas. Sus élites tienen ideas contrapuestas sobre cómo afrontar el nuevo escenario

Si lo enfocamos desde otra perspectiva, quizá lo veamos más claro. EEUU ha decidido que en este entorno bipolar debe colocar el foco en China, y tratarla como el aspirante que es, así como respaldar a la nueva Arabia Saudí y a Israel en Oriente Medio, aunque no se implique con tropas y presencia. Y en uno y otro tema, la UE es más un problema que una solución: le interesa mucho más una Unión quebrada que una a pleno rendimiento.

Globalistas contra nacionalistas

Sin embargo, EEUU no es un entorno monolítico, sino que está fragmentado en dos posiciones claramente enfrentadas. Sus élites tienen ideas contrapuestas sobre cómo afrontar el nuevo escenario. Una parte de ellas, representada por quienes apoyaron a Hillary Clinton, esa que podríamos llamar globalista, es partidaria de mantener un orden similar al anterior, conservar los lazos con la UE, tratar de integrar, en la medida de lo posible, a China y combatir a Rusia. La otra parte, la que apoyó a Trump, la que podríamos llamar populista, nacionalista y proteccionista, trata de romper amarras y de situar claramente a unos EEUU en solitario como potencia dominante para enfrentarse más sólidamente a China. Para ese objetivo, Rusia podría convertirse en aliado.

No es solo una paranoia que ha triunfado en el este. El triunfo de Trump, el Brexit y Le Pen comparten el mismo marco, y sin necesidad de citar a Soros

Estas dos visiones del mundo tienen consecuencias claras en los enfrentamientos político-electorales de Occidente. Por ejemplo, en el este de Europa, donde la línea está muy marcada, y los gobernantes populistas como el checo o el húngaro han planteado una lucha indisimulada contra las élites liberales occidentales, las de Hillary, que están debilitando el poder de las naciones y los ingresos de sus ciudadanos a través de un sistema económico que elimina posibilidades a los nacionales y deteriora las bases de la vida en común, y cuyas pautas culturales convierten las sociedades en individualistas y narcisistas. No hay valores comunes, salvo esa vida para el placer típica de los ricos que encarnan los colectivos homosexuales, que simplemente por serlo se convierten en filoestadounidenses. Esas élites blandas ni siquiera se atreven a defender la cultura europea frente a la penetración islamista. Esos son sus grandes enemigos, y el nombre de Soros sale a relucir de vez en cuando.

Diferentes enemigos

No se trata solo de cierta paranoia que ha penetrado en el este. Tanto el triunfo de Trump, como el Brexit o Le Pen comparten gran parte de este marco, y sin necesidad de citar a Soros. Se basan en la defensa de una sociedad en declive, que pretende más seguridad alrededor de fronteras nacionales más fuertes y una cultura más sólida y compartida: los globalistas de Bruselas y los inmigrantes son los grandes problemas de nuestro tiempo. Del otro lado, del de Macron, Rivera, Merkel y demás, se defiende a unas élites que se dicen modernas, integradoras, favorables al multiculturalismo y al comercio en libertad, que propugnan sociedades abiertas al cambio y tecnológicamente avanzadas. Para estas, los populismos son el gran enemigo, con Trump como mejor representante, y Rusia la gran amenaza. Para las primeras, sin embargo, el acento se pone en China y en los líderes débiles, partidarios de un globalismo que solo les beneficia a ellos. Esas son las dos grandes opciones electorales en nuestra época. Y las dos defienden un modelo soportado por élites distintas. Pero con ambas Europa va a salir perdiendo.

El resto del mundo creía que Occidente era intervencionista, egoísta e hipócrita, pero competente. Hoy ya no

Quizá sea el momento de pararse a reflexionar acerca de un aspecto que Martin Wolf señala en un excelente artículo acerca de cómo los chinos perciben el poder occidental. Según el columnista de 'Financial Times', “la visión dominante en el resto del mundo era que Occidente se mostraba intervencionista, egoísta e hipócrita, pero competente”, y la segunda parte de la frase es puesta hoy en duda, y de una manera razonable. Por distintos motivos, la capacidad de Occidente para manejar correctamente sus sistemas económicos y políticos parece hoy muy débil. Se ha intentado corregir el rumbo con reformas que lo único que han provocado ha sido “ira improductiva”. En consecuencia, concluye Wolf, nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos. Y tiene razón: la falta de habilidad de nuestras élites para traer solidez, estabilidad y prosperidad para nuestros propios países es buena señal de que mucho menos serán capaces de aportar algo de sentido común en el plano mundial.

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