Por qué triunfa el populismo de derechas, explicado mediante la leche cruda

Nos dejamos llevar por las polémicas sin analizar el trasfondo, que suele ser lo importante. La leche cruda y la situación de los ganaderos es reveladora de lo que se está cociendo

Foto: Quesos españoles de leche cruda, en una feria internacional celebrada en Italia. (Belén Delgado/EFE)
Quesos españoles de leche cruda, en una feria internacional celebrada en Italia. (Belén Delgado/EFE)

Una de las polémicas más llamativas de los últimos días ha tenido como centro la aprobación por la Generalitat de la venta de leche cruda. Desde que la noticia se hizo pública, se generó un notable revuelo y las redes se poblaron de toda clase de recriminaciones, insultos y acusaciones de magufismo respecto de las autoridades catalanas y de los consumidores de esa clase de leche. El foco estuvo puesto en los efectos para la salud de este producto, un asunto que se ha tratado extensamente, pero han pasado mucho más desapercibidos algunos elementos políticos reveladores, sofocados por las alertas sanitarias y el ruido de sables.

Para entender las repercusiones políticas, es imprescindible partir de un hecho, como es la crisis en la que está inmerso el sector ganadero español en general, y en especial el dedicado a la venta de leche. Su mal desempeño se debe a dos factores complementarios relacionados con la globalización que han ido minando paulatina e incesantemente a los profesionales del sector, y que les está abocando a la desaparición.

España, mercado para otros

El primero de ellos es el cambio que vivieron a raíz de la admisión de España en las instituciones europeas. Tras 1986, año en el que entramos en la Comunidad Económica, nuestro país se vio obligado a reducir la producción láctea a causa de la cuota que le fue asignada: a pesar de que la demanda interna crecía, los ganaderos hubieron de reducir la cantidad de leche que producían. España se convirtió así en un buen mercado para colocar los excedentes que se generaban en otros países europeos.

Los ganaderos afirman que el 55% de la leche francesa se vende en nuestro país por debajo de sus costes de producción

Las ayudas de la UE mitigaron el problema, ya que paliaron vía recursos institucionales las disfunciones que estaba causando el nuevo sistema. Pero eso no impidió que, desde entonces, nos convirtiéramos en un país subordinado a la producción ajena. Y cuando las cuotas desaparecieron, tampoco abandonamos esa posición. De hecho, las cosas se pusieron peor, porque salimos perdiendo mientras que otras naciones europeas ganaban.

Con escaso poder

En la actualidad, según denuncian desde el sector, el 55% de la producción láctea francesa se vende fuera de sus fronteras, en buena parte en nuestro país, por debajo de sus costes de producción, lo cual asfixia aún más a los ganaderos españoles, que consideran algunas medidas del Gobierno francés como una ayuda ilegal de Estado. En definitiva, en esa nueva arquitectura institucional aparecida tras nuestro ingreso en la UE, nuestros gobernantes no supieron defender los intereses de la ganadería española y, como en otros ámbitos, nos encontramos en una posición de escaso poder negociador.

La distribución se concentró, las grandes empresas crecieron y el productor se convirtió en el lado más débil de la cadena

El segundo factor tiene que ver con una dinámica típica en el capitalismo de las últimas décadas. La financiarización, que supuso también la irrupción en el mercado de gran cantidad de capital, fomentó la concentración en muchos sectores de la economía. Las grandes marcas de distribución se hicieron más grandes aún, y fueron adquiriendo una posición dominante en el sector gracias a que ejercían como canal principal de acceso al consumidor. En ese escenario, los fabricantes de productos se vieron obligados a crecer, ya fuera por la vía de las fusiones o las adquisiciones, de manera que el tamaño les permitiese resistir las presiones de la gran distribución. En ese nuevo esquema de fuerzas enfrentadas, el lado débil fue el del productor. En el caso de la leche, al tratarse de un sector atomizado, carecían de los resortes adecuados para resistir con éxito las presiones de los nuevos gigantes.

El cártel

En ese escenario, los abusos derivados de la posición de fuerza fueron muy difíciles de evitar. Por ejemplo, en 2015, la Comisión Nacional de Mercados y la Competencia impuso multas por 88,2 millones de euros a nueve empresas y dos asociaciones (entre ellas, grandes firmas como Danone, Lactalis, Nestlé, Puleva o Pascual) por constituir un cártel que fijó el precio de compra de la leche a los ganaderos entre 2001 y 2012.

En 2001, se contabilizaban en España 53.480 ganaderías; en septiembre de 2017, no llegaban ni siquiera a las 15.000

La pérdida de peso de España en la UE y las dificultades para negociar los precios han llevado a que la subsistencia se haya vuelto muy difícil para los ganaderos. El resultado final es un descenso en el número de personas que se dedican a este sector, que va hacia abajo irremisiblemente: en 2001 se contabilizaban en España 53.480 ganaderías; en septiembre de 2017, solo quedaban 14.700, según la Organización de Productores de Leche.

La indefensión de los perdedores

Cuando hablamos de perdedores de la globalización, grupos como los ganaderos son un buen ejemplo. No han perdido pie por ser poco productivos, ni por no haberse sabido adaptar, ni por falta de calidad de su producto ni por la falta de competitividad. Lo que les ha perjudicado es desarrollar su actividad en un país concreto, España, que no ha sabido proteger sus intereses, y su indefensión ante una estructura de mercado que les deja sin poder de negociación. Cuando se insiste en que la desigualdad crece, es bueno no olvidar que gran parte de sus efectos tienen que ver con estas disparidades de poder y de recursos que condenan a una posición subordinada.

Consumid la leche de aquí, ayudad a los productores catalanes a subsistir, intentad que nuestro país siga teniendo ganadería

Es en esas circunstancias en las que la Generalitat toma la medida de autorizar la venta de leche cruda. Es una decisión barata, no requiere inversión, permite que los ganaderos encuentren un camino para ganar algo más de dinero y lanza una señal clara a un sector que en Cataluña es políticamente cercano al independentismo. Con un refuerzo obvio a su ciudadanía: consumid la leche de aquí, ayudad a los productores catalanes a subsistir, intentad que nuestro país siga teniendo ganadería, combatid las fuerzas que nos están empobreciendo.

El populismo de Puigdemont

Este tipo de medidas, con los mensajes que conllevan, son esperables en el contexto político actual, en el que el populismo de derechas está ganando mucha presencia en Occidente. Suele afirmarse que en España ese fenómeno no se ha producido, que entre el 15-M, el ascenso de Podemos y el proeuropeísmo de la derecha nacional, hemos quedado inmunizados contra el virus a lo Trump. Es verdad en cierta medida: Vox es una fuerza minoritaria y las acusaciones al PP de ser un partido de la derecha extrema a raíz de la elección de Casado distan de la realidad. Puede que en el futuro surja un nuevo partido o que alguno de los existentes gire hacia ese lado, pero estamos lejos de ese escenario eurófobo. Y sin embargo, existe un populismo de derechas enraizado, con numerosos seguidores y que constituye una fuerza sólida: el independentismo de Puigdemont.

Su idea es que debe apoyarse a los que son de nuestra tierra; que sean ellos los que se beneficien de los recursos existentes y no otros países o razas

No, no se trata de que abogar por la independencia de Cataluña convierta a alguien inmediatamente en dextropopulista. Hay muchas ideas diferentes en el secesionismo, pero la tendencia dominante, la que se ha impuesto y ha determinado el 'procés', la dirigida por el 'president legítim', posee numerosas coincidencias con las ideas fuerza que estuvieron presentes en el Brexit o que se han manejado en Italia o Francia. Todos los argumentos que ese tipo de formaciones han utilizado contra Bruselas y la UE se han repetido sistemáticamente contra Madrid. La sensación de que una Cataluña en solitario tendrá mucho mayor éxito en el mundo global es exactamente la misma que apareció en Francia o en el Reino Unido. El componente económico que el dextropopulismo ha exhibido electoralmente, ya sea con Marine Le Pen o con Trump, también está muy presente en el independentismo, y se basa en la idea de que sus nacionales merecen mucha mejor suerte, que hay que apoyar a los que son de nuestra tierra y que es hora de que sean ellos los que se beneficien de los recursos y no otros países u otras razas. Cada territorio adapta ese mensaje a sus especificidades, pero todos comparten el marco: en el caso catalán, el problema no son los inmigrantes (como ocurre en Alemania o Italia), sino Andalucía o Extremadura, que se están quedando con los recursos que por derecho corresponden a Cataluña.

El componente social, ese que insiste en unos mejores servicios públicos, en mayor bienestar y protección, que es parte esencial de este tipo de populismo, aparece en el independentismo de Puigdemont, solo que derivado hacia otra de las fuerzas que apoyan la secesión, como es ERC. La idea de un mundo burocrático y corrupto, como es Washington para los votantes de Trump o Bruselas para los de Salvini y Cinque Stelle, queda representada aquí por Madrid y la monarquía. Con este marco discursivo, no es extraño que en la gira de Puigdemont por EEUU antes del 1-O, la única acogida animosa que encontró fuera entre políticos cercanos a Trump.

Refuerzo nacional

En ese contexto, medidas como la autorización de la venta de la leche cruda son previsibles, porque unen la protección de sectores desfavorecidos, cuyas condiciones de vida van a ir a peor, con elementos de refuerzo nacional: son de los nuestros, hay que protegerles y debemos darles una salida. Se pueden oponer todo tipo de argumentos desde el plano de la salud respecto de esta medida, pero políticamente son poco relevantes.

A la hora de defender los intereses del mundo rural, la derecha ha cedido ante instituciones internacionales y empresas extranjeras

El caso de los ganaderos y la leche cruda es muy significativo, porque va mucho más allá de un sector concreto. Señala cómo hay capas de la población que han visto pasar gobiernos de diferente color y con todos ellos han seguido perdiendo pie; cómo las promesas que unos y otros formulaban les causaban una decepción sistemática; cómo los perdedores de la globalización han empezado a no confiar en nadie políticamente. Y con toda la lógica, porque entienden que les están dejando solos. La derecha puede sacar las banderas a la calle, insistir en que son españoles sin complejos y que los toros y demás, pero a la hora de defender los intereses del mundo rural han cedido sistemáticamente ante instituciones internacionales y empresas extranjeras. La izquierda, ya sea la socialista o la de Podemos, les ha dicho que es hora de actualizarse, que vendan a través de internet y que dediquen los campos a la agricultura ecológica (cuando no a la marihuana). No cuentan ni para unos ni para otros.

Las izquierdas no les tienen en cuenta: son blancos, viejos, de pueblo, no utilizan las redes y su diferencia no es lo suficientemente diversa

Las derechas se han olvidado de ellos, a pesar de que buena parte del mundo rural eran votantes típicamente suyos. Y todavía lo son, pero es cuestión de tiempo que les vayan abandonando: las nuevas generaciones van por otro camino, muchos de ellos ya no creen en la política y tampoco queda mucho dinero para repartir, con lo cual las redes de intereses locales ya no son tan efectivas. Las izquierdas tampoco les tienen en cuenta, porque son gente blanca, con bastantes años, de pueblo, que no utiliza las redes sociales y cuya diferencia no es lo suficientemente diversa. Y como en sus textos clásicos tampoco pone que pertenezcan a la clase obrera, aunque bastantes de ellos sean pequeños empresarios precarizados, condenados a una economía de subsistencia, pues tampoco crea problema olvidarlos. Y eso en el mejor de los casos.

¿Y qué hacen?

En el peor, la derecha liberal les dice que llevan toda la vida chupando de las subvenciones, que lo que tienen que hacer es actualizarse y montar 'startups'. La izquierda les llama magufos, y les señala con el dedo como parte de ese pasado que se niega a adaptarse a los tiempos, como el retrato perfecto de los reaccionarios. Y entonces aparece el populismo de derechas y les dice que ellos forman parte de su nación, que son importantes, que su tarea es necesaria y que se olviden de los vendidos a Bruselas o a Madrid. ¿Y qué hacen? Votan al dextropopulismo.

La leche cruda es una mala solución, pero da igual, porque envía un mensaje poderoso políticamente

Insisto, el caso de los ganaderos es un ejemplo muy representantivo porque refleja a la perfección cómo muchos de los perdedores de la globalización están siendo no ya ignorados, sino despreciados por las fuerzas políticas tradicionales. De pronto, varias clases sociales, pero en especial las que salen perdiendo, “viven en un agujero negro político, pues ni la derecha ni la izquierda recalan ahí, en ese rincón de realidad, que es un rincón sin épica, despreciado por todos”, como decía Alberto Olmos. La gente ya no cuenta para la política, de modo que buscan una salida por otro lado. De eso vive el dextropopulismo, que empatiza con ellos, habla su lenguaje, les propone algo.

Os ayudaremos

Es verdad que las soluciones que da son pobres o falsas y la leche cruda es también un buen ejemplo. Lo lógico es intervenir en un doble nivel, tanto para evitar los abusos de posición dominante que les llevan a ser sistemáticamente explotados por los intermediarios como para conseguir otro tipo de condiciones en el marco de la UE que permitan la subsistencia de un sector estratégicamente necesario para cualquier país. Eso sí sería ayudarles; lo de la leche cruda es un parche irrelevante, porque los réditos serán escasos, porque no soluciona los problemas de fondo y por, claro está, los aspectos sanitarios. Pero da igual, porque envía un mensaje poderoso: nos importáis y haremos lo que podamos por ayudaros. Y hoy ese mensaje es enormemente relevante. Y así se va construyendo el dextropopulismo, con gente despreciada por unos y otros.

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