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La revuelta que asoma en la izquierda
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Esteban Hernández

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La revuelta que asoma en la izquierda

Este momento es un paréntesis, pero todo el mundo está pensando en el futuro. La izquierda será diferente en un par de años, y está en juego cuáles serán sus ideas

Foto: Manifestación a ritmo de batucada de Podemos en Lavapiés. (EFE)
Manifestación a ritmo de batucada de Podemos en Lavapiés. (EFE)

Hay un movimiento táctico en la izquierda, vinculado a las políticas que se siguen en las instituciones, tanto a la hora de gobernar los ayuntamientos como en lo que se refiere al tipo de apoyo que se va a prestar a Pedro Sánchez. A pesar de su importancia, y más cuando todo el mundo está trabajando de cara a próximas contiendas electorales, reparar únicamente en ese terreno dice poco acerca de las mareas de fondo que están recorriendo la izquierda, tanto en algunas partes del PSOE como en el espectro político que se extiende más allá de él.

Si el análisis se restringe a Podemos, pero se amplía la mirada hasta el medio plazo, es sencillo observar cómo la formación morada está viviendo una situación de calma tensa, que se romperá previsiblemente tras las elecciones generales, en especial si los resultados son malos. Hasta entonces nadie quiere dar el paso de romper, en parte porque la unión les resulta conveniente electoralmente, en parte porque las distintas facciones aspiran a quedarse con la marca. Yendo solos, todos parecerían salir perdiendo: los 'anticapis' tienen una aceptación social muy escasa salvo en Andalucía, los partidarios de Errejón perderían mucha llegada sin el amparo de Podemos y en IU piensan que es más prudente permanecer en la coalición porque es muy probable que en solitario no llegasen a ese 5% que precisan. Si a todo esto le sumamos los comunes, las confluencias y demás, con la fragmentación que añade, el futuro a medio plazo se presenta complicado, máxime cuando los actuales líderes no garantizan la cohesión.

Hasta ahora, si alguien señalaba que la izquierda estaba dejando de lado los temas materiales, se zanjaba el debate llamándole viejo y reaccionario

Pero más allá de la suerte concreta de Podemos también hay movimientos tectónicos en la izquierda. Algo está cambiando y mucha gente de ese espectro ideológico sabe que este es un momento de 'impasse', de modo que están pensando en el futuro. Los cambios reales, o eso creen, comenzarán a manifestarse en 2020, que será cuando la izquierda comience a definirse del todo. Y es probable que tengan razón. Algunas de las polémicas recientes tienen tanto porcentaje de táctica como de estrategia, lo cual señala que algo sí está activándose.

Un militante rojo

Una prueba es la discusión entre quienes abogan por una posición de clase frente a quienes privilegian los aspectos culturales, bien reflejada en el debate surgido a raíz del libro de Daniel Bernabé. Y el problema de fondo no ha sido tanto la tesis de 'La trampa de la diversidad' (Ed. Akal) como el hecho de que estaba enunciada por uno de los suyos. Hasta ahora, cuando alguien señalaba que la izquierda estaba dejando de lado los temas materiales, el debate se zanjaba llamándoles neorreaccionarios y señalándoles como agentes (quizá involuntarios) de la derecha. Pero en este caso ha sido un militante rojo el que lo ha dicho en voz alta y la reacción ha sido distinta. Quizá porque no ha hecho más que verbalizar lo que una parte sustancial de la izquierda piensa, que la diversidad es una trampa estratégica. Era probable que el debate se enconase y así ocurrió.

Reina la sensación de que es hora de dejar de trabajar para las televisiones, para las primarias con figuras carismáticas y para Twitter y Telegram

Pero ese asunto va bastante más allá del intento de controlar un pedazo del mapa político en el momento presente, ya que anticipa tensiones futuras. Es cierto que muchas discusiones están desarrollándose en un terreno muy parecido a aquel en que tenían lugar los debates entre la izquierda vieja y la nueva hace seis o siete años (y diez y veinte). La clase obrera contra las identidades múltiples, la construcción de organización frente a las estructuras horizontales, la importancia del salario frente a la liberación de las costumbres, el poder de las ideas frente al de los medios de comunicación y las redes, una serie de oposiciones que, en fin, no hacen más que actualizar viejos debates. Unos creen que el motor es la clase obrera, aunque no puedan identificarla claramente, los otros creen que lo importante es la articulación de demandas diversas que triunfan si se logra representar el todo desde la parte (o como se diga).

El hartazgo

Pero incluso en esa repetición de argumentos se dejan entrever nuevas fracturas. Son en parte producto del fracaso de la promesa que hizo la nueva izquierda, según la cual los nuevos líderes llevarían el éxito a una opción política en sus horas más bajas, pero también son efecto del agotamiento definitivo de una propuesta. La sensación de que es hora de dejar de trabajar para las televisiones, para las primarias con figuras carismáticas, para generar circulación de los tuits, para alimentar Telegram o para hacerse simpáticos mediante los aplausos a fenómenos populares como Operación Triunfo, es ya una constante entre de la izquierda. Y la polémica acerca del libro de Bernabé es también una muestra de ese hartazgo.

La derecha populista no ofrece un regreso a las esencias: se propone como mecanismo corrector de las cosas absurdas que hace la izquierda

Es aquí cuando entra en escena un nuevo elemento, al que denominan con demasiada ligereza fascismo. El ascenso en Occidente de la derecha populista da forma a un fantasma para la izquierda que es muy difícil pasar por alto. En primera instancia, porque gana a los materialistas en su terreno, ya que muchos de los votantes del dextropopulismo pertenecen a las clases sociales que antes votaban a la izquierda; en segundo lugar, porque vuelve el discurso de los culturalistas contra ellos para lograr aceptación social. Así lo define Götz Kubitschek, ideólogo de las nuevas derechas alemanas: "Es la realidad frente a las mentiras de la izquierda que creen que con kiwis y café de comercio justo pueden salvar el mundo. No podemos esperar a la última locura vegana".

El dextropopulismo incomoda a los materialistas porque gana formulando los mismos reproches que ellos hacen a los suyos en voz baja

En realidad, esta utilización de las propuestas del rival político, un punto satírica y otro malintencionada, ha sido parte del discurso de las revoluciones liberales conservadoras, las de Reagan y Bush Jr., que vienen sucediéndose desde los 70. Oponer una realidad dura a unos 'progres' demasiado blandos es una constante: gente buenista, que no entiende lo que está ocurriendo, que vive en un mundo de fantasía. La derecha populista no ofrece un regreso a las esencias, sino que se propone como mecanismo de corrección de tantas cosas absurdas que una sociedad extraviada promueve.

Y ahora el fascismo

Al sector materialista el triunfo del dextropopulismo le incomoda especialmente porque formula a sus correligionarios los mismos reproches que ellos tienen en la cabeza pero que no pueden expresar en público, ya que, para mejor o peor, son sus aliados electorales. Pero no deja de reconcomerles, porque entienden que si las derechas están ganando en los barrios populares y en las clases medias bajas es precisamente por el tipo de argumentos blandos que manejan sus socios.

Salirse del discurso cultural es hacer el juego a los medios conservadores, alentados por la izquierda neorreaccionaria, y entregar la sociedad a los Salvini de turno

Los culturalistas argumentan que si ganan los fascistas es culpa de los izquierdistas que siguen anclados en el pasado, que siguen hablando de la clase obrera como si las fábricas todavía existieran, que no entienden que la nueva sociedad es diversa, que la libertad es muy importante como para entregársela a la derecha, que hay que construir un frente de resistencia construido por el feminismo, los colectivos LGTBI, la inmigración, el ecologismo y los partidarios de la renta básica. Esa es la única forma de oponerse al fascismo enraizado en España y en Europa, que es machista, xenófobo y nacionalista. Salirse de ese discurso es hacer el juego a los medios conservadores, alentados por una izquierda neorreaccionaria, y supone entregar la sociedad a los Salvini, Casado, Le Pen y demás.

El "nosotros o el caos" de izquierdas

El neofascismo se convierte así en el espectro que les permite evadir la realidad de fondo y permanecer en una atalaya desde la que juzgar a los demás, al mismo tiempo que les impide entender que esta revolución conservadora tiene elementos de clase, nacionales, culturales y geopolíticos y que su tesis es débil en todos ellos. Además, esta alianza de las identidades por las que aboga la nueva izquierda es una táctica pobre, porque es justo la que ha utilizado repetidamente el progresismo a lo Zapatero, Hillary Clinton o Renzi, y la que ha llevado a que líderes como Trump, que jamás hubieran ganado si enfrente hubiera tenido una opción sensata, hayan llegado al poder. En la socialdemocracia tradicional, esta suma de las diferencias ha constituido el mecanismo principal que les permitía no tocar nada de la estructura económica y social cuando gobernaban, y al mismo tiempo afirmarse como progresistas. Los enemigos, en ese contexto, ya fuese el PP, Trump o la AfD, eran muy útiles, porque servían para poner en marcha un resorte típico en la política de las últimas décadas, y que ha sido empleado desde todas partes, el de "nosotros o el caos". El problema es que el truco ya no funciona, como demuestra el ascenso del populismo de derechas en Occidente, un movimiento que les deja fuera de sitio.

Utilizan la diversidad para borrar toda reflexión sobre el poder y los recursos. Pero esa es la esencia del sistema: por eso se llama capitalismo

Este es el terreno en el que está jugando la izquierda hoy. Y es estéril. Es sorprendente cómo siguen siendo deudores de los esquemas en los que se movían hace 20 años, lo que los lleva a perder todo aquello que les definía. Muy poco de lo que señalan tiene que ver con la realidad, esto es, con las transformaciones estructurales que el capitalismo ha impulsado en estas décadas, con la reestructuración del mercado y de sus actores dominantes, con ese poder que ya no necesita tomar físicamente los territorios para ejercerse, con los cambios geopolíticos, con el nuevo papel de EEUU y China, con el ascenso de un conservadurismo revolucionario, con la reconfiguración de las clases sociales. Aspectos todos ellos que son pasados por alto a través de la diversidad, es decir, de la seguridad en que la alianza entre diferentes colectivos activistas constituye la única línea de defensa contra el fascismo y que terminará convirtiéndose en una fuerza social dominante. El problema no es la diversidad, sino cómo la utilizan para borrar toda reflexión acerca del poder y los recursos, que es la esencia del sistema en el que vivimos: por eso se llama capitalismo, y por eso puso énfasis Marx en ello.

El 'impasse'

La polémica alrededor del libro de Bernabé está desatando un cambio, porque ha servido como excusa para que mucha gente dentro de la izquierda diga en voz alta aquello que ya pensaba pero que prefería callar en público. El sector culturalista, que es el oficial en el PSOE y en Podemos, se siente presionado porque sabe que está perdiendo la batalla contras las derechas, y eso los lleva a ser más agresivos con quienes se lo reprochan desde su misma posición política. En eso también consiste "la trampa de la diversidad". En fin, sea cual sea el futuro de la izquierda, lo que sí resulta obvio es que hay algo en marcha, que los esquemas que se habían impuesto, el de las redes, las televisiones y la agenda cultural, ya no son ni creídos ni aceptados por buena parte de los suyos y que son percibidos como una propuesta agotada. Veremos qué ocurre, pero todo genera la sensación de que algo se acaba y algo empieza, y que esa tensión definirá a la izquierda durante un par de años.

Hay un movimiento táctico en la izquierda, vinculado a las políticas que se siguen en las instituciones, tanto a la hora de gobernar los ayuntamientos como en lo que se refiere al tipo de apoyo que se va a prestar a Pedro Sánchez. A pesar de su importancia, y más cuando todo el mundo está trabajando de cara a próximas contiendas electorales, reparar únicamente en ese terreno dice poco acerca de las mareas de fondo que están recorriendo la izquierda, tanto en algunas partes del PSOE como en el espectro político que se extiende más allá de él.

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