La internacional de la derecha, el enemigo interno y el futuro de la UE

El final de la globalización y la entrada en un mundo en el que la geopolítica es más importante que nunca están causando problemas a Europa. Todo apunta a que se agravarán

Foto: Steve Bannon. (Reuters)
Steve Bannon. (Reuters)

Están produciéndose movimientos serios en la Unión Europea. Es cierto que son reactivos, consecuencia de la decisión de Trump, es decir, de parte de las élites estadounidenses, de fortalecer económicamente su país y debilitar a la UE y a Alemania, pero no dejan de constatar fehacientemente los cambios políticos que están desarrollándose en el balance de fuerzas internacionales.

El ministro de Finanzas francés, Bruno Le Maire, y el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Heiko Maas, señalaron el pasado lunes que la UE debería contar con sistemas de pago independientes de EEUU. Según publica Bloomberg, Le Maire afirmó su deseo de que “Europa sea un continente soberano, no un vasallo, y eso significa tener instrumentos de financiación totalmente independientes que hoy no existen”. Esta misma semana, Macron ha asegurado, en un discurso pronunciado ante los embajadores franceses, que Europa no puede apoyarse solo en los EEUU a la hora de asegurar su seguridad y su soberanía, y dejó caer que una menor hostilidad con Rusia sería conveniente.

Tensar la cuerda

Las afirmaciones son relevantes, porque si dos elementos son esenciales hoy en el juego del poder, esos son la financiación y las armas, y en ambos el eje europeo estaría manifestando su intención de alejarse de EEUU y de afirmarse como una potencia mucho más independiente. Es cierto que estas declaraciones tienen mucho de retórica del desafío, de tensar la cuerda frente a Trump, de señalar que si las cosas continúan por este camino, la UE también tiene sus bazas; la UE, al fin y al cabo, suele dar un paso hacia adelante y otro hacia atrás, con lo que acaba quedándose en el mismo sitio. Sin embargo, los hechos de los últimos meses señalan que la tensión va en aumento en lugar de disolverse.

El comercio con Francia es complicado a causa de la UE. Preferiría tener acuerdos solo con Francia. La UE es muy dura

En buena medida, porque EEUU lo ha decidido así. La guerra comercial iniciada por Trump es parte de ese propósito de recuperar hegemonía en el momento en que China se ha convertido en su principal rival, lo cual deja a Europa en una posición frágil, porque su principal aliado, aquel al cual estaba subordinada, ha decidido renegociar el acuerdo en términos mucho más beneficiosos para EEUU. La era de la globalización está tocando a su fin, y abre el paso a un tiempo en el que la geopolítica va a ser mucho más importante aún.

Acuerdos bilaterales

En ese nuevo escenario, Trump está desarrollando una estrategia decidida a minar a un rival comercial, como es la UE, y una buena manera de conseguirlo es fragilizarlo. Trump lo explicitó durante la reunión con Macron en Washington: “El comercio con Francia es complicado a causa de la UE. Preferiría tener acuerdos solo con Francia. La UE es muy dura con nosotros y eso tiene que cambiar”. Un escenario en el que la UE no existiera y que, por tanto, posibilitase tratados comerciales bilaterales sería particularmente provechoso para EEUU, ya que gozaría de condiciones más favorables que las negociadas con la Unión, cuyo poder de resistencia es mayor que el de sus partes aisladas. Esto es el Brexit.

Trump pretende ganar espacio a costa de quitárselo a sus aliados, y la Unión Europea es una diana comercial importante

Otro actor internacional poco amigable con la UE (esperable, dadas sus buenas relaciones con Trump) es Netanyahu, que está desplegando una notable acción diplomática en Europa del Este. La alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, tenía previsto reunirse en junio con el presidente israelí, pero Netanyahu decidió no sentarse con ella. Semanas más tarde, sin embargo, dio una gran bienvenida al primer ministro húngaro, Viktor Orbán, un partidario de Trump y Putin poco amigo de la UE. Del mismo modo, Netanyahu se reunió este año en Alemania con Richard Grenell, embajador de EEUU en el país germano, quien había asegurado a Breitbart que pretendía empoderar a los partidos de derecha populista en toda Europa. Según Bloomberg, que citaba a Michael Oren, exembajador israelí en los EEUU, “el interés es romper la unidad europea en asuntos relacionados con Israel”. Un viceministro de Netanyahu declaró al diario: “Para mí, cuanto menos unida esté Europa, mejor. Soy optimista sobre eso. Una Europa unida no ha sido una bendición para este país”. Para la derecha conservadora de Israel, la UE ha sido un problema, porque, como anteriores líderes estadounidenses, ha tratado de jugar un papel moderador que se aleja de sus posiciones; forma parte del juego típico de la política internacional trazar alianzas con líderes que se alinean con tus pretensiones. Netanyahu está encontrando en el este algunos de ellos.

Las consecuencias internas

Dicho de otro modo, este regreso de la geopolítica tiene consecuencias en las alianzas internacionales, pero también dentro de los países. En el caso de la UE, la guerra de Trump contra China, cuyo objetivo es recuperar hegemonía estadounidense y frenar a la potencia ascendente, nos está perjudicando en diferentes sentidos. Trump pretende ganar espacio a costa de quitárselo a sus aliados, y la UE, como se ha visto en las medidas comerciales que ha tomado, es una diana importante. En ese juego, introducir elementos internos que minen a los adversarios es una táctica habitual. No podemos entender los movimientos de extrema derecha y los dextropopulistas en Europa sin comprender este carácter: lo que reste fuerza a mi adversario me beneficia. Por eso Trump apoyó al líder de UKIP y defendió el Brexit, por eso Bannon está por aquí, por eso se repiten en Europa las técnicas y las tácticas que funcionaron en EEUU, como el discurso acerca de los inmigrantes. Y tampoco podemos entender del todo a Puigdemont y a su facción dentro del independentismo catalán sin comprender que el único apoyo exterior que ha recibido ha sido de la extrema derecha estadounidense.

Abandonemos la retórica: hay una guerra por el poder internacional entre EEUU y China, y la UE está siendo la principal perjudicada

De manera que haríamos bien en tener en cuenta la variable geopolítica en los análisis sobre nuestras democracias, algo que escasamente se tiene en cuenta. El Brexit es buen ejemplo de este error. Fue definido por nuestros políticos como el deseo populista de regresar al viejo mundo de fronteras férreas, como la reacción ciega que trata de negar el progreso, como el producto del miedo frente a los cambios. Desde entonces, este ha sido el marco más utilizado: cada vez que un partido de estas características crecía electoralmente, se decía que explotaba el temor de las clases populares ante la globalización y ante el cambio tecnológico, que suponía la expresión de la ira de los perdedores, y que sus soluciones no eran más que el regreso a ese pasado de fronteras fuertes, autoridades firmes y familias tradicionales que ya sabemos dónde conduce: no era más que otra forma de volver a los totalitarismos. En lugar de afrontar los desafíos del futuro, se optaba por las soluciones salvíficas del pasado.

Una idea clara

Pero es hora ya de que nos dejemos de esta retórica vacía. Hemos iniciado una competición en la que llevamos las de perder, que es producto de la guerra larvada entre EEUU y China, y en la que jugamos un papel subordinado. La UE tiene que definirse, saber dónde quiere llegar, cuáles van a ser sus puntos fuertes y cuáles sus aliados, algo para lo que tiene enormes dificultades, entre otras causas, por su escasa cohesión. Pero si no hace esta tarea, su horizonte es la ruptura, más tardía o más temprana.

Las élites europeas siguen ancladas en el pasado y repiten con insistencia una fórmula que no les funciona desde el Brexit y el éxito de Trump

Buena parte de esa definición pasa por cambios en el frente interno. Los perdedores de la globalización, que son ya bastantes en Europa, están acercándose cada vez más a opciones políticas que abogan por marcharse de la UE, y cuyos líderes tienen una visión del mundo cercana a la de Trump. En este escenario, la actitud de las élites europeas, de aquellas que tienen en las manos los resortes de poder, es la misma que nos ha traído a esta encrucijada. Continúan haciendo y diciendo lo mismo: tenéis miedo, queréis vivir en el pasado, no temáis, abrazad el cambio. Siguen utilizando una fórmula, la de culpabilizar y menospreciar a los votantes de los partidos de derecha, que les dejó de funcionar el día que Trump llegó al poder. A pesar de ello, y de que no dejen de multiplicarse los problemas, continúan insistiendo en el marco perdedor. Sería más lógico que generasen reformas económicas que permitieran que el nivel de vida aumentase, que las poblaciones europeas tuvieran más razones para identificarse con la UE y que minasen a sus rivales políticos. Pero no tiene ninguna pinta de que ese vaya a ser el camino. Esto no va a acabar bien, entre la ceguera de unos y otros. En las próximas elecciones europeas, tendremos una buena pista de hacia dónde vamos.

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