La izquierda: opción B

Un artículo cofirmado por Anguita y Monereo ha merecido toda clase de insultos, siendo el más frecuente el de "fascistas". ¿Otra polémica banal más? No, esta es importante

Foto: Anguita e Iglesias. Eran otros tiempos. (Rafa Alcalde/Efe)
Anguita e Iglesias. Eran otros tiempos. (Rafa Alcalde/Efe)

Hace un par de días, a Julio Anguita, Manolo Monereo y Héctor Illueca se les ocurrió publicar un artículo alabando el 'Decreto dignidad' impulsado hace un par de meses por el gobierno de Salvini. Algunas de sus medidas, destinadas a frenar la deslocalización de las empresas y a prohibir la publicidad de casas de apuestas, eran valoradas como positivas por los autores, lo cual ha constituido para muchos de los suyos una suerte de blasfemia. Se les ha llamado fascistas o blanqueadores del fascismo, se les ha tildado de viejos reaccionarios, de rojipardos o de imitadores del Hogar Social.

En fin, es la típica polémica de las redes, que genera mucho ruido y furia en entornos limitados y que dura un par de días, hasta que es sustituida por la siguiente discusión. Este caso, sin embargo, contiene un par de elementos que la trascienden. En primera instancia, porque se trata de un aporte más a esa pelea desatada en una izquierda cercana a la ruptura. El miedo a un notable fracaso electoral, que quebraría las precarias alianzas sobre la que se ha construido, hace crecer dos tipos de sentimientos. Uno de ellos está presente entre quienes apuestan por lo material y circula como ruido de fondo desde hace tiempo. Podría resumirse así: “Nos convencieron para renunciar a lo que proponíamos a cambio de tener influencia en la sociedad y una presencia sólida en las instituciones, y nos estamos quedando sin nuestras ideas, sin peso social y sin nada. Y además, la derecha populista nos adelanta gracias a propuestas que siempre hemos hecho pero que dejamos de hacer”. El segundo es mucho más tacticista: “¿No sería mejor abandonar Podemos pronto (o al menos alejarnos mucho de sus líderes), para que su fracaso nos afecte lo menos posible? “.

Un descontento generalizado

Tampoco en el otro lado de la izquierda española se sienten muy felices. El descontento es palpable entre los errejonistas, porque entienden que al renunciar a la hipótesis populista (si es que esa pátina de buen rollito y positividad que utilizaban podía ser llamada populista) se pierde toda posibilidad de ganar influencia social; y entre los anticapitalistas, cuyo proyecto horizontalista (de esos que estructuran para acabar dirigiéndolo ellos) y multirracial pierde peso ante los éxitos de la derecha populista y de la extrema.

Se ha optado por un nuevo eje en el que el peso del antiguo, izquierda/derecha, se ve muy reducido

En el mundo político contemporáneo hay dos fuerzas dominantes, la que representa al mundo global y la nacionalista. Se ha optado por un nuevo eje en el que el peso del antiguo, izquierda/derecha, se ve muy reducido: unos apuestan por la apertura, el libre comercio, el multiculturalismo, el feminismo, el diálogo entre naciones y el apoyo a las minorías; los otros por un mayor control de fronteras, el regreso a la patria, el freno a la inmigración, mayores ventajas económicas para sus nacionales, los líderes firmes y la construcción de sociedades más cohesionadas. Unos dicen encaminarse hacia el futuro mientras sus rivales se quedan anclados en el pasado, los otros aseguran que ya está bien de tantos discursos blandengues que no hacen más que perjudicarles.

Volver al mapa

En ese contexto, la izquierda se está quedando sin espacio relevante en Occidente, como bien reflejan los resultados electorales. La socialdemocracia tradicional ha abrazado sin complejos el liberalismo económico y se posiciona claramente del lado global, mientras que los partidos que estaban situados un poco más allá en el tablero político cuentan cada vez con menor apoyo social. Salvo Corbyn, en un país que ha salido de la UE, y Sanders, que ocupa una posición todavía secundaria entre los progresistas estadounidenses, no hay muchas más noticias. En Europa, las fuerzas de izquierda que gobiernan se someten a los dictados de Bruselas, y las que no están en el gobierno tienden a ser residuales.

La izquierda, en un momento de crisis, ha optado por dividirse en dos espacios que reproducen los modelos exitosos y los adaptan a su nicho

Existen iniciativas, no obstante, que intentan volver a situar al lado zurdo en el mapa. Una de ellas es En Pie, un movimiento alemán que pretende recuperar los votos de la clase trabajadora que se llevó la extrema derecha. Sus propuestas son nacionalistas y priorizan el trabajo y los salarios, así como la regulación de la inmigración. La lectura que Monereo, Illueca y Anguita hacen del decreto italiano tiene mucho que ver con ellas. Las recientes discusiones en la izquierda española, como el debate sobre la diversidad lanzado con el libro de Daniel Bernabé, también están relacionadas con este asunto. Hay un deseo de regreso a lo material en buena parte de las fuerzas progresistas que es ya difícil de contener, y es posible que sus partidarios decidan plantarse ante la UE alemana y tratar de llegar a las clases populares por vías mucho más directas.

Las versiones B

Este movimiento, sin embargo, señala algo curioso. La izquierda, en un momento de crisis, ha optado por dividirse en dos espacios que reproducen los modelos exitosos y los adaptan a su nicho. Si los globalistas son ese mundo multiculti, engreído, pijo-moderno, poblado por profesionales de barrios gentrificados y de urbanizaciones de las afueras que abogan por la mezcla y la fusión y por la globalización y la metropolización felices, su versión B recoge buena parte de ese ideario de modernidad, tecnología, apertura, reconocimiento de derechos a las minorías, y pone en estas sus esperanzas políticas. Los populistas de derechas entienden que lo global es un problema, apuestan por los límites que trazan las fronteras, creen en la necesidad del proteccionismo e insisten en que sus ciudadanos deben vivir materialmente mejor; si no es así, es por culpa de los inmigrantes y de las élites globales, que son quienes los sostienen en última instancia. Es difícil que parte de la izquierda no empatice con quienes defienden los trabajos, combaten las deslocalizaciones e incluso pretenden un regreso a la identidad nacional. Les llaman obreristas, dicen de ellos que son nostálgicos del fordismo, pero eso no hace más que reforzarles en sus posiciones: enfrente tienen la levedad posmoderna, esa que les ha llevado al fracaso.

Han hecho de la vigilancia moral un modelo de negocio político, al igual que otros han sacado rédito del pecado ajeno en el periodismo

Estas dos versiones se atacan insistentemente, y los insultos que se dedican han quedado patentes con el artículo de Monereo, Anguita e Illueca. Pero lo llamativo es que las diatribas que les han lanzado bien podrían usarse en sentido contrario: si ellos “blanquean el fascismo” por alabar medidas del gobierno italiano, lo mismo podría decirse exactamente del otro lado, que blanquea el liberalismo globalista con su defensa de lo multiculti, el apoyo a las minorías, etc. Y aún más: las mismas acusaciones que profieren los globalistas respecto de los proteccionistas son las que recogen los culturalistas para atacar a los obreristas, solo que elevando el tono. Han hecho de la vigilancia moral un modelo de negocio político, al igual que otros han sacado partido de señalar los pecados en el periodismo.

El reino de los equilibristas

El problema de fondo no es saber quién tiene razón en estas peleas internas, sino que ambas posiciones no constituyen más que dos versiones de las fuerzas dominantes de la época, dos reproducciones de los modelos políticos exitosos adaptados a su nicho, dos especies de equipos filiales. En España está división está muy marcada en Podemos, porque por un lado aparece una parte de Izquierda Unida que reivindica el regreso duro a lo material, y por otro están los errejonistas y los anticapitalistas capitaneando lo cultural, aunque sus perspectivas difieran. Pablo Iglesias, es decir, la cúpula de Podemos, no está ni aquí ni allá, ni en ninguna parte en concreto. Se dedica a hacer equilibrismos en distintos frentes: para mantener el partido mínimamente unido, para que las alianzas con las confluencias no se rompan, para que apoyar el PSOE le dé algún rédito en lugar de perjudicarle.

Podemos va camino de acabar rompiéndose en dos grupos, en una reedición de las viejas tensiones entre el PCE y el resto de la izquierda

Este esfuerzo por mantener todas las bolas en el aire se agotará si los resultados electorales no mejoran lo que las encuestas les conceden. Podemos va camino de acabar rompiéndose en dos grupos, los obreristas y los culturalistas, es decir, en una reedición de las tensiones entre los comunistas y la izqueirda arcoiris de los viejos tiempos. Tanto hablar del régimen del 78 y van a acabar sumidos en los mismos dilemas inútiles de aquella época.

El éxito se desvanece en el aire

La derecha se ha transformado radicalmente desde los años 70. Cada paso adelante que ha dado ha supuesto la adopción de nuevos argumentos y discursos y una consecución más lograda de sus propósitos. La línea que lleva de Reagan a Trump está tejida con elementos diferentes y la misma intención. En el caso de la izquierda, ese cambio no se ha dado. Había un par de marcos y uno ha ido ganando espacio a costa del otro, pero no ha existido una evolución ni discursiva ni analítica y mucho menos de conexión con la sociedad. Podemos prometió hacer algo distinto, pero en cuanto las cosas comenzaron a torcerse regresaron a sus viejas obsesiones, aquellas que llevaban flotando en el ambiente desde la Transición; en cuanto la ilusión del éxito se desvaneció, volvieron a hablar de lo mismo.

Para tener influencia social, a la izquierda le toca tomar consciencia de que esto se ha acabado y de que hay que cerrar ya una etapa

Se avecinan tiempos complicados. Hay un nuevo marco geopolítico y nuevas tensiones territoriales. La debilidad de la UE, cada vez más patente, está provocando tensiones crecientes. La desigualdad aumenta y las tentaciones de buscar una salida en solitario son cada vez mayores. En ese escenario, y con grandes retos por delante, una izquierda potente es imprescindible, para ella misma y para la sociedad. Pero para tener influencia social, a la izquierda le toca salir fuera, tomar consciencia de que esto se ha acabado, de que hay que cerrar ya una etapa y pensar en lo que viene y en cómo afrontarlo. Que Podemos no es una solución lo saben incluso quienes están en Podemos, y la forma de superar este momento de dificultad no puede ser reproducir los marcos de otros ni reeditar viejas peleas. España y Europa se van a jugar mucho en los próximos años y la izquierda tendrá que desempeñar un papel en esa partida. Es hora de pensar cómo.

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