El miedo o la ira: cómo los liberales dan alas a la extrema derecha

Dos recientes estudios sirven para apreciar la evolución de los votantes y para entender cómo la desafección ha dejado paso a un hartazgo que aprovecha el dextropopulismo

Foto: Macron y Trudeau, dos presidentes liberal-globalistas. (EFE)
Macron y Trudeau, dos presidentes liberal-globalistas. (EFE)

El régimen liberal está en declive. Avanza el dextropopulismo con fuerza y su sola presencia, gobierne o no, ya revela la magnitud de los cambios. Que un candidato tan claramente inapropiado como Bolsonaro lidere las encuestas con ventaja en Brasil es, con independencia del resultado, altamente revelador. Como lo son los gobiernos de Trump, Modi, Orbán, Duterte, Di Maio-Salvini, Erdogan, Putin o Netanyahu, por citar distintos gobernantes que, a pesar de sus diferencias, cuentan con elementos comunes. Son la prueba de que algo se ha transformado, y a juzgar por el panorama europeo, sigue moviéndose hacia lugares poco habitables.

Hubo una época en que las iniciativas antisistémicas no afectaban al corazón de la gobernanza europea. Podían existir, pero estaban muy lejos, no ya de formar Gobierno, sino siquiera de ser influyentes. Hubo tentativas en Austria u Holanda, pero distaban de la derecha antieuropeísta actual. Ahora están por todas partes, en Europa del Este, del norte y del sur, con mayor o menor influencia. Para entender cómo han ido ganando fieles y cómo hemos llegado a esto, hay un par de estudios recientes que pueden ser de utilidad: suponen dos momentos diferentes del mismo recorrido.

Los dos discursos habituales

El primero de ellos, ‘Social class struggle as a Greek political discourse’, de Irene Theodoropoulou, de la Universidad de Qatar, describe la experiencia griega con la llegada al poder de Tsipras. En las elecciones que ganó Syriza, se enfrentaron dos clases de discursos. El de ND, el partido de derechas, contenía un argumentario típicamente liberal, el que mantenían los partidos institucionales europeos, de un lado y otro del espectro político: abogaba por crear empleo mediante la atracción de inversiones extranjeras, por las reformas del mercado laboral y de las pensiones y por la puesta en marcha de más privatizaciones, de forma que se pudieran aumentar los recursos del país y así reducir la desigualdad imperante en el país. Syriza opuso un discurso de clase, que pretendía aumentar los impuestos a las clases medias y a las medias altas, y defender con lo obtenido los derechos de las capas sociales con menos ingresos, así como cubrir las crecientes situaciones de necesidad en las que se hallaban los ciudadanos griegos tras una muy dura crisis.

La clave del éxito estuvo en unir el combate contra la crisis económica con el rechazo a una UE exigente e insensible y a las élites nacionales

En el discurso de Tsipras, ND era descrito como un partido elitista que protegía a los oligarcas griegos, a los banqueros, los hombres de negocios y los medios de comunicación que iban contra del pueblo: era el momento del populismo de izquierdas. Las élites griegas, ese entramado de poder habitual que se enraizaba en generaciones, eran las primeras valedoras de Europa, de modo que no le costó nada a Syriza trazar una línea que unía el combate contra la crisis económica, una UE exigente e insensible y la casta local de toda la vida. La unión de los tres elementos otorgó el poder a Tsipras.

Los ataques y la empatía

La segunda experiencia tiene que ver con el ascenso del UKIP en Reino Unido. ’Emotion in politics: Affective-discursive practices in UKIP and Labour’, de Ruth Breeze, de la Universidad de Navarra, señala el papel de las emociones en la creación y el auge de un nuevo partido de derechas y muestra la diferencia entre sus discursos y los que la izquierda enviaba a los mismos electores. El UKIP canalizó crecientes sentimientos de frustración y de malestar, y su lenguaje apelaba permanentemente a ataques que sufrían los nacionales británicos. En los mismos asuntos, la izquierda utilizaba un léxico similar, solo que los conceptos empáticos aparecían con mayor frecuencia.

Hacía falta un cambio y ellos podían llevarlo a cabo. Solo había que hacer una cosa, librarse de los liberal-globalistas y de los progres

Breeze encontró una diferencia esencial entre ambos, más allá de los conceptos utilizados: “Cuando se enfrentan a un escenario negativo, es más probable que los votantes que tienen miedo opten por una opción conservadora, es decir, que empleen un ‘comportamiento contrario al riesgo’. Sin embargo, los votantes que creen que alguien tiene la culpa de la situación pueden experimentar ira, a menudo exacerbada por un sentimiento de traición y, en consecuencia, votar por un partido que prometa un cambio radical”.

El partido perdedor que ganó la guerra

Este es el centro del asunto. El UKIP no solo identificaba una serie de problemas y ponía el foco sobre ellos, sino que señalaba a unos responsables directos. Hasta entonces, y mucho más después de la crisis financiera, el mensaje habitualmente transmitido por los gobiernos liberales fue el siguiente: estábamos ante un escenario de enorme riesgo, porque la recesión estaba dañando seriamente a las sociedades, pero si se tomaban medidas sensatas y tranquilas, se podría volver a la buena senda. Si no se actuaba así, y se daba rienda suelta a políticos ideológicos y desatados, la catástrofe sobrevendría. Ese mensaje les funcionó bien durante mucho tiempo, pero dejó de hacerlo, y la irrupción del UKIP fue una señal muy evidente. La formación dextropopulista británica, aunque no tuviera un gran peso electoral, gozó de una influencia decisiva: arrastró al partido conservador hacia sus postulados, impulsó y consiguió el Brexit, y una vez que su propósito se logró, fue fagocitado por el partido mayor. Pero las consecuencias ya estaban ahí.

Este giro ha afectado especialmente a la izquierda. Por eso, Steve Bannon puede permitirse llamar “Wall Street Party” al partido demócrata

En el corazón de su estrategia estuvo esta ligazón entre los problemas y sus verdaderos causantes. Al responsabilizar a un actor externo de la crisis, no solo contaban con un diagnóstico sino que aportaban una solución: la UE y sus burócratas estaban arruinando a Reino Unido, ya que lo estaban llenando de inmigrantes, empobreciendo a los nacionales, llevándose los trabajos de las islas y beneficiando a los ricos de la City. Hacía falta un cambio, y ellos podían llevarlo a cabo. Solo había que hacer una cosa, librarse de aquellos que promovían las formas de acción que les perjudicaban. Y estos eran los liberal-globalistas. Con esta fórmula, el miedo desaparece, porque se encuentra un responsable y, por tanto, una vía de salida.

Lo productivo y lo ficticio

Este peculiar giro ha afectado especialmente a los partidos de la izquierda socialdemócrata. Cuando de manera muy significativa Steve Bannon llama “Wall Street Party” al partido demócrata estadounidense (lo cual es cierto, pero igual que el republicano), no solo está responsabilizando a una parte de un problema común, sino que está subrayando la validez de una de las propuestas fundamentales de la derecha trumpista. Su formación se representa como aquella que defiende lo productivo, las empresas locales, las manufacturas, el regreso de las fábricas que se llevaron los chinos, a la gente que trabaja en algo perceptible y comprobable, y arroja a sus contrincantes al lugar de defensores de la economía de casino, de la especulación, de lo improductivo, de la gente que no se sabe bien qué hace pero que no cesa de enriquecerse a costa del estadounidense medio. Una vez que fijan ese marco, los demócratas quedan con muchas menos opciones, porque se convierten en los defensores de las élites que les explotan.

Buena parte de los votantes de esta extrema derecha creían en la democracia, en la política y en el sistema. Y ya no

Por decirlo con otras palabras, los progresistas, en tanto defensores del liberal-globalismo, representan para esa gente justo aquello que hace que el sistema funcione mal, y los convierte en sinónimo del engaño, la presión a favor de los ricos, el desprecio por su país, el interés egoísta y el narcisismo. Es una táctica habitual de esta derecha revolucionaria, que ha utilizado de un modo u otro desde los años sesenta del siglo pasado y a la que Trump y la extrema derecha europea están dando un nuevo giro. La cuestión es que les está funcionando, y tampoco es extraño.

Corrupción y cinismo

Los líderes no, pero sus votantes son 'antiestablishment'. Pueden ser gente ideologizada que solo ve lo que quiere ver, pero también hay buena parte de ellos que ha crecido creyendo en el sistema, en los medios de comunicación, en las promesas que les hacían los políticos, en las buenas palabras acerca del futuro, en el capitalismo y en la democracia, y han dejado de hacerlo. Ahora solo ven corrupción, mentiras mediáticas, intereses perversos, falta de honradez, fingimiento y cinismo; han dejado de creer.

Odian a la gente políticamente correcta, a aquellos que les engañaron y que a estas alturas les continúan diciendo lo mismo

En ese instante, cuando ya son conscientes de que sus opciones materiales no son buenas ni lo serán nunca, y de que todo está corrompido, se encuentran con un líder fuerte que ataca justamente aquello que más odian: a la gente políticamente correcta, a quienes les han engañado y siguen diciendo las mismas palabras bonitas de siempre, a los que les miran por encima del hombro al mismo tiempo que les quitan el dinero. El dextropopulismo ha sabido quitarse de encima lo que les tocaba y cargarlo en los hombros de los liberal-globalistas, y en especial de los progres.

Y no les falta razón

El problema de todo esto es doble. En buena parte de sus críticas, estos 'antiestablishment' tienen razón. Les ha tocado perder, los sistemas democráticos han sido debilitados enormemente por aquellos que decían defenderlos (que alguien como Aznar pueda haber salido de rositas después de todas las mentiras es buen ejemplo), y el futuro se les presenta negro precisamente por la acción de quienes aseguraban que iban a arreglar las cosas. El sistema cada vez funciona peor para partes más grandes de la sociedad, en lo económico y en lo institucional, y quienes se declaran prosistema no hacen más que insistir en aquellas fórmulas que han estropeado esto, en especial en lo económico. Pero al mismo tiempo, el niño es arrojado con el agua: todas aquellas garantías democráticas que son precisas para que una sociedad funcione son percibidas ahora como prescindibles, los mecanismos típicos de comunicación social son desechados en bloque y los contrapesos institucionales son entendidos como un problema para la acción. Sin embargo, los liberal-globalistas, incluida buena parte de la izquierda, no terminan de entender qué está ocurriendo, y siguen insistiendo en que los votantes del dextropopulismo no son más que una panda de xenófobos amargados. Eso refuerza todavía más a la extrema derecha, de modo que los tiempos que vienen no tienen buena pinta.

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