Las dos nostalgias de la izquierda: en qué han convertido la clase obrera

Cada vez que hay un nuevo proceso electoral, afloran las interpretaciones en que cada cual se ratifica en lo que ya creía. Quizá porque es mucho más difícil encarar la realidad

Foto: Sharice Davids y Laura Kelly, haciendo campaña en Kansas City. (EFE)
Sharice Davids y Laura Kelly, haciendo campaña en Kansas City. (EFE)

Las elecciones estadounidenses han sido, de nuevo, un espacio polarizado en el que han reaparecido las discusiones de siempre. Quizá lo más peculiar haya sido el modo en que las izquierdas han intentado llevar a su terreno los resultados, y no tanto para confrontar con el populismo a lo Trump cuanto para señalar los defectos de quienes se sitúan en un espacio ideológico cercano.

Lo llamativo es que estos debates suelen moverse entre dos nostalgias. Desde una parte de los progresistas —que ocupa un espacio amplio: desde las nuevas izquierdas hasta esa socialdemocracia que no está tan lejos de Ciudadanos—, el reproche nostálgico es más o menos conocido: la vieja izquierda sigue empantanada en la tesis de la clase obrera, no entiende que el mundo actual es feminista, diverso y racializado, y trata de regresar a un pasado, el de las fábricas, que ya no existe y que cuando existía tampoco era muy brillante. Esa cerrazón impide que la sociedad avance, y pone palos en las ruedas de una opción política que podría ser potente.

Nostalgia del futuro roto

La otra clase de nostalgia es distinta, porque lo es de un futuro que nunca llegó. Pertenece a esa izquierda renovada, innovadora y creativa, para la cual los problemas materiales eran menos relevantes que los simbólicos y los relacionados con la inclusión y el reconocimiento; pensaban que en la medida en que se resolviese la relación con el otro, en su más amplia expresión (la igualdad entre hombres y mujeres, entre los inmigrantes y los nacionales, entre razas, incluyendo las minorías), el poder iba a ser suyo. Y no.

Son interpretaciones de las derrotas que hacen los perdedores y que sirven más para proyectar la culpa sobre los demás que para buscar una salida

Por eso, cada vez que sale a relucir el populismo de derechas, y más si ha tenido lugar alguna elección reciente, las discusiones se disparan. El dextropopulismo es el fantasma en la máquina, porque ha venido a romper todo aquello que esperaban. Y en consecuencia, para explicar su triunfo, lo único que les sale, frente a la oportunidad perdida, es señalar que ganan las nuevas derechas porque están llenas de hombres blancos racistas, adinerados y machistas. Lo hemos oído de nuevo con motivo de las ‘midterms’.

El escenario

Pero todas estas explicaciones no hacen más que intentar cerrar una brecha: son interpretaciones de las derrotas que hacen los perdedores, y que sirven más para proyectar la culpa hacia quienes habitan en un espacio político similar que para encontrar un diagnóstico realista. Seamos conscientes del escenario, porque si no estaremos sacando de la fotografía la figura central: Trump es el presidente de EEUU, Bolsonaro gobierna en Brasil, Salvini es el presidente 'de facto' en Italia y May, la primera ministra del Brexit; Putin manda en Rusia, Narendra Modi en India, Xi Jinping en China y Netanyahu en Israel. De ninguno de estos líderes puede decirse que sea de izquierdas, salvo del mandatario chino, cuyo régimen híbrido tiene más que ver con un imperio que con un sistema político del siglo XX. De los países más importantes del mundo, solo hay dos que tengan una mirada globalista, la Alemania de Merkel, que es de derechas, y el financiero Macron, en Francia. No parecen momentos buenos para la izquierda, cuyas mayores opciones son Portugal y el inestable Gobierno de Pedro Sánchez en España, además de un Tsipras cuya tarea es cumplir las órdenes que le marca Bruselas; se parece más a Macron que a sí mismo.

Este es el mapa, en el que la izquierda carece de un presente claro, ni la socialdemócrata ni la que está más allá, y lo único que guarda son esperanzas de que el futuro sea mejor. Es ahí donde aparecen los elementos tácticos. La vieja socialdemocracia, como movimiento de repliegue y para no tener que plantar cara en lo económico, apuesta por nuevas fuerzas, como las mujeres y los jóvenes, y trata de apoyarse electoralmente en las minorías, realizando una oferta más cultural que material. El viejo comunismo trata de identificar una clase que venga a ocupar un lugar similar al de la antigua obrera, para impulsar la reacción desde lo material.

A menudo, cuando los perdedores son muchos más que los ganadores, no se desatan movimientos progresistas sino las fuerzas de la reacción

Pero son eso, elementos tácticos, preguntas al aire sobre cómo recomponerse. Y lo cierto es que resulta difícil. En un escenario en el que las socialdemocracias europeas cada vez lo son menos, en el que cada vez quedan menos parcelas de protección y cohesión social, y donde esa mezcla de financiarización, tecnología y ceguera a la que hemos llamado globalización (en lugar de revolución conservadora) cada vez deja menos espacio a la política, la izquierda lo tiene complicado. En teoría, el escenario debería serle favorable, porque en momentos como estos, en los que los perdedores son muchos más que los ganadores, será sencillo conectar con los colectivos perjudicados. Pero ni es así ni ha sido así a lo largo de la historia; a menudo, en los malos momentos, crecen mucho más las fuerzas de la reacción.

El trazo grueso

Todas las discusiones, pues, parten más de la pregunta 'qué hacer' que del análisis de la realidad exterior. Y no asumir esa posición de debilidad les lleva a persistir en sus fórmulas exagerando cualquier pequeño logro, como la celebración por todo lo alto del papel de la mujer a la hora de vencer a Trump, cuando las elecciones estadounidenses bien podrían interpretarse con un empate y cuando las razones del voto tienen varias dimensiones. Pero prefieren seguir el análisis de trazo grueso, a partir de un gráfico, para concluir, como era esperable, y como viene siendo norma, que “los responsables del triunfo electoral de las derechas son hombres blancos malos de clase media”.

Por más vueltas que le demos, donde el capitalismo ha operado es en eso que hace que se llame capitalismo y no otra cosa

Y en esas están, discutiendo sobre clase obrera o reconocimiento, sobre a qué grupo poblacional dirigirse, sobre cuáles son los colectivos que pueden sumarse con más facilidad a una opción progresista. Quizá sea hora de pensar de otra manera, y de dejar de competir por espacios, salir del marco y darle más profundidad.

Se entiende rápido

Este enfrentamiento entre lo material y el reconocimiento se resuelve rápido si en lugar de preguntar a la izquierda se lo preguntamos a los hechos. Desde los años que van desde la crisis del 73 hasta la actualidad, nuestras sociedades se han recompuesto a la baja y, con independencia de que hayan gobernado partidos de izquierda o de derecha, el resultado ha sido que la parte superior de la escala social, ese 10% que está en la cúspide, ha ganado muchos más recursos y poder, mientras que el resto los hemos perdido. Esa es la gran transformación, al margen del nombre que se le otorgue. El gran cambio que ha conducido de una forma de capitalismo a otra, en un momento histórico en el que se ha avanzado en el reconocimiento de derechos culturales, ha sido material. Por más vueltas que le demos, donde el capitalismo ha operado es en eso que hace que se llame capitalismo y no otra cosa.

Los partidos insisten en la pluralidad, los colectivos racializados y la revolución femenina lo hacen a costa de pasar por alto una realidad perturbadora

Cualquier opción política que pretenda funcionar en la realidad y que pretenda transformar las cosas tiene que afrontar este hecho: que la sociedad está transformándose a pasos continuos, sucesivos e insistentes hacia otro modelo en el que la gran mayoría de la población goza de menos poder y de menos recursos. A menudo, las posiciones políticas que insisten en la pluralidad, los colectivos racializados y la revolución femenina lo hacen a costa de pasar por alto esta realidad perturbadora y cada vez más acelerada, que está amenazando a las democracias liberales y llevándolas a ser inoperativas, desde EEUU hasta Brasil.

Una nueva clase obrera

En realidad, ambas opciones no son tan diferentes. Esa izquierda del reconocimiento lo único que hace es sustituir el viejo significante 'clase obrera' por el de 'clase diversa'; capitalista significa ahora 'hombre blanco racista y machista', y donde antes se hablaba del trabajador ahora se habla de la minoría. Es el mismo esquema, cambiando a los actores: unos oprimen y explotan a otros, y como ahora la sociedad ha evolucionado, pasamos de la opresión económica a la cultural.

Las izquierdas siguen ancladas en la nostalgia de lo que fue o de lo que pudo ser, lo que les impide entender la sociedad en la que se desenvuelven

La segunda opción, la de la izquierda material, pone el acento en el terreno correcto, pero tiene el problema de que, al quedarse en el esquema de la plusvalía del trabajador, no puede identificar la pluralidad de situaciones con las que el nuevo capitalismo está extrayendo los recursos, con su recomposición de las cadenas de valor, con los nuevos mediadores, con los monopolios que viven de clientes cautivos, con las formas en que la financiarización ha transformado la economía productiva, con el papel de pura apuesta de muchas de sus formas de generación de beneficios, con el papel de las tecnológicas en esta nueva revolución y varios aspectos más en que lo material determina nuestra vida cotidiana, nuestras opciones vitales y el tiempo del que disponemos.

Pero las izquierdas siguen ancladas, demasiado a menudo, en la nostalgia de lo que fue o de lo que pudo ser, eso les impide comprender la sociedad en la que se desenvuelven, por qué partes se está rompiendo (como es muy evidente en la brecha rural/urbano) y cómo se puede actuar en ella electoral y políticamente.

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