Las traiciones al liberalismo: el monstruo que alimentó puede acabar con él

Parte del mundo liberal, el más razonable, está abogando por combatir decididamente la desigualdad. Es esencial: de otro modo, las democracias se convertirían en una ficción

Foto: Valdis Dombrovskis, Marianne Thyssen y Pierre Moscovici, liberales que alimentan al populismo. (EFE)
Valdis Dombrovskis, Marianne Thyssen y Pierre Moscovici, liberales que alimentan al populismo. (EFE)

Este es un momento crucial para el liberalismo occidental, porque está comenzando a desvanecerse. Si se repasa la lista de personas al frente de los países más importantes del mundo (Trump, Xi Jingping, Putin, Netanyahu, May, la primera ministra del Brexit, el Gobierno 'de facto' de Salvini, Bolsonaro, Modi, Erdogan), se hallará un retrato ajustado de cómo los líderes fuertes están sustituyendo a las derechas e izquierdas liberales que una vez gobernaron el mundo. Quedan una Merkel de salida, un Macron en horas muy bajas y el festivo Trudeau. El liberalismo globalista está siendo atacado, y la sensación es que puede ocurrirle algo muy parecido a lo que les sucedió a la socialdemocracia y a las ideas de izquierda en Europa: existían, tenían cierto espacio público, pero dejaron de influir en las políticas reales.

En ese escenario, el liberalismo más razonable va a sufrir enormemente. Parte de sus integrantes están pasándose al populismo de derechas, si es que no formaban parte de él ya: como decía Garrigues Walker en una reciente entrevista, muchos neoliberales están más cerca del fascismo que de la ideología que decían defender.

El problema principal

No es extraño que, ante la magnitud del desafío, el ámbito liberal esté comenzando a tomar en serio el problema de la desigualdad. Garrigues subrayaba cómo la diferencia de recursos entre las clases sociales de Occidente es el gran problema que desestructura el sistema, y Alicia García Ruiz lo señalaba unos días antes en su columna de El Confidencial, en la que afirmaba la urgencia de “reactivar un liberalismo igualitario o un igualitarismo liberal”. Es cierto que este tipo de ideas, que están cobrando peso en lo teórico, carecen de un reflejo concreto y real, porque las recomendaciones del FMI o de la OCDE, por citar un par de ejemplos, no han variado un ápice, y tampoco en el mundo anglosajón parece que la preocupación por el asunto cuente con una traducción mínima en hechos.

Cuando los perdedores son muchos, el deseo de cambio se multiplica. En Europa va tener lugar y las posibilidades, hoy, son solo dos

Pero más allá de los aspectos teóricos, están los pragmáticos. Si el liberalismo está perdiendo pie, es a causa de movimientos que abogan por un capitalismo sin democracia y cuyo motor es la desigualdad: cuando las sociedades se deterioran y cuando los perdedores son muchos, el deseo de cambio se multiplica. Occidente lo va a tener, y caben dos posibilidades. La primera es la corrección de las causas vía nuevas políticas económicas redistributivas, que los liberales como Garrigues denominan “nuevo pacto social”; la otra son los regímenes fuertes que abogan por saltar por encima de las instituciones y que nos conducirán al bonapartismo. Desde este punto de vista, la corrección de la desigualdad es una necesidad sistémica. No es extraño, pues, que el liberalismo más razonable apueste por solucionar el problema, un espacio en el que bien puede coincidir con la socialdemocracia occidental.

Una perversión

Por supuesto, esta perspectiva no es aceptable para otros ámbitos del liberalismo, especialmente para aquellos que han estirado la doctrina para conducirla hacia terrenos que les son más favorables. La perversión más habitual es aquella que reduce esa ideología a la libertad económica. Como bien dice Garrigues, si uno es liberal, se es en todos los sentidos, también en el político, el cultural y en el religioso. Esto es parte del problema en el que estamos inmersos, porque muchos de esos liberales, y la Administración Trump y buena parte de la extrema derecha del norte de Europa, apuestan por radicalizar esa clase de liberalismo que favorece a los grandes actores económicos y que debilita a las instituciones políticas y sociales. En las últimas décadas occidentales, cada vez más decisiones económicas han sido extraídas fuera del ámbito democrático, y esa deriva amenaza con hacerse aún más profunda. Y es llamativo, porque son justo ellos quienen intensifican el nacionalismo, la xenofobia o el odio a la homosexualidad.

El principal núcleo de poder actual es el económico, cuya capacidad para determinar gran parte de nuestras opciones vitales es inmensa

La segunda perversión la representa bien el liberalismo a lo Rallo, y su artículo contestando al de García Ruiz es buen ejemplo. Rallo puede defender un referéndum de autodeterminación de Cataluña, o la legalización de las drogas, y tampoco pondrá ningún problema en lo que se refiere a cuestiones culturales o religiosas. Y es uno de los economistas más combativos en lo económico. Es liberal en todo, salvo en una variable esencial, la del poder. Desde su punto de vista, la principal tarea de su ideología es reducir al máximo la presencia estatal, de forma que el Estado realice únicamente funciones muy limitadas (como el orden público) y a partir de ahí florecerá una sociedad mucho más libre y justa. Pero al reducir la cuestión del poder al político, olvida algo esencial. Si una doctrina como la liberal tiene sentido, en tanto defensa de la libertad del ser humano, es porque trata de limitar al máximo las interferencias en nuestras vidas. Y hoy, el principal núcleo de poder es el económico, cuya capacidad para determinar gran parte de nuestras opciones vitales es inmensa.

Un resumen

Puede que critiquemos al Estado chino por el control a que somete a sus nacionales, pero nosotros estamos permanentemente bajo el escrutinio de empresas que recogen datos sobre nuestro comportamiento, acerca de los lugares por los que transitamos, respecto de nuestras preferencias y de nuestras interacciones personales, y son firmas privadas quienes los utilizan en su beneficio, a veces con nuestro conocimiento, otras sin él. Vivimos en mercados monopolísticos u oligopolísticos en muchos sectores esenciales, como la energía o las telecomunicaciones, lo cual genera mercados cautivos de los que es fácil extraer rentas. Los monopsonios son cada vez más frecuentes, las posibilidades de proveedores y empresas auxiliares para negociar condiciones de funcionamiento son cada vez más limitadas, los pequeños negocios y los autónomos están pauperizándose, y qué decir de los asalariados. El capitalismo financiero, el rey hoy, perturba profundamente la economía productiva, además de jugar a hacer apuestas arriesgadas cuyas quiebras afrontamos los ciudadanos. Y las empresas tecnológicas, soportadas por grandes inversiones durante mucho tiempo deficitarias, en general hasta que expulsan del mercado a los viejos competidores, están empeorando esta situación.

En su versión de izquierdas, el poder reside en el hombre blanco, machista, racista y xenófobo; en la de derechas, en los políticos

Cualquier liberal debería rebelarse contra esta situación, precisamente porque está en el centro de su ideología. No es generalmente así, y se trata de una dimensión que casi nunca toman en cuenta. En su versión de izquierdas, el poder reside en el hombre blanco, machista, racista y xenófobo; en la de derechas, en los políticos. Por alguna razón, esta enorme concentración de riqueza e influencia no parece ser un problema y tratar de modificar esa relación es un ataque a la libertad.

No es egoísmo

Este es el centro del asunto, ya que de aquí nace la desigualdad: de la posición tan débil que tiene el individuo frente a esta clase de poder. Por eso no se puede entender el liberalismo reduciéndolo a la lucha contra el Estado ni tampoco recurriendo a un impulso ético que limite los desmanes. No se trata de meros impulsos egoístas, como si en las simples patologías individuales residiera la explicación última de las disfunciones sistémicas. No es eso, sino toda una arquitectura organizacional dispuesta para explotar las posiciones más débiles en la red del mercado. Fernand Braudel lo explicaba de un modo nítido cuando diferenciaba economía de mercado de capitalismo.

El liberalismo razonable hace bien en poner en juego una postura favorable a la redistribución; de otro modo, la libertad no existe

Pero también podemos recurrir a Claude Lefort, como hace García Ruiz, y a la precisa y concluyente lectura que hace de Maquiavelo, para entender que cuando hablamos de redistribución, lo hacemos de un balance entre el deseo de los grandes de aumentar su poder y el del común de los ciudadanos de no dejarse dominar. De ese juego de fuerzas y del equilibrio entre ellas depende la estabilidad de las sociedades y la duración de los sistemas políticos.

Pero el liberalismo está traicionando su espíritu, convirtiéndose en un mero instrumento ideológico del poder real, y su penitencia consiste en estar sufriendo aquello que alimentó: la reducción de sus ideas a una versión puramente económica y adulterada de sus preceptos, librada ya de los contrapesos institucionales. Por eso el liberalismo razonable hace bien en poner en juego otro tipo de visión, favorable a la redistribución, que permita que la libertad sea efectiva. Porque en situaciones de mera subsistencia, reina la necesidad, no la libertad: la democracia solo es posible cuando sus ciudadanos se hallan en condiciones materiales de elegir. Entender esto, en el momento histórico que vivimos, es esencial para que el liberalismo no sea fagocitado por los hijos que creó.

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