¿Qué debate? El PSOE está pagando al PP con la misma moneda

La batalla electoral señala cómo Sánchez está utilizando el mismo marco político que empleó Rajoy y cómo las derechas se enredan en mostrar cuál de ellas es la menos cobarde

Foto: Pedro Sánchez, en un acto en Vigo. (EFE)
Pedro Sánchez, en un acto en Vigo. (EFE)

Las elecciones generales de 2015 y 2016 giraron alrededor del mismo eje, con el partido en el Gobierno, entonces el PP, subrayando la presencia de una formación, Podemos, que revestía de peligrosa para el orden social y catastrófica para la economía. Esa visualización del enemigo les autorizaba, además, a describirse como los representantes del espacio de lo razonable, lo sensato y lo necesario para que las cosas no empeorasen. Rajoy se pasó la campaña, y los populares y medios de comunicación afines difundieron ese mensaje desde muchos meses antes, señalando al PSOE como el responsable del caos: como solo podría gobernar con Podemos y los independentistas, era imprescindible que no llegara a la Moncloa para que España no se sumiera en los tiempos más oscuros.

El caso es que el mensaje les sirvió. En primera instancia, para ganar las elecciones, y en segunda, para forzar a que la cúpula del partido socialista diera un golpe de mano que permitiera la investidura de Rajoy. En la campaña, además, contaron con la bisoñez de Iglesias y de Errejón, que se desenfrenaron en una campaña triunfalista en la que aceptaban los resultados de unas encuestas que apuntaban hacia el sorpaso. Su interesada ceguera al creer unos pronósticos alejados de la realidad contribuyó todavía más a forjar un marco en el que se enfrentaban dos partidos reales, el PP y Podemos, y todo lo demás era aderezo.

El fantasma omnipresente

Ahora, Sánchez les está devolviendo punto por punto la jugada. El PSOE ha decidido confrontar con Vox, como si fuera su principal y casi único rival en estas elecciones, como si los otros dos partidos de la derecha no fueran más que deudores ideológicos del giro que Abascal ha provocado. Y en cierta medida tiene razón, porque las cosas que afirma el PP bien podrían haber salido del seno de Vox, como demostró Álvarez de Toledo en el debate del pasado martes, y el viraje derechista de Rivera tampoco se aleja mucho de las ideas de los otros dos líderes. Que no esté presente Abascal en la cita de RTVE apenas perjudica al PSOE: los otros partidos de la derecha serán agresivos y Sánchez bien puede argumentar fácilmente que incluso hay una opción peor acechando ahí fuera.

En segundo término, el auge de Vox, con los llenos en sus actos, la circulación de sus ideas en las redes y la sensación de hartazgo en buena parte del electorado de la derecha, le está haciendo jugar el mismo papel emergente que Podemos en las anteriores elecciones. Y en esa confrontación, su ausencia de los debates televisivos todavía les viene mejor, porque les permite jugar el papel de fantasma omnipresente sin necesidad de enfangarse en el ruido y la hostilidad que en ellos reina.

Personalizar la campaña en Sánchez no es buena idea, y menos aún esta competición para mostrar cuál de los tres es el partido menos cobarde

El marco está claro: Sánchez encabeza un partido moderno, conectado con los tiempos, dialogante, en buenas relaciones con Bruselas, que tiene en cuenta a las mujeres y a los jóvenes, y que representa la España que tiene que venir. Enfrente tenemos a Abascal como líder real de las derechas, hijo del franquismo, cuyo objetivo es que España regrese a 1970, que es reacio al progreso y hostil a esta Europa. La elección se simplifica enormemente desde esta perspectiva, que será determinante el 28-A.

Los comunistas y los independentistas

Frente a este marco, las derechas optan por una táctica muy similar a la que desarrolló Podemos hace tres años, cuando decía que lo prioritario era que Rajoy saliera del Gobierno. Hoy, el objetivo es impedir el triunfo de Sánchez, un peligro para España por su vinculación íntima con los comunistas y los independentistas. Aquello no sirvió a los de Iglesias, y tiene pinta de que hoy no será de gran utilidad, y más si continúan cayendo en errores obvios. Personalizar la campaña en Sánchez no es buena idea, como tampoco lo es esta competición constante entre los tres partidos para mostrar cuál es el que representa a la derecha menos cobarde. Ese marco lo tiene ganado Vox.

Esto es como 'La tía Julia y el escribidor', con argumentos, personajes y propuestas de las derechas que se mezclan en una trama extraña

La campaña, de hecho, se ha convertido en una pelea bastante ruidosa y un punto barriobajera, como pudimos contemplar en el debate del pasado martes, que se ha enredado tanto que en breve esto será 'La tía Julia y el escribidor', con argumentos, personajes y propuestas de las tres derechas que se mezclan, se alejan y se reúnen en una trama díficilmente descifrable. Solo nos quedan el ruido, el tono y la altivez, con el fondo vacío de propuestas.

Con uno basta

El mismo hecho de poner toda la carne en el asador acerca de un asunto menor, el de si el debate con Sánchez debe celebrarse en Atresmedia, en RTVE o en las dos televisiones no es más que una señal de impotencia, la que se enreda en lo inesencial, la que trata de hacer casus belli de cualquier cosa. Todos sabemos, y más después de la experiencia del pasado martes, que nada de lo fundamental aparece en esa confrontación llena de reproches, personalizaciones y banalidades acerca de los problemas fundamentales de España en la que se han convertido los debates. Los candidatos llevan aprendidas tres o cuatro ideas fuerza, en general dirigidas a desacreditar a los rivales, y el resto será revuelo y agitación. Para eso, con un encuentro televisado ya tenemos bastante.

El PSOE, para movilizar a su electorado, agitará el temor a que las tres derechas sumen en los días posteriores a los debates, y con eso le puede bastar

Como cuando Rajoy llevaba ventaja, Sánchez ha optado por una campaña de perfil bajo, en plan sentarse a leer el ‘Marca’ y contemplar cómo sus adversarios se atizan. Con eso y con insistir en los días posteriores a los debates en que las derechas tienen opción real de sumar, de modo que los indecisos se animen, le puede bastar. Si sus contrincantes juegan al juego de las ventanas rotas le ayudarán en su propósito, y con este asunto del Atresmedia-RTVE lo están haciendo.

Ya ni le hace falta

En resumen, Sánchez está pagando al PP con la moneda que Rajoy utilizó en las anteriores generales. A Sánchez le conviene que Vox sobrevuele de continuo estas elecciones y tenga peso electoral, para señalarlo como el enemigo real. Es verdad que, a estas alturas, y dada la reacción de PP y Cs, ya ni siquiera le resulta necesario, pero siempre viene bien tener en la recámara un peligro peor al que referirse, para concentrar el voto útil. Además, el PSOE es el partido fuerte en su espectro ideológico, puede ofrecer cierta sensación de moderación al elector de centro, sobre todo por comparación, y es el partido en el Gobierno, tres aspectos que le hacen encarar la última semana de campaña con mucha ventaja.

El 29A será interesante porque tendremos sobre la mesa las cifras reales y por lo que ocurrirá en las sedes de los partidos perdedores

En ese escenario, hay dos partidos que salen ganando, el PSOE y Vox, igual que ocurrió con Rajoy y Podemos en las últimas elecciones. El primero, por las razones expuestas, el segundo, porque está recibiendo un impulso, por parte de los suyos y de sus rivales, que le llevará a tener un buen (o muy buen) resultado en las generales.

Purgas y tensiones

Si ellos son los ganadores, los perdedores serán los otros tres de ámbito nacional, Podemos, PP y Cs. De modo que el 29-A será interesante no solo porque tendremos sobre la mesa las cifras reales, y sabremos qué sumas dan y cuáles no para formar Gobierno, sino porque habrá que estar atentos a lo que ocurrirá en las sedes de los partidos que hayan obtenido un mal resultado. Los partidos se cohesionan con la victoria y se rompen en la derrota, y no hay que olvidar que el sorpaso fallido inició las purgas pospuestas en Podemos y que el PSOE sufrió enormes tensiones internas tras las elecciones anteriores. Las formaciones que sufran un revés el 28-A tendrán que atravesar su periodo de duelo, cuchillos y reemplazos. Y lo saben.

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