Lo que desean los líderes empresariales del Gobierno de España

En un contexto de cambio geopolítico, tecnológico y social, nuestras élites siguen ancladas en un pasado que les fue ventajoso. Estamos en otra época, pero no quieren darse cuenta

Foto: Los presidentes de CEOE, Antonio Garamendi, y ATA, Lorenzo Amor. (EFE)
Los presidentes de CEOE, Antonio Garamendi, y ATA, Lorenzo Amor. (EFE)

El mundo económico ha hecho saber su opinión acerca de lo que España necesita tras las elecciones. Varios de nuestros empresarios más importantes han declarado al diario ‘Expansión’ que nuestro país precisa de estabilidad, consenso, moderación, seguridad jurídica y un sistema tributario coherente. El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, ha subrayado que a la patronal le interesa un Gobierno “que trabaje dentro de la estabilidad y de la seriedad presupuestaria”. Todo suena razonable y es seguro que una gran mayoría de españoles estará de acuerdo con estas peticiones.

Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre lo que los líderes empresariales solicitan y los significados que una mayoría de españoles atribuye a esos conceptos. Cuando se menciona la seguridad, mucha gente la vincula con una trayectoria estable en el trabajo y con un salario que cubra sus necesidades y les permita vivir decentemente, en lugar de con uno mal pagado y sometido permanentemente a la amenaza de quedar fuera del mercado laboral. Por desgracia, el empleo en España va en dirección contraria a estos deseos, y buena parte de las medidas que las élites económicas están solicitando contribuirán a una fragilización laboral mayor y a una inestabilidad permanente.

Quién paga la factura

Un marco fiscal coherente es algo imprescindible para nuestro país. Si quienes más ingresan tienen grandes facilidades, como es el caso, para conseguir ventajas tributarias, desgravar o derivar sus recursos hacia paraísos fiscales, mientras que la factura de lo que ellos dejan de pagar debe ser satisfecha por las clases medias a través de los impuestos directos y de las trabajadoras a través de los indirectos, estamos ante un sistema injusto e ineficiente, porque contribuye a que quienes tienen poder y recursos acumulen aún más, mientras que los demás perdemos nivel de vida y posibilidades vitales, además de fragilizar la economía por el lado del consumo.

El problema es que su invocación a la estabilidad, la seguridad y el sentido común tienen una concreción que nos lleva por el camino contrario

También es mucho mejor un Presupuesto serio que uno desbocado, absurdo o insensato, qué duda cabe. Un Presupuesto equilibrado, que destine sus partidas a procurar un mejor nivel de vida a sus ciudadanos y que contribuya al bienestar general —en lugar de a satisfacer las necesidades de los fondos de inversión, a recomprar empresas fallidas, a beneficiar a las tecnológicas extranjeras o a aventuras irracionales que solo se explican por el 3%—, sería una buena noticia.

Diálogo unilateral

El consenso es importante para estabilizar las sociedades. Cuando los valores dominantes son voluntariamente compartidos y hay diálogo en los procesos de cambio, es probable que las tensiones tiendan a disolverse en lugar de a incrementarse. Lo curioso es que, en muchas ocasiones, nuestros poderes económicos suelen tomar decisiones de forma unilateral, con repercusiones amplias para la sociedad, orientadas a menudo desde una sola dirección, la de generar mayor rentabilidad para el accionista. Otros interesados, como los trabajadores, proveedores, clientes y comunidades donde operan estas empresas, quedan alejados de la misma posibilidad de iniciar una conversación: las medidas se toman sin tenerlos en cuenta. Solicitar consenso, en esas situaciones, equivale a exigir que se acepten las decisiones tomadas sin poner objeción alguna, lo que es una definición un tanto retorcida de consenso. Y la sensación obvia en el terreno político es que desean seguir haciendo lo mismo.

Los poderes económicos están pecando de aquello de lo que acusan a los políticos, de cortoplacismo

Ahí está el problema, que todas esas invocaciones a la estabilidad, la seguridad, el sentido común, la sensatez y la prosperidad, en que buena parte de los españoles están de acuerdo, tienen una concreción que nos lleva por el camino contrario. Los poderes económicos están pecando, como bien recordaba Antón Costas, de aquello de lo que acusan a los políticos, de cortoplacismo. En el seno de las grandes empresas, es evidente, como señalaba Costas: cuando la media de los sueldos de los principales ejecutivos del Ibex es de 4,32 millones de euros (en 2018), a lo que se añade lo que reciben por la pensión, con los 79 millones del anterior presidente del BBVA como estrella de las ‘pensiones de oro’, es muy probable que se trabaje pensando más en la retribución y en el bonus que en el futuro de las compañías. Eso lleva inevitablemente a adoptar muy malas decisiones, demasiado cortoplacistas, que benefician a quienes las implantan pero no a los clientes, ni a los proveedores ni a las sociedades en las que operan, y ni siquiera a la supervivencia a medio plazo de la misma empresa.

Mirando por sus intereses

Ese mal se extiende también a su intervención en la política. Uno de los males corporativos en Occidente, y España no es ninguna excepción, es la falta de perspectiva holística, el mirar únicamente por sus propios intereses, lo cual les viene muy bien a corto plazo pero rompe el futuro. Por algún motivo, las élites europeas, no solo las nacionales, siguen sin reaccionar, ancladas en una forma de pensar y de actuar que les es útil pero que ha contribuido a generar sociedades desiguales, más crispadas y con un elevado nivel de inestabilidad.

Las empresas europeas tienen muy difícil resistirse a las firmas de EEUU y China, que tienden a hacerse con cada vez mayores partes del mercado

El problema es que, hasta ahora, les ha funcionado. Lo vimos en la crisis, cuando las apuestas insensatas del ámbito financiero fueron sufragadas con el esfuerzo de las poblaciones, lo cual les ha llevado a pensar que no debían corregir sus prácticas. Y, desde luego, así ha sido en la política, con gobiernos, de un signo u otro, siempre favorables a acoger sus posiciones. Pero ya no estamos en ese momento. En lo económico, el enfrentamiento entre EEUU y China lleva camino de generar un perdedor, Europa. Las empresas continentales tendrán muy difícil resistirse a las firmas de ambos países, y especialmente a las tecnológicas, que tienden a hacerse con cada vez mayores partes del mercado. En lo político, el crecimiento de las extremas derechas en todo el mundo está generando una inestabilidad creciente en la UE, y la desigualdad provoca que las tensiones sociales vayan en aumento.

Una vida decente

En ese escenario, la estabilidad, la continuidad, la seguridad y la coherencia son una buena idea. España y Europa precisan de sociedades que tiendan a disolver la desigualdad, que generen esperanza en el futuro, que nos permitan trazar proyectos de vida decentes. Necesitamos que se recompensen las buenas acciones en lugar de la avaricia, a quienes desempeñan su trabajo con eficacia y sensatez y no a los que solo quieren medrar, a quienes benefician al conjunto social en lugar de a quienes trabajan pensando exclusivamente en sus bonus. Necesitamos una sociedad en la que no caigamos en el vacío si tenemos la mala suerte de nacer en una familia desfavorecida o en la región errónea. Necesitamos un contexto social mucho mejor que el actual, que genere confianza y no malestar, rencor y competencia feroz.

Pero las cosas no van por el buen camino. Nuestras élites, ancladas en un mundo tan rentable como irreal, están viviendo en el pasado y por eso demandan más reformas que van en la dirección de fragilizar las sociedades y de crear más inestabilidad. Deberían tener cuidado con lo que desean, porque es muy probable que se lo concedan.

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